Las raíces de la xenofobia de Torra

Un producto transgénico

La xenofobia no se ha desarrollado de forma “natural” en Cataluña; ha sido importada por los sectores más reaccionarios del independentismo.

La elección de Quim Torra como nuevo president de la Generalitat ha desatado una lógica polémica. Sus tuits y artículos, preñados de una rancia xenofobia contra España y los catalanes no independentistas ha levantado rechazo, incluso entre muchos nacionalistas.

¿Estamos frente al pensamiento xenófobo de algunos individuos o ante algo más peligroso? La respuesta está en la historia que algunos, como Puigdemont, subvierten permanentemente.

No es un fruto de la tierra

No se puede identificar a todo el nacionalismo catalán, ni mucho menos a su trayectoria histórica, con las ideas expresadas por Torra.

No es verdad que el nacionalismo catalán tienda de forma natural, por su propia dinámica, a difundir el odio hacia España, despreciar a los catalanes no nacionalistas o a un permanente conflicto con Madrid que ataca la unidad.

Por el contrario, el sustrato de donde nace el nacionalismo está en el iberismo, una corriente política impulsada por los republicanos federales en el siglo XIX que defendía un proyecto modernizador para España, planteando una nueva articulación nacional donde el protagonismo de cada una de las partes se redimensionara, pero que lejos de cuestionar la unidad la ampliaba, incluyendo a Portugal en un proyecto común.

Estas concepciones iberistas no van a desaparecer, y serán enarboladas por los sectores más progresistas del nacionalismo catalán en la IIª República.

Ni a derecha ni a izquierda han sido históricamente dominantes en el seno del nacionalismo catalán las líneas más independentistas, que van acompañadas de la exclusión de quien defiende la unidad.

La Lliga Regionalista de Francesc Cambó, primer referente del nacionalismo conservador durante el primer tercio del siglo XX, participará en diferentes gobiernos en Madrid, e impulsará un “nacionalismo económico español” como forma de proteger sus intereses y negocios frente a las amenazas del capital extranjero.

Y en ERC tendrán la dirección los sectores que, primero con Macià y luego más radicalmente con Companys, se unirán con el conjunto del pueblo español para defender los intereses comunes.

Este es el pensamiento que defenderá Josep Tarradellas, presidente de la Generalitat en el exilio durante el franquismo, también de ERC, y que acababa todos sus discursos gritando “Visca Catalunya y Viva España”.

Xenofobia inyectada desde fuera

Sin embargo, sí han existido en el nacionalismo catalán, desde su mismo surgimiento como movimiento político a finales del siglo XIX, sectores minoritarios pero influyentes que unen las ambiciones independentistas con un pensamiento racista ultrarreaccionario.

No surgen de ámbitos nacionalistas radicalizados y extraviados. El virus de la xenofobia y la fragmentación está inoculado desde fuera, se desarrolla paralelamente al fortalecimiento de grandes potencias que lo difunden, y se apoya en sectores de las élites catalanas que buscan respaldo exterior para hacer realidad sus planes de ruptura.

La formación del nacionalismo como corriente política en Cataluña se corresponde con el momento en el que Alemania, tras su reunificación y la victoria sobre Francia en 1871, se convierte en en nuevo centro de poder europeo en avance.“El virus de la xenofobia no surge de sectores nacionalistas radicalizados; está inoculado desde fuera, paralelamente al fortalecimiento de grandes potencias que lo difunden”

Desde Berlín se va a irradiar un pensamiento que va a determinar las formas que adoptará la oleada nacionalista que recorre Europa en las décadas finales del XIX. Un nacionalismo que ya no mira a la Revolución Francesa, con su concepto ciudadano de nación, sino que se basa en el Volkgeist germano (“el espíritu, el genio del pueblo”), es decir, en una especie de esencia o de valores cuasi genéticos que cada pueblo posee y le hace diferente de los demás. Desde esta concepción, la raza, el territorio, la lengua o la tradición son los elementos que aglutinan al pueblo y conforman una nación. Esto, además, es algo que le viene dado a cada individuo que forma parte de esa colectividad, siendo por lo tanto independiente de la voluntad de sus habitantes. Quien no participe de él, sencillamente no forma parte de la nación, es un extranjero en su propia tierra.

