Las élites independentistas ante la conmemoración del 17-A

Que los gestos no escondan la realidad

La conmemoración de los atentados terroristas que asolaron las Ramblas y Cambrils hace un año ha sido aprovechada por las élites independentistas para intentar sembrar más división y enfrentamiento, anteponiendo su programa de fragmentación al recuerdo a las víctimas o la necesaria unidad contra el terrorismo.

Esta actitud ha provocado un rechazo generalizado. Pero sus provocaciones no deben enturbiar la realidad. Algunos han interpretado palabras y gestos desafiantes como una nueva ofensiva que volverá a poner en primer plano un desafío contra la unidad como el vivido con el 1-O o la DUI. La realidad es otra muy diferente. La política de gestos vacíos, cuidadosamente preparados para tener una apariencia radical pero no desafiar la legalidad, no es sino expresión del retroceso de unas élites independentistas que cuentan con la mayoría de la sociedad catalana en contra.

Gestos sin riesgo y números en contra

Todos han acogido el primer aniversario de los criminales atentados yihadistas como una oportunidad para honrar a las 16 víctimas que fueron asesinadas en Barcelona y Cambrils y para volver a expresar la unidad de toda la sociedad contra el terrorismo, por encima de posiciones políticas, ideologías y credos religiosos.

Pero unos pocos, las élites independentistas más radicalizadas, comandadas en Barcelona por Quim Torra y en Bélgica por Puigdemont, estaban preocupados de otras cosas. De convertir este aniversario, cuyos actos serían retransmitidos internacionalmente, en una nueva plataforma para sus planes de ruptura y para atacar a España.

El president de la Generalitat se ha esforzado por mostrar ante el Rey, en el acto oficial de memoria a las víctimas, un rostro enfadado y con un evidente desprecio hacia el monarca. Utilizando el acto para invitar y presentar a Felipe VI a la mujer de Joaquim Forn, el exconseller de interior ahora encarcelado por su participación en el referéndum independentista del 1 de octubre.

Al mismo tiempo, en un edificio de la Plaza de Catalunya, bien visible durante el acto oficial de conmemoración, se colgó en la sede de una organización independentista una pancarta que expresaba, en inglés, para que tuviera repercusión internacional, el rechazo a la participación del Rey en una actividad cuyo único objetivo era rendir homenaje a las víctimas. Otra pancarta, también desplegada en un estratégico lugar por otra organización independentista mostraba una foto del Rey invertida, como se hacía con Felipe V tras la Guerra de Sucesión como muestra de rechazo.

El president de la Generalitat, Quim Torra, culminó el proceso llamando, en un acto celebrado el mismo 17-A a “atacar a un Estado español injusto”.

Esta es una política de gestos. Reaccionarios, que buscan dividir y enfrentar, pero que ya no son capaces de pasar al desafío abierto en los hechos. La situación ahora es muy diferente a la del 1 de octubre del pasado año, donde desafiando la prohibición expresa del Estado, la plana mayor de la Generalitat realizó, no con palabras sino con urnas reales, un referéndum de ruptura.

Los números también lo confirman. Se han realizado estos días varios actos de marcado carácter independentista, pero su dimensión cuantitativa evidencia sus límites.

No más de cien personas se manifestaron, el mismo 17 de agosto, día de la conmemoración del atentado, para protestar contra la presencia del Rey. Arrogándose la representación de un sentimiento, el republicanismo, compartido por muchas personas, en Cataluña y en el resto de España, que nada tiene que ver con los asistentes a esta manifestación.

Por la tarde de ese mismo 17-A, enfrente de la cárcel de Lledoners, se realizó el acto independentista más masivo. Nadie ha dado cifras de asistentes, pero los más optimistas lo reducen a unos pocos centenares. En ese acto el recuerdo a las víctimas y la condena del terrorismo prácticamente desapareció, ocupando casi todo el tiempo de los discursos el apoyo a los políticos independentistas presos.

Mientras unas pocas decenas de personas, que decían ser de la CUP, realizaban la nada arriesgada acción de detener a un autobús turístico en una calle de Barcelona.

Son números (que nadie ha negado) que no nos hablan precisamente de una nueva ofensiva del independentismo.

La realidad: un nuevo retroceso

Desde semanas antes del 17-A, fecha de la conmemoración de los atentados, se anunció una movilización independentista para impedir que el Rey acudiera a los actos en Barcelona, o expresar un rechazo público durante su presencia en la capital catalana.

Ni una cosa ni la otra han sucedido. El Rey ha acudido a los actos del 17-A, todas las autoridades catalanas, incluido Quim Torra, se han puesto a su lado. Y los actos de protesta contra la presencia del Rey han sido simbólicos y minoritarios.

Las élites independentistas se han visto obligadas a guardarse todos sus planes. Incluso la Assemblea Nacional Catalana, la fuerza de choque del independentismo más agresivo, llamó a “no boicotear la visita del Rey”. No habían cambiado de opinión. Simplemente constaban el abrumador rechazo social a que se utilizara un acto de denuncia del terrorismo y solidaridad con las víctimas para hacer propaganda independentista e intentar enfrentar a Cataluña con el resto de España.

A lo que hemos asistido es a un nuevo retroceso de las élites independentistas. Sucedió al resignarse a no presentar a Puigdemont como candidato a presidir la Generalitat, sustituyéndolo por Quim Torra, cuando eliminaron del govern a todos los políticos presos y fugados, o cuando el propio Torra recibió al monarca en Tarragona o acudió a Moncloa a negociar con Pedro Sánchez temas propios de una política autonomista.

La razón está en el rechazo de una parte importante de la sociedad catalana a seguir por el camino de la fragmentación. El 21-D el apoyo a las candidaturas independentistas solo alcanzó el 38% del censo. Y en las últimas encuestas realizadas el apoyo a la independencia unilateral ha quedado reducido a poco más del 20%.

Si las élites independentistas retroceden es porque no pueden avanzar teniendo en contra a una mayoría social, en primer lugar en Cataluña.

Querían “ampliar la base de masas del independentismo”, especialmente entre la izquierda, presentando la fragmentación bajo falsas banderas progresistas frente a una “España autoritaria”. Pero no lo han conseguido. Lo que han cosechado ha sido más rechazo. Estos días destacadas voces de la izquierda, desde Baltasar Garzón o Gaspar Llamazares a dirigentes del PSC y de Podemos han denunciado los intentos de boicot al Rey como una maniobra reaccionaria para sembrar división y atacar la unidad contra el terrorismo.

Peligrosos a cualquier velocidad

Pero no debemos bajar la guardia. Aunque no cuenten con una mayoría social a su favor, y hayan acumulado retrocesos y fracasos en los últimos meses, siguen siendo peligrosos.

Disponen de todo un régimen, construido al calor del enorme presupuesto autonómico y la extensa red de control político y social que emana desde la Generalitat. Eso es lo que les permite mantener, con cargo a las subvenciones de dinero público, una extensa red de organizaciones que en nada representan a la sociedad catalana.

Y, a pesar de que ningún país ha apoyado la independencia de Cataluña, las élites independentistas gozan de una protección internacional que permite a Puigdemont poder seguir atacando desde territorio de la Unión Europea la unidad de España.

La combinación de estos dos factores hace que el peligro de división o de cuestionamiento de la unidad sea una amenaza real.

Combatir los intentos de fragmentación y división, fortaleciendo la unidad de Cataluña con el conjunto del pueblo español, va a seguir siendo una tarea prioritaria durante mucho tiempo. Necesitamos más unidad para defender nuestros intereses comunes.

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