La mayoría de los europeos no sabría exactamente situar en el mapa de Alemania el länder de Sajonia-Anhalt, en el centro oriental del país. Este territorio de la antigua RDA no es de los más poblados (2,1 millones de habitantes en un país con 84 millones) ni de los más importantes, pero el hecho de que en un país que todavía se esfuerza por quitarse el estigma del III Reich, una fuerza ultraderechista -incluso neonazi o filonazi- como Alternativa por Alemania haya conseguido una contundente victoria en las elecciones regionales -duplicando sus votos, quedando al borde de la mayoría absoluta y con muchas opciones de gobernar este Estado- supone un auténtico terremoto político para la principal nación europea, y por ende en toda la Unión.
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Un seísmo que se da junto al desplome de la derecha democristiana tradicional, la CDU del canciller Friedrich Merz, que pasa de 40 a 16 diputados. La otra pata del bipartidismo alemán, el SPD, recupera algo de terreno, pero dentro de la irrelevancia con el 9,3%, lo mismo que los Verdes (8,9%) o la izquierda de Die Linke (8,6%). Otra formación, los rojipardos de BSW (Alianza Sahra Wagenknecht-Por la Razón y la Justicia), una escisión de Die Linke que ha abrazado el discurso antiinmigración de AfD, puede ser clave en darles la llave del länder a los ultras, rompiendo el hasta ahora inamovible cordón sanitario.

Hasta ahora, y a pesar de su ascenso continuado, la formación ultra fundada en 2013, solo habia conseguido cuatro alcaldías de municipios menores. Es la primera vez después de la II Guerra Mundial que un partido de extrema derecha -con numerosos líderes y miembros con una vinculación probada con organizaciones de carácter neonazi, y con un discurso fuertemente antiinmigración y anti-Unión Europea, o que aboga por derogar derechos y libertades fundamentales- puede llegar a tocar poder real.
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Un ascenso patrocinado por Putin… y por Trump
Además de la enorme carga simbólica que esto tiene en un país que no deja de frotar y frotar para tratar de borrar su pasado, y además del temor a que estos resultados catapulten aún más a los ultras hacia el gobierno federal -las elecciones están previstas para 2029, pero dado el enrarecido clima político y la descendente popularidad del canciller Friedich Mertz, podrían anticiparse- esto supone graves e inmediatas implicaciones.

Dado el carácter federal de Alemania, dirigir un länder daría acceso a AfD a información sensible en materia de seguridad, económica, o incluso en ámbitos tan sensibles como lo militar o la política exterior. Alqo que -dada la más que patente vinculación de AfD con la Rusia de Putin- preocupa enormemente en Berlín, sobre todo tras los recientes ataques con drones explosivos en el aeropuerto de Leipzig el pasado 4 de agosto. Una agresión híbrida del que el Gobierno alemán ha responsabilizado a Rusia, anunciando el cierre del consulado ruso en Bonn.
Siendo tan peligrosos como parecen los vínculos -políticos y también financieros- de los ultras de AfD con el Kremlin, hay algo que redimensiona mucho, mucho más, la amenaza que supone este partido fascista. Sus nada disimulados lazos con la ultraderecha del otro lado del Atlántico: con la Casa Blanca, con el trumpismo y su proyecto de Dictadura Hegemonista Mundial.