De estas concepciones beberá Pompeu Gener, cuya influencia ha sido interesadamente olvidada. En 1887 publicó un libro, Herejías, aplaudido por muchos de los padres intelectuales del nacionalismo catalán. En él, Gener afirmaba que “existe una raza catalana de origen ario-gótico, superior al resto de pueblos peninsulares, de raíces semíticas”. España sería para Gener genéticamente incompatible con la modernidad: “Hay demasiada sangre semítica y bereber desparramada por la península para que pueda generalizarse en la mayoría de sus pueblos la ciencia moderna”. Esta sería el motivo “racial” de que Cataluña deba separarse inevitablemente de España: “Nosotros que somos indogermánicos, de origen y de corazón, no podemos sufrir la preponderancia de tales elementos de razas inferiores”.“Los sectores más radicalmente independentistas han sido los más reaccionarios, racistas y excluyentes, y siempre aparecen en tratos con los imperialismos más feroces”

Estas monstruosidades racistas no se le ocurrieron a Gener, ni las aprendió en Cataluña. Fueron directamente importadas desde los sectores de las élites francesas adscritos al nuevo racismo de raíz germánica, y utilizado como justificación del dominio colonial galo sobre “las razas inferiores”. Gener trasladó a Cataluña las teorías de Jules Soury o la Société d´Anthropologie de Paul Broca. Por eso Gener teoriza las virtudes del sometimiento catalán a quien ha sido su archienemigo histórico, Francia: “Mientras que los catalanes reconquistaron pronto sus territorios y entraron bajo la benéfica influencia aria de los francos, Castilla pasó largos siglos dominada por los semitas árabes y bereberes”.

Desde aquí nos trasladamos a los años treinta, precisamente la época que Torra ensalza, y donde actúan los precursores del independentismo que el actual president de la Generalitat admira. No pertenecen a los círculos del nacionalismo más a la izquierda, los representados por Companys, sino a los más reaccionarios.

En un momento donde, con la IIª República, se vivió un auge de los movimientos revolucionarios, el ala radical del independentismo se guiaba por un pensamiento tan reaccionario como el de Pere Mártir Rosell. En obras como Diferències entre catalans i castellans o La Raça, Rosell expondría sus teorías basadas en que “la raza constituye la única fuente de cultura y debe mantenerse pura”. Difundiendo la superioridad de “la raza catalana” sobre la española, y denunciando “el peligro del matrimonio mixto, que conduciría a aberraciones mentales, degeneración biológica y descomposición moral”. Rosell llegará a elaborar un “Plan para la mejora de la raza catalana”, elaborado directamente desde sus experiencias sobre la mejora genética del ganado durante su etapa como director del Servicio de Ganadería de la Mancomunitat catalana.

No hablamos de extravagancias de un iluminado solitario. Las ideas de Mártir Rosell influyeron en Josep Dencás (dirigente de Estat Català que unía el independentismo radical con un abierto filofascismo) y penetraron en Nosaltres Sols, un partido independentista fundado por Daniel Cardona, otra de las admiradas referencias históricas de Torra. El ala profascista defendía abiertamente la superioridad racial de los catalanes, frente a unos “africanos españoles” considerados “un elemento de la raza blanca en franca evolución hacia el componente racial africano semítico”. En su delirio, llegarían a publicar unas “reglas de patriotismo sexual” que debía seguir “todo catalán y catalana dignos de tal nombre”, alegando que “dejando aparte honrosas y rarísimas excepciones, veremos que el individuo de sangre catalana-castellana es híbrido, infecundo, como no puede ser de otra manera”.

Las razones de ese nuevo brote xenófobo en los años treinta vuelven a estar fuera de Cataluña, en el avance de una Alemania nazi que extendía también sus redes sobre movimientos independentistas, difundiendo un nacionalismo étnico disgregador que triturara a los Estados que pretendía dominar.

Los sectores más radicalmente independentistas del nacionalismo catalán se ofrecerán varias veces a la Alemania hitleriana como instrumento de intervención a cambio del apoyo a la independencia.

El sector profascista de Nosaltres Sols entregaría, primero en 1935 y luego en 1936, un memorándum que el embajador germano trasladaría al Tercer Reich, poniéndose al servicio completo de Berlín, y esperando que “Cataluña pueda encontrar un lugar en el nuevo orden europeo alemán”.“La xenofobia difundida por los sectores más reaccionarios en Cataluña se ha dirigido contra un movimiento obrero y revolucionario cuya relevancia era necesario combatir”

Pero no son los únicos. En los años 40, el histórico dirigente del cooperativismo catalán Joan Ventosa i Roig publica un artículo (Contagis perillosos) en el que denuncia cómo un grupo de jóvenes nacionalistas catalanes del ala radical de ERC exiliados en la Francia de Vichy, entre ellos Heribert Barrera (ex secretario general de ERC entre 1976-1987 y expresidente del Parlamento catalán entre 1980-1984), habían impulsado una serie de contactos con los dirigentes alemanes instalados en Vichy para explorar la posibilidad de que la Alemania nazi, una vez ganada la guerra, apoyara la creación de un Estado catalán.

