Washington se la juega en Trí­poli

A por las duras y a por las maduras

El informe secreto encargado el pasado mes de agosto por Obama para identificar probables focos de conflicto en Oriente decí­a que un amplio conjunto de paí­ses en la zona “estaban maduros para la revuelta popular”. Los acontecimientos de Libia están demostrando que EEUU no sólo va a por las maduras, sino también a por las duras.

Si hace aenas 15 días, las revueltas que están sacudiendo el norte de África y el mundo árabe mostraban en Túnez y Egipto su lado aparentemente gozoso y festivo, una especie de “revolución de rostro amable”, en el que el impulso dado por Washington a las revueltas populares combinado con la activación de sus “fuerzas de reserva” en los aparatos políticos y militares era capaz de cambiar un régimen en sólo unas semanas sin apenas derramamientos de sangre (o al menos cuidadosamente ocultados bajo la alfombra), estos días en Libia estamos conociendo el otro aspecto, el reverso más tenebroso, de ese mismo proyecto. Si en Túnez y Egipto el proyecto norteamericano de incendiar la región, a fin de pilotar ellos mismos la caída de unos crecientemente inestables regímenes políticos autoritarios e híper-corruptos, pudo ejecutarse de forma rápida y “limpia” gracias al histórico control de Washington sobre los aparatos políticos y militares de esos países, las tornas se han cambiado al llegar a Libia, el primer hueso duro de roer con el que se han topado. La anomalía libia Mientras en Túnez o Egipto el control de los aparatos políticos y militares sobre los que estaban construidos los regímenes de Ben Alí y Mubarak ha permitido a EEUU utilizar las revueltas populares para expulsar a los gobernantes más odiados por las masas e impulsar la transición hacia un sistema de democracias limitadas y controladas que dé más estabilidad a su dominio sobre una región vital para sus intereses, en el caso de Libia se están encontrando con una anomalía que resulta imposible resolver por estos mismos medios. A diferencia de Mubarak o Ben Alí, Gadafi no es un hombre de paja puesto por ellos mismos. El régimen de poder construido en Libia a lo largo de 40 años, pese a responder a un mismo patrón de despotismo, corrupción y nepotismo, está basado en un sistema tribal de fidelidades personales, familiares y de clan. Es la peculiaridad de este sistema lo que ha hecho que la capacidad de penetración, influencia y control de EEUU sobre las estructuras clave del poder libio haya sido históricamente muy limitada. Por eso Gadafi ha sido durante estas décadas, o bien un enemigo al que atacar, o bien un socio al que había que permitirle todas sus excentricidades Mientras en Egipto el ejército y EEUU construyeron y modelaron a un maleable Mubarak y su régimen, lo que explica la relativa facilidad con que esa misma alianza de intereses pudo deshacerse de él; en Libia ese grado de control por parte del hegemonismo es inexistente. Los fusiles y la revolución Túnez y Egipto pudieron quedar enmascaradas y ser vendidas a la opinión pública mundial como las “revoluciones de Facebook o Twitter”, porque el absoluto control que el imperialismo norteamericano posee sobre sus ejércitos y los aparatos políticos del régimen permitió presentar esta edulcorada versión de lo sucedido. Utilizando como señuelo la fascinación con el papel de las nuevas tecnologías en los cambios políticos en el mundo árabe, se ha ocultado la importancia decisiva que ha tenido una tecnología mucho más antigua: los fusiles. El papel de los ejércitos, verdaderas prolongaciones de Washington en la zona, y no Facebook ha sido lo determinante. En cuanto Washington logró a través de sus múltiples canales de intervención e influencia que los militares, tras unos primeros momentos de vacilación, retiraran el apoyo a los Mubarak y Ben Ali, a éstos no les quedó más opción que abandonar. En Libia, sin embargo, no han podido repetir la operación. No al menos en esos mismos términos. En la medida que una parte sustancial del poder militar libio está más vinculado y controlado, es más dependiente del núcleo de poder político de los Gadafi que de Washington, el movimiento de cambio impulsado por la Casa Blanca se ha visto obligado a radicalizar su enfrentamiento con el régimen, haciendo estallar una peligrosa chispa que amenaza con convertirse en una guerra civil –o incluso en una intervención imperialista disfrazada bajo