Hace un año y medio, en las elecciones federales donde fue elegido Mertz, Alternativa por Alemania duplicó sus votos, pasando del 10% al 20%, en una campaña electoral donde los ultras recibieron el decidido apoyo de Elon Musk, dueño de la red social X, de Tesla y de SpaceX, y en ese momento miembro del propio gobernó de Trump. Pocas semanas después, en la Conferencia de Seguridad de Múnich el vicepresidente de Trump, JD Vance -que abroncó a sus socios europeos, acusándolos de practicar la censura y «perseguir la libertad de expresión», por mantener cordones sanitarios hacia fuerzas de ultraderecha, mencionando explícitamente a Alemania y a AfD.
Pero por descarados que sean estos gestos, el apoyo de los centros de poder hegemonistas al ascenso de la extrema derecha en Europa va más allá de los apoyos políticos o de los respaldos puntuales. Forma parte de una linea que está plasmada negro sobre blanco en la Estrategia de Seguridad Nacional de Trump.
Este documento -la hoja de ruta de la política exterior de la actual Casa Blanca- dedica un capítulo especial a sus intereses en el Viejo Continente. En el mismo, el texto asegura que «Europa está enfrentando un declive civilizacional por la alta migración, por las bajas tasas de natalidad, la pérdida de identidad y sobre-regulación económica». Y defiende la neecsidad de que EEUU apoye a los “partidos patrióticos” que han surgido en casi todos los países europeos [es decir, los miembros de la «internacional de la extrema derecha, con Meloni en Italia, Orbán en Hungría, Le Pen en Francia, Afd en Alemania, Vox y Chega en España y Portugal… en busca de una corrección de rumbo».

La estrategia de EEUU para Europa pasa por el máximo descosido -e incluso algún desgajamiento, como con el Brexit- de la Unión Europea, buscando dividir para vencer. Una relación en la que Washington no tenga que negociar con un bloque cohesionado, sino lleno de grietas, fisuras y desavenencias, buscando una negociación uno a uno donde la superpotencia pueda imponer sus draconianas condiciones -económicas, políticas y militares- a cada país europeo.
Estos partidos ultrareaccionarios funcionan como arietes de la agenda trumpista en Europa: desde la criminalización y hiper-explotación de la clase obrera migrante; a políticas turbocapitalistas en lo económico y ultrareaccionarias en lo social, con toda una andanada de ataques a los derechos y las libertades. Un modelo social donde se laminen y trituren los derechos laborales, tirando a la baja los salarios, destruyendo el Estado del Bienestar -sanidad, educación, pensiones públicas- para instaurar en Europa un modelo social hiperprivatizado, clónico al de EEUU.
Propuestas tan escandalosamente reaccionarias como las de AfD, que exige no sólo la «re-emigración» (es decir de la expulsión) de los migrantes, sino que sus hijos o los niños con discapacidad no sean escolarizados con los demás, forman parte de esta corriente global al servicio de los proyectos de Washington.
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Otros factores decisivos
Siendo el apoyo exterior -desde la superpotencia norteamericana o desde la Rusia imperialista de Putin- a Alternativa por Alemania el principal factor que explica su ascenso, que ahora ya se da en el plano del asalto efectivo a importantes cuotas de poder político, todo ello no se puede terminar de entender sin el contexto de una Alemania que lleva más de una década sumida en una crisis política y con una economía gripada, con las condiciones de vida y de trabajo degradándose para amplias capas de las clases populares. Este es el sustrato sobre el que pueden florecer las tóxicas semillas de la ultraderecha.

Unos ultras que también encuentran apoyo y financiación en sectores de la burguesía monopolista alemana. Aunque AfD no sea la alternativa principal de la clase dominante germana, sí hay sectores de ella que la han alentado, como escuadrón de choque contra los trabajadores inmigrantes o alternativa para recomponer relaciones con la Rusia de Putin.
En segundo lugar se beneficia de un racismo incrustado por la burguesía germana en los tuétanos sociales. Entre los votantes socialistas son mayoría los que reclaman políticas más duras contra la inmigración.
Y en tercer lugar, el ascenso de estos ultras está alimentados por el fascismo, disfrazado bajo la bandera roja, de los sectores que proceden de la «izquierda» prosoviética de la Alemania del Este, como la Alianza Sahra Wagenknecht-Por la Razón y la Justicia (BSW) que ahora se abre a dar la llave de la gobernabilidad a este partido neonazi en Sajonia-Anhalt. Es revelador igualmente que la AfD sea la primera fuerza en todos los lands germanos que formaban parte de la RDA.
De aquellos polvos socialfascistas, estos lodos tóxicos y neonazis, apadrinados por Moscú y por Washington.

