2 de Mayo y la España revolucionaria

La Guerra de la Independencia contra la invasión napoleónica de 1808, tuvo un doble contenido revolucionario, donde estaban unidos la batalla por acabar con el Antiguo Régimen y la defensa de la independencia nacional frente a la agresión de una potencia extranjera.

El 2 de mayo de 1808 se inicia una insurrección en Madrid, con la familia real recluida por Napoleón en Bayona y más de 100.000 militares franceses ocupando la península. Cuando se conoce la noticia de que los soldados franceses pretendían sacar al infante para llevarlo a Francia con el resto de la familia real, grupos de madrileños se concentran ante el Palacio Real con el fin de impedirlo. Las tropas de Murat, que ocupaban Madrid desde el 23 de Marzo, cargan contra la multitud.

Las noticias sobre el combate del dos de mayo corren como la pólvora, el alcalde Móstoles declara la guerra a Napoleón y los levantamientos contra el ejército francés se extienden por todo el país. Se inicia la Guerra de la Independencia (1808-1814).

El primer levantamiento contra el invasor surge espontáneamente desde las clases populares.

Goya pintará al pueblo madrileño enfrentándose a las tropas de élite napoleónicas (“La carga de los mamelucos”) o la represión posterior (“Los fusilamientos del 2 de mayo”).

Lejos del “proyecto modernizador” al que se pretende equiparar la dominación napoleónica, el propio emperador definirá con claridad sus proyectos para España:

“Es preciso que España sea francesa; para Francia he conquistado España, con su sangre, con sus brazos, con su oro. (…) Míos son los derechos de conquista; no importan las reformas, no importa el título de quien gobierne: rey de España, virrey, gobernador general, España debe ser francesa”.

Napoleón diseñará una España menguante y desmembrada, donde Cataluña, Euskadi, Navarra, La Rioja, la mitad de Aragón y de Cantabria se incorporarían a Francia, el resto del país se fraccionaria en tres virreinatos militares y las enormes riquezas americanas pasarían a ser controladas por París.

La sublevación genera la “vertebración nacional”, todo el país se une en la defensa de la independencia frente al sometimiento a una potencia extranjera.

Incrustando en la sociedad española un sentimiento patriótico, que, aunque pocas veces consciente, crece paralelo al aumento de la intervención imperialista.

La lucha popular, mientras el Estado y la clase dominante se han entregado al invasor, forzará el repliegue francés. Son las primeras derrotas de un ejército napoleónico hasta entonces invicto.

Tras el levantamiento general contra los invasores, las tropas españolas consiguieron la victoria de Bailén en julio de 1808. José Bonaparte se ve obligado a retirarse desde Madrid a Burgos, de ahí a Miranda de Ebro y por último a Vitoria. En noviembre de 1808, tendrá que venir el mismísimo Napoleón en persona, al frente de 250.000 hombres para que pueda volver a instalarse en Madrid. Las tropas comandadas por Napoleón consiguen ocupar la mayor parte del país, y obligan a las tropas inglesas (que intervenían en la defensa de Portugal) a replegarse.

Sin embargo, los desastres del ejército regular se vieron en gran parte paliados por un nuevo protagonista, la “guerra de guerrillas” contra el ejército francés que convirtió la península en un infierno para los invasores.

Napoleón reconoció en su exilio:

“El mayor error que he cometido es la expedición a España. (…) Esta maldita Guerra de España fue la causa primera de todas las desgracias de Francia. Todas las circunstancias de mis desastres se relacionan con este nudo fatal: destruyó mi autoridad moral en Europa, complicó mis dificultades…”.

Marx señala:

Las guerrillas constituían la base de un armamento efectivo del pueblo. En cuanto se presentaba la oportunidad de realizar una captura o se meditaba la ejecución de una empresa combinada, surgían los elementos más activos y audaces del pueblo y se incorporaban a las guerrillas. Con la mayor celeridad se abalanzaban sobre su presa o se situaban en orden de batalla, según el objeto de la empresa acometida (…) Había miles de enemigos al acecho aunque no pudiera descubrirse ninguno. No podía mandarse un correo que no fuese capturado, ni enviar víveres que no fueran interceptados. En suma, no era posible realizar un movimiento sin ser observado por un centenar de ojos. Al mismo tiempo no había manera de atacar la raíz de una coalición de esta especie. Los franceses se veían obligados a permanecer constantemente armados contra un enemigo que, aunque huía continuamente, reaparecía siempre y se hallaba en todas partes sin ser realmente visible en ninguna, sirviéndole las montañas de otras tantas cortinas.

La Guerra de la Independencia contra la invasión napoleónica de 1808, tuvo un doble contenido revolucionario, donde estaban unidos la batalla por acabar con el Antiguo Régimen y la defensa de la independencia nacional frente a la agresión de una potencia extranjera.

En el seno de muchos sectores progresistas y de izquierdas todavía se sigue considerando la victoria contra la invasión napoleónica poco menos que como un “desastre histórico” que apartó a España del camino del progreso.

Según esta opinión, la actuación de un pueblo presa fácil del fanatismo religioso, dio como resultado la defensa de los privilegios feudales o el poder de la Iglesia, frente a las ideas avanzadas que representaban Napoleón y la Francia revolucionaria.