el manto de “intervención humanitaria”, como reclaman ya algunos de los portavoces globales o locales de EEUU– en la orilla sur del Mediterráneo, en uno de los puntos clave de engarce entre el Magreb y Oriente Medio y a las puertas mismas de Europa. La mayor diferencia entre Libia y Egipto no está en que una revuelta haya sido pacifica y la otra sangrienta, este resultado no es mas que la consecuencia del grado de control que en uno y otro lugar posee Washington sobre las estructuras del poder político y militar. En Egipto o Túnez, el cuestionamiento de Mubarak o Ben Ali no implicaba el cuestionamiento del papel y el poder del ejercito. Hasta el punto de que tanto en uno como en otro país, el aparato militar, inspirado por EEUU, se convirtió en un elemento instigador, directa o indirectamente, de las movilizaciones, lo que permitió que éstas pudieran moverse siempre dentro de unos límites relativamente previsibles, sin desbordarlos abiertamente. E incluso así, en Egipto, según datos del mismo gobierno provisional, hubo al menos 365 muertos y más de 5.000 heridos durante los 18 días de revuelta, sólo que allí los focos de los grandes medios de comunicación internacionales interesaba que estuvieran puestos en otro sitio. Por el contrario, en Libia una parte sustancial de la estructura del poder político y militar está tan personalmente y tribalmente unido al clan de los Gadafi, que su pervivencia depende del mantenimiento de las estructuras del actual régimen. En Egipto y Túnez, bajo el auspicio directo de Washington, podía cambiarse el régimen dejando intacto, incluso reforzándolo, el Estado y sus estructuras de poder clave. En Libia, debido a la peculiar anomalía de Gadafi, la caída del régimen supone el desmantelamiento de una parte sustancial del Estado. Los fusiles, es decir, el poder militar, que hasta ahora habían permanecido ocultos pese a ser el elemento clave, han saltado a primer plano con la extensión de las revueltas a Libia. El encaje de las piezas Los acontecimientos de Libia –y su potencial repetición en países de similares características como Yemen o, en menor medida Irak, Siria o Argelia– pone de manifiesto tanto el audaz y ambicioso proyecto de Obama de impulsar revueltas que liquiden los viejos e inestables regímenes por otros igualmente maleables pero mas estables, como los riesgos que implica la determinación con que están llevándolo a cabo. Descartada en esta primera fase por Washington la extensión de las revueltas a Arabia Saudí y los Emiratos árabes –enclaves vitales por múltiples razones estratégicas en los que Obama debe andar con pies de plomo–, el proyecto norteamericano se ha enfrentado en Libia a su primera gran prueba de fuego. Aunque por el momento la jugada les ha salido bien en Egipto –verdadera ancla del mundo árabe– y Túnez, ahora mismo todo su proyecto se juega en Trípoli. De cómo sepa gestionar Washington la sangrienta resistencia ofrecida por el régimen de Gadafi va a depender la dirección, el ritmo y la intensidad de los siguientes movimientos. Para poder seguir desplegando su proyecto, EEUU necesita resolver, y hacerlo rápidamente, la crisis libia. Su enquistamiento en el tiempo, no digamos ya el estallido de una guerra civil, una intervención exterior o la fractura del país crearía tal grado de tensiones renovadas en la zona, que incluso los mismos cambios en Egipto o Túnez deberían ser repensados. La imprevisibilidad del régimen libio unido a la misma envergadura de la apuesta norteamericana en el Norte de África y Oriente Medio hace que sea difícil prever el rumbo que van a tomar los acontecimientos en los próximos días y semanas. Las escasas noticias que salen al exterior son ambivalentes y contradictorias. Por un lado las fuerzas de la oposición parecen avanzar política y territorialmente, pero al mismo tiempo el régimen sigue mostrando signos de fortaleza militar. El régimen de Gadafi no cesa de reafirmar su determinación de resistir hasta el final. Pero una vez dados los primeros pasos, EEUU está obligado a ir a por las duras y por las maduras. Le es de todo punto imperativo vencer esta resistencia –sin provocar al mismo tiempo un incendio incontrolable– si no quiere que una pieza no domesticada (importante pero menor) disloque su nuevo diseño del tablero norteafricano y del mundo árabe. Nada está, pues, descartado de antemano.

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