Protestan contra los recortes y la precariedad en el sistema educativo

Francia arde con las mayores protestas estudiantiles en 50 años

La mecha de la rebelión estudiantil prendió en un anodino centro de secundaria de la 'banlieue' parisina, con fuerte componente de clase obrera de origen migrante. Es una revuelta que huele a malestar profundo, a levantamiento estructural, a bandera roja, a cambio de época. Es el sutil aroma que también tenía el Mayo del 68.

Cuando quedan pocos meses para unas elecciones presidenciales en los que la ultraderechista Marine Le Pen aparece como la mejor colocada en las encuestas, una enorme movilización estudiantil bien sazonada de banderas rojas y consignas contra los recortes -y en la que muchos ven los ecos de Mayo del 68- ha inundado las calles de las ciudades francesas.

Los protagonistas indiscutibles de este masivo levantamiento -que exige acabar con unos recortes y una infrafinanciación crónica del sistema educativo, que han degradado hasta el límite algo de lo que antaño se jactaba la República- son los jóvenes (desde estudiantes universitarios a los de enseñanza media), pero no están solos. Junto a ellos están sus profesores, los principales sindicatos obreros y la izquierda de la Francia Insumisa, e incluso sectores rurales, que se han sumado a apoyar unas protestas que están siendo durísimamente reprimidas por las fuerzas antidisturbios y por un gobierno de Macron que trata de criminalizarlas.

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Pongamos números a esta movilización estudiantil que ya ha sacado a la calle a casi medio millón de personas en toda Francia, de las cuates s 100.000 lo hicieron en París, según los organizadores. Unos 900 centros educativos de los 3.700 que hay en Francia han visto sus clases suspendidas total o parcialmente.

Y esto no tiene pinta de parar, sino todo lo contrario. Para el próximo 17 de octubre hay convocada una gran movilización en la que el gobierno teme que confluya la indignación de los estudiantes con el llamamiento de la CGT -el principal sindicato de clase de Francia, que el año pasado convocó varias huelgas generales contra Macrin- y de la izquierda francesa de La Francia Insumisa. Y también la reaparición de los «chalecos amarillos», de los ganaderos, agricultores y población rural airada por los recortes y la subida del precio de los carburantes.

Como todo el mundo sabe, en Francia las revueltas populares están a la orden del día. Pero esta no es una más. Se da a las puertas de unas elecciones donde la extrema derecha acaricia la victoria. Se da contra un gobierno macronista cuya popularidad lleva mucho por los suelos. Se da tras una década y media de paulatinos recortes sociales y después de que el Eliseo haya presentado los presupuestos para el año 2027, que incluyen un recorte de gasto público de más de 50.000 millones de euros -al mismo tiempo que un incremento de más de 3.500 millones en gasto militar para cumplir con las exigencias de la OTAN de destinar el 5% del PIB para partidas bélicas-. Y se produce de forma inesperada, no como respuesta a ningún ataque o reforma específica por parte del gobierno.

Es una revuelta que huele a malestar profundo, a levantamiento estructural, a bandera roja, a cambio de época. Es el sutil aroma que también tenía el Mayo del 68.

Así lo están percibiendo muchos en Francia, entre ellos el líder de La Francia Insumisa (LFI), Jean-Luc Melenchón, el único candidato que se pasea por las protestas aclamado por los estudiantes. «Es una cosa increíble lo que estáis haciendo, no os dais cuenta. Es el movimiento de juventud más poderoso que se haya visto en Francia en 50 años. Y nadie se atreve a deciros que estáis equivocados, porque tenéis toda la razón», les decía a los jóvenes.

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Todo empezó en un ‘banlieu’

A diferencia de Mayo del 68, con epicentro en la prestigiosa Sorbona, esta vez la mecha de la rebelión estudiantil prendió en un anodino centro de secundaria de la ‘banlieue’ parisina, los barrios periféricos de la capital con fuerte componente de clase obrera de origen migrante. En el instituto Saint-Exupéry, Créteil, a las afueras de París, los profesores y alumnos se unieron en contra de la falta de personal del centro educativo, en una reclamación tan enérgica que logró sus demandas con la llegada de profesores de refuerzo.

Viendo lo conseguido, cientos de institutos de todo el país -especialmente los de las periferias, marginados por la infrafinanciación permanente, por ratios de 35 alumnos por aula, falta de personal o por edificios cayéndose a cachos- se lanzaron a la lucha. Los estudiantes, con el apoyo de muchos de los docentes, impusieron el cierre de los centros. Barricadas, quema de contenedores, cargas policiales… En pocos días, y sin que el gobierno de Macron lo hubiera visto venir, el movimiento se había extendido por toda Francia, contagiándose a varias universidades.

Los jóvenes denuncian la degradación de un sistema de enseñanza pública que hace décadas era el orgullo de Francia, y que ha dejado de servir de ascensor social. “Suben los costes de la escolarización, también las tarifas universitarias. Recortan en profesores, en sueldos. Todo conduce a la elitización de la educación, a la muerte de los valores de la República y la igualdad social”, dice un estudiante universitario. «Lo más parecido ocurrió en 1990″, añade un profesor de secundaria de un instituto de Saint-Denis. “Y estamos unidos profesores y estudiantes”, subraya.

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La feroz represión del gobierno de Macron

La potente movilización de los jóvenes ha sido contestada por una salvaje represión por parte de los antidisturbios. Las imágenes de brutalidad policial, con los agentes cargando contra manifestantes pacíficos sin provocación alguna, han inundado las redes. En otros muchas grabaciones hechas por los manifestantes, se puede ver como los encapuchados que protagonizan los destrozos que «justifican» las cargas son en realidad agentes de paisano, que luego se reagrupan con los uniformados.

Un estudiante de 15 años ha perdido la mano tras estallarle una granada aturdidora utilizada por los antidisturbios, y hay otro gravemente herido al impactarle en la cara un proyectil lacrimógeno disparado por un agente. Ya hay más de 5.000 jóvenes detenidos, en su mayoría menores de edad sin antecedentes.

En un comunicado, Amnistía Internacional ha pedido a las autoridades francesas «cumplir con sus obligaciones en materia de derechos humanos» y «poner fin a la respuesta desproporcionada de la Policía».

Tratando de intimidar a los manifestantes, el ministro de Justicia de Macron, Gérald Darmanin, ha mostrado su intención de aprobar una ley por la que los padres de los estudiantes tendrán que hacerse cargo de los costes de los daños.

La represión y la criminalización hacia los estudiantes -menores de edad- está siendo tan brutal que en muchos actos de protesta, padres de alumnos y profesores forman cordones de seguridad entre los antidisturbios y los jóvenes.

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Bally Bagayoko (La Francia Insumisa), alcalde de Saint-Denis

La bravura de un alcalde

Una de las imágenes más insólitas de estas protestas la ha protagonizado el extremadamente popular alcalde de Saint-Denis, Bally Bagayoko -de origen maliense, y candidato de La Francia Insumisa, obtuvo más del 50% de los votos en una las principales ciudades del extrarradio de París- que, ataviado con su traje y su corbata, se interpuso entre los antidisturbios y los estudiantes, gritando «PARAD, PARAD» a los uniformados.

Tras este acto de bravura, Bagayoko se unió a la pancarta de los jóvenes y respaldó sus «legítimas reivindicaciones», emplazando a las autoridades a «venir a hablar con los estudiantes de secundaria y comprobar por sí mismas si esta juventud está siendo ‘instrumentalizada’ o si simplemente es capaz de pensar, organizarse y defender sus propias condiciones de estudio y su futuro».

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