Desde una posición absolutamente enfrentada a esta visión, Marx escribió entre 1854 y 1857 una serie de artículos para el periódico norteamericano New York Daily Tribune, posteriormente publicados bajo el título “La España revolucionaria”. En ellos, Marx nos ofrece una visión sobre la Guerra de la Independencia, alabando “las muestras de vitalidad de un pueblo al que se creía moribundo”, respaldando “el gran movimiento nacional que acompañó a la expulsión de los Bonaparte”, y rescatando “el hecho frecuentemente negado de la existencia de aspiraciones revolucionarias en la época de la primera insurrección española”.

Desde un primer momento, la lucha contra el invasor se une al combate contra los abusos de las élites tradicionales y a un proyecto de cambio revolucionario. Presente en la rebelión popular contra las autoridades, y que culmina en la Constitución de 1812 aprobada en Cádiz.

La rebelión, ya extendida a toda la geografía española, forma sus propios órganos de gobierno, destituyendo a las autoridades del Antiguo Régimen que se han plegado al invasor. Las Juntas Provinciales pasan a encabezar y organizar la resistencia. En septiembre de 1808, las Juntas Provinciales se coordinan constituyendo la Junta Central Suprema. Pese a que gran parte de los miembros de estas juntas eran conservadores y partidarios del Antiguo Régimen, la situación provocó la asunción de medidas revolucionarias como la convocatoria de Cortes.

Así lo analiza Marx:

“En Valladolid, Cartagena, Granada, Jaén, Sanlúcar, La Carolina, Ciudad Rodrigo, Cádiz y Valencia, los miembros más eminentes de la antigua administración –gobernadores, generales y otros destacados personajes sospechosos de ser agentes de los franceses y un obstáculo para el movimiento nacional– cayeron víctimas del pueblo enfurecido. En todas partes, las autoridades fueron destituidas. Algunos meses antes del alzamiento, el 19 de marzo de 1808, las revueltas populares de Madrid perseguían la destitución del Choricero (apodo de Godoy) y sus odiosos satélites. Este objetivo fue conseguido ahora en escala nacional y con él la revolución interior era llevada a cabo tal como lo anhelaban las masas, independientemente de la resistencia al intruso.

(…) Pese al predominio en la insurrección española de los elementos nacionales y religiosos, existió en los dos primeros años una muy resuelta tendencia hacia las reformas sociales y políticas, como lo prueban todas las manifestaciones de las juntas provinciales de aquella época, que, aun formadas como lo estaban en su mayoría por las clases privilegiadas, nunca se olvidaban de condenar el antiguo régimen y de prometer reformas radicales. El hecho lo prueban asimismo los manifiestos de la Junta Central. En la primera proclama de ésta a la nación, fechada el 26 de octubre de 1808, se dice:

El dominio ejercido por la voluntad de un solo hombre, siempre caprichoso y casi siempre injusto, se ha prolongado demasiado tiempo; demasiado tiempo se ha abusado de nuestra paciencia, de nuestro legalismo, de nuestra lealtad generosa; por esto ha llegado el momento de llevar a la práctica leyes beneficiosas para todos. Son necesarias las reformas en todos los terrenos.

En el manifiesto fechado en Sevilla el 28 de octubre de 1809, la Junta decía:

Un despotismo degenerado y caduco ha desbrozado el camino a la tiranía francesa. Dejar que el Estado sucumba a consecuencia de los antiguos abusos, constituiría un crimen tan monstruoso como entregarnos a manos de Bonaparte.

(…) lo importante es probar, basándonos en las mismas afirmaciones de las juntas provinciales consignadas ante la Central, el hecho frecuentemente negado de la existencia de aspiraciones revolucionarias en la época de la primera insurrección española.

(…)

El hecho de que se reunieran en Cádiz los hombres más progresivos de España se debe a una serie de circunstancias favorables. Al celebrarse las elecciones, el movimiento no había cedido aún, y la propia impopularidad que se había ganado la Junta Central hizo que los electores se orientasen hacia los adversarios de ésta, que pertenecían en gran parte a la minoría revolucionaria de la nación.

(…) Cuando las Cortes trazaron este nuevo plan del Estado español, comprendían, por supuesto, que una Constitución política tan moderna sería completamente incompatible con el antiguo sistema social y por ello dictaron una serie de decretos conducentes a introducir cambios orgánicos en la sociedad civil. Así, por ejemplo, abolieron la Inquisición; suprimieron las jurisdicciones señoriales, con sus privilegios feudales exclusivos, prohibitivos y privativos, a saber, los de caza, pesca, bosques, molinos, etc., exceptuando los adquiridos a título oneroso, por los cuales había de pagarse indemnización. Abolieron los diezmos en toda la monarquía, suspendieron los nombramientos para todas las prebendas eclesiásticas no necesarias para el ejercicio del culto y adoptaron medidas para la supresión de los monasterios y la confiscación de sus bienes.

Las Cortes se proponían transformar las vastas extensiones de tierra yerma, las posesiones reales y los terrenos comunales de España en propiedad privada, vendiendo la mitad para la extinción de la deuda pública, distribuyendo por sorteo una parte, como recompensa patriótica entre los soldados desmovilizados de la guerra de la Independencia, y concediendo otra parte asimismo gratuitamente y por sorteo a los campesinos pobres que quisieran poseer tierra y no