Cada vez que acudía a un mitin para apoyar a un candidato republicano, Donald Trump se ha encargado de repetir una y otra vez a sus seguidores que «votasen como si su nombre estuviera en la papeleta».
Y esto es -literalmente- lo que ha pasado. En unas elecciones legislativas de medio mandato planteadas como un plebiscito a las ultrareaccionarias políticas de Trump, un enorme ‘tsunami’ de votos populares ha castigado a los republicanos, en unos resultados mucho más contundentes y sangrantes contra el inquilino de la Casa Blanca de lo que habían previsto las encuestas.
Donald Trump, que ha podido gobernar los dos primeros años de su segundo mandato con mayoría en las dos cámaras legislativas, ve ahora como los demócratas se hacen con el control tanto del Senado y la Cámara de Representantes, algo que le creará no pocas dificultades de aquí al final de su legislatura.
El pueblo norteamericano, como hace poco hizo el pueblo brasileño, asesta un poderoso puñetazo a la Dictadura Mundial de Trump, haciendo una valiosa contribución a socavar y debilitar el avance de sus agresivas y ultrareaccionarias políticas en EEUU y en el resto del mundo.

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Texas y Michigan
Dos imágenes resumen el varapalo sin paliativos, la sonora paliza electoral, que ha sufrido un partido republicano secuestrado desde hace años por el trumpismo.

Pocos Estados de EEUU están tan identificados con el conservadurismo meapilas y MAGA como Texas, donde los republicanos gobiernan y obtienen senadores desde hace más de tres décadas. Por eso el hecho de que los demócratas hayan arrebatado este feudo al Grand Old Party -con la victoria del pastor demócrata James Talarico como senador, y de la hispana Gina Hinojosa como gobernadora- es en sí mismo un terremoto político, como lo es también el descalabro de los republicanos en otros Estados tradicionalmente conservadores y donde Trump venció hace dos años por dos dígitos como Iowa, Ohio, Carolina del Sur o Kansas.

La otra imagen paradigmática de estas ‘midterms’ es la abultada victoria de Abdul El-Sayed en Michigan, que no sólo se convierte en el primer senador musulmán en la historia del país, sino que es una figura del ala más izquierdista del partido demócrata, que se ha tenido que enfrentar no sólo a Trump -que lo ha llamado «yihadista»- sino al poderosísimo lobbie pro-sionista estadounidense y sus terminales dentro del partido demócrata. Como Zohran Mamdani en Nueva York, Abdul El-Sayed ha condenado con la mayor de las firmezas el genocidio en Gaza y la ocupación de Cisjordania, así como la guerra contra Irán, y defiende el fin de la ayuda militar de EEUU a Israel.
Este senador, junto al ala más izquierdista de los demócratas, ha denunciado las redadas fascistas del ICE, la «Gestapo migratoria» de Donald Trump.
Pero Abdul El-Sayed ha ganado sobretodo con una promesa: impulsar en EEUU una sanidad pública, universal y gratuíta como las que tiene Europa, una política que además proponen sufragar con impuestos a los super-ricos. Es decir, con políticas de redistribución de la riqueza.
Mamdani o El-Sayed no son ni mucho menos los únicos, una veintena de congresistas y senadores demócratas mantienen estas mismas posiciones tildadas de «extremistas» y «comunistas» por los sectores más reaccionarios de EEUU.
Por tanto, las fotos de Texas y Michigan no sólo ilustran el varapalo a Trump y al trumpismo. También demuestran que en EEUU se abren paso corrientes políticas, discursos y nuevos líderes hasta hace no mucho impensables en la Meca del capitalismo monopolista.
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Consecuencias de las midterms
La sorpresa ha sido la magnitud de la derrota de Trump, notablemente superior de lo de habían pronosticado la mayoría de las encuestas. El republicano llegaba a las elecciones con los índices de popularidad más bajos (33% de aprobación) de un presidente desde Harry Truman en 1946, después de la Segunda Guerra Mundial, y comparables a los de los últimos meses de GW Bush.

El profundo rechazo a Trump y a su gestión es multifactorial, aunque todo el mundo coincide en que la razón principal y más trasversal es el aumento del coste de la vida -del galón de gasolina, de los fertilizantes, de los alimentos en el supermercado- que azota al bolsillo de todos los norteamericanos, pero que agobia especialmente a las zonas agrarias que fueron granero de voto trumpista en 2024.
A las penurias en el bolsillo de los estadounidenses hay sumarle las políticas arancelarias de Trump y una guerra contra Irán en la que la Casa Blanca parece atascada, y que todo indica que volverá a retomar de manera inminente.
Pero además están feroces ataques a las libertades y a la democracia y unas políticas migratorias terroristas que han provocado que contra Trump se desencadenen las protestas más potentes y multitudinarias -«No Kings»- desde la Guerra del Vietnam.
¿Qué efecto real puede tener la nueva correlación de fuerzas en el Capitolio en un país con un sistema político tan presidencialista como EEUU? La realidad es que la composición del nuevo Congreso y Senado podrán frenar y obstaculizar las políticas de Trump… pero sólo limitadamente.
Trump todavía tiene un amplio margen de maniobra, y el peligro que entraña para la paz, la libertad y la democracia en todo el mundo no ha disminuído.
El poder de decisión de Trump en la Casa Blanca todavía tiene un amplio margen de maniobra, y el peligro que entraña para la paz, la libertad y la democracia en todo el mundo no ha disminuído. Pero los demócratas tendrán la capacidad de obstaculizar los nombramientos presidenciales en el Senado e iniciar investigaciones contra los miembros de la Administración Trump.
Sin embargo, los efectos políticos de estas elecciones pueden ser de hondo calado. Entre los republicanos, esta dolorosa derrota pude ser el principio del fin del asfixiante dominio del trumpismo sobre los resortes del partido. Y en los demócratas, los sectores «moderados» del establishment -más vinculados y alineados con los nódulos de poder de la burguesía monopolista yanqui- tienen cada vez más dificultades ante el empuje de los sectores «izquierdistas» con más influencia de las exigencias populares.

