Juventud hoy, situación y retos

Más conscientes, pero con un presente y futuro más duro

La generación más preparada, con la mayor degradación de su nivel de vida y con menos aceptación del sistema. El cóctel perfecto para el cambio...¿hacia dónde?

El 12 de agosto fue el Día Internacional de la Juventud. Mucho que celebrar, pero también mucho que pelear… datos sangrantes: el 27% de quienes tienen entre 16 y 29 años está en riesgo de pobreza o exclusión social. Más de dos millones. En España, en pleno 2026…

Hay más de 10 millones de personas entre 15 y 34 años en España. Más de una quinta parte del país. Somos una fuerza social enorme. Y somos una generación mucho más consciente de sus derechos. Hablamos de salud mental, consentimiento, poner límites en las condiciones laborales, en lo personal, en igualdad… Más de siete de cada diez jóvenes apoyamos la igualdad entre hombres y mujeres. Vivienda, educación y salud mental aparecen una y otra vez entre nuestras prioridades.

Todo esto es una conquista. Frente al discurso de la “generación de cristal” ya muy casposo, hemos aprendido a ponerle nombre e identificar como problemas cosas que otras generaciones tuvieron que tragarse en silencio.

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Más preparados, pero más saqueados

Durante años se habló de los “ninis”. La realidad actual se parece poco a esa caricatura. La mayoría estudia, trabaja o hace las dos cosas. Los “sisis”

El problema no es que la juventud se esfuerce poco como venden algunos reaccionarios en sus declaraciones o en sus programas, es que nos roban el futuro a pesar de nuestro esfuerzo.

El paro juvenil ha bajado mucho desde la crisis y también la temporalidad. Pero en 2026 el desempleo entre menores de 30 años ronda todavía el 16% y la temporalidad el 32%. Esto se agudiza conforme bajamos la edad para hacer la estadística.

La vivienda concentra esta contradicción. La tasa de emancipación juvenil está en el 14,5%, mínimo histórico. La edad para independizarse supera los 30 años. Para alquilar una vivienda en solitario una persona joven tendría que dedicar prácticamente todo su salario: el 98,7%. Seguimos queriendo tener hijos, emanciparnos, tener un trabajo propio, pero vamos años por detrás de generaciones anteriores porque somos el sector que más ha visto retroceder su nivel de vida. La vivienda se ha convertido en una trituradora de salarios.

Y esto pesa sobre la salud mental. La precariedad también se mete en la cabeza.

Por eso tampoco sorprende el descrédito. Siete de cada diez jóvenes expresan poca o ninguna satisfacción con el funcionamiento de la democracia. Si estudias, trabajas y aun así no puedes construir una vida estable, es lógico preguntarse ¿para quién funciona realmente el sistema?, ¿nos merece la pena el sacrificio que piden para encajar y sobrevivir?

Si estudias, trabajas y aun así no puedes construir una vida estable, es lógico preguntarse ¿para quién funciona realmente el sistema?

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Diez millones, pero existen las clases

“La juventud” no existe como un bloque homogéneo. No es igual quien sabe que heredará dos pisos a que quien encadena trabajos en hostelería y comparte habitación. No tiene las mismas oportunidades quien puede estudiar cinco años sin trabajar que quien a los 18 tiene que llevar un sueldo a casa. El origen familiar sigue condicionando estudios, vivienda y posición social.

Y aquí los datos empiezan a escasear. Sabemos muchísimo sobre gustos, redes y “sensibilidades” de la Generación Z. Bastante menos sobre cuántos hijos de grandes propietarios, directivos o rentistas hay, qué patrimonio heredarán y qué parte de la riqueza controlan. Se mete a toda una generación en el mismo saco y se borra el antagonismo de clase.

Nuestra primera aproximación, siguiendo las ocupaciones de menores de 30 años afiliados a la Seguridad Social, sitúa alrededor del 55% entre proletariado y semiproletariado: trabajadores manuales, camareras, limpiadoras, dependientes, mozos de almacén, peones, repartidores, vendedores… Una parte decisiva de la juventud real que demasiadas veces desaparece detrás del estereotipo de “joven universitario”.

Además, uno de cada cuatro jóvenes ha nacido en el extranjero. La juventud trabajadora española es ya una juventud de muchos orígenes. Enfrentar al joven migrante con el nacido aquí significa enfrentar a compañeros que muchas veces comparten jefe, alquiler imposible y salario precario.

La juventud no es una clase social. Pero una mayoría trabajadora comparte intereses materiales capaces de unir lo que hoy intentan dividir.

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Se vienen curvas

Esta mezcla —más conciencia de derechos y menos posibilidades materiales— produce frustración, pero también enormes posibilidades de lucha. La juventud ha estado en primera línea (entre 2 y 3mill) del feminismo, las movilizaciones por la vivienda, el ecologismo, las luchas estudiantiles o Palestina. No estamos ante una generación pasiva.

Por eso hay una batalla por organizar ese malestar.

Están haciendo crecer a una ultraderecha que se presenta como rebelde y antisistema mientras señala hacia el de al lado: contra las mujeres, los migrantes, las personas LGTBI o el otro joven que compite por el mismo alquiler. El mecanismo es viejo: convertir la frustración en guerra entre quienes sufren problemas parecidos para que nadie mire hacia quienes se benefician. Pero la línea Trump la está llevando adelante audazmente para que se pueda seguir superexplotando a la juventud como a otros sectores.

La polarización entre hombres y mujeres jóvenes ya es visible. Las mujeres mucho más a la izquierda que los hombres.

Y arriba no están aflojando. En 2025 el gasto efectivo en defensa aumentó un 46,5% en un año y un 146% desde 2018. Policía Nacional y Guardia Civil han aumentado sus plantillas alrededor de un 20% desde 2018, y en 2026 se ha aprobado la mayor oferta de plazas de los últimos quince años. ¿Seguro que multiplicar el gasto en cuerpos represivos es lo que más necesitamos el pueblo?

Una juventud unida, consciente, luchadora y organizada no es una consigna. Es una necesidad y nuestra tarea para los próximos años.

Necesitamos una alternativa de clase para la juventud. Que parta de lo inmediato: salarios dignos, vivienda accesible, educación y sanidad públicas, salud mental, derechos laborales y libertades. Pero que señale también el problema de fondo: quién se apropia de la riqueza y quién decide.

Somos más de diez millones. Tenemos motivos para estar cabreados y también para estar orgullosos. La cuestión es hacia dónde dirigimos esa fuerza.

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