Precisamente Heribert Barrera, presentado por Junqueras como un “ejemplo a imitar”, persistirá en defender un pensamiento aberrantemente racista. Estas son algunas de sus declaraciones, en un libro publicado en 2001: “En América, los negros tienen un coeficiente inferior al de los blancos (…) Aunque no sea políticamente correcto decirlo, hay muchas características que vienen determinadas genéticamente, y probablemente la inteligencia es una de ellas (…) Nadie me convencerá que es mejor una Rambla con gente mestiza que una donde tan solo pasee gente de la raza blanca”.

No tiene nada de extraño que los sectores más radicalmente independentistas sean los que han mantenido las posiciones más abiertamente reaccionarias, racistas y excluyentes, y que siempre hayan aparecido en permanentes tratos con los imperialismos más feroces y agresivos, esperando su respaldo para hacer realidad sus plantes de fragmentación.

A quien quieren excluir es a los obreros

La xenofobia difundida por los sectores más reaccionarios en Cataluña ha sido siempre selectiva. Y se ha dirigido contra un movimiento obrero y revolucionario cuya relevancia era necesario combatir.

Conviene recordar que Cataluña es el lugar de origen del movimiento obrero español. Allí es donde se crea el primer sindicato obrero, en 1840, se realiza la primera huelga general, en 1855, o aparecen las primeras formas de organización política, con la delegación de la Iª Internacional en 1868.

Ya a finales del siglo XIX, Pompeu Gener dirigía su pensamiento contra el socialismo. Defendía, no ya un nacionalismo sino un “supernacionalismo”, imbuido de las ideas de Nietzsche que fundamentaron el expansionismo germano: “los catalanes somos arios europeos y como hombres valemos más en el camino del Superhombre”. Y arremetía contra unos españoles que, por degeneración racial, tendían hacia la democracia y el socialismo: “Así, conviene a los centrales el socialismo nivelador, la democracia unitaria, que prepara la raza de proletarios habladores y pobres de voluntad, pero que tienen la necesidad de quienes les dirija y les mande, de jefes, de amo”.

Contra la afluencia de obreros llegados de otras partes de España se acuña el término despectivo de “xarnego”, inicialmente destinado a calificar los perros sin raza, y con el que se estigmatiza a quienes van a constituir el pilar del pueblo trabajador catalán. La propaganda antiobrera genera campañas xenófobas, como la que en las primeras décadas del siglo XX combatía a “las hordas invasoras murcianas, que no pagan los alquileres, no respetan los contratos, son de modales rudos y practican el amor libre”.

En los años treinta, la violencia de los sectores más radicales del independentismo filofascista va a dirigirse nuevamente contra los obreros revolucionarios. En palabras de Battestini, diputado del ala más reaccionaria de ERC, los anarquistas de la CNT eran “un ejército de ocupación español”.“Los hermanos Badía, homenajeados por Torra, hicieron de los escamots una nueva forma de pistolerismo patronal contra los sindicalistas”

Los “escamots”, grupos paramilitares inspirados en los camisas pardas nazis, organizados por los hermanos Badía, esos a los que Torra homenajea, se convierten en un auténtico brazo armado contra el movimiento obrero. Organizaban persecuciones, muchas veces armados con fusiles y pistolas, contra sindicalistas anarquistas o comunistas, o movilizaban a los escamots para romper huelgas. Amparados bajo el cargo de jefe superior de los servicios técnicos de la Comisaría General de Orden Público de la Generalidad equivalente al de jefe superior de la policía en Cataluña), reinstauraron el pistolerismo patronal, deteniendo, torturando o asesinando a numerosos luchadores obreros.

El objetivo era destruir la lucha obrera y revolucionaria en Cataluña. Iniciada la Guerra Civil, los sectores más recalcitrantes del independentismo se ofrecerán tanto a la Italia mussoliniana como a la Alemania hitleriana, buscando su apoyo para construir “una Cataluña independiente y antimarxista”.

Esta es la historia de Cataluña, esa que permanentemente nos ocultan. Y en ella están las raíces de donde surgen pensamientos e ideas como las que Torra difunde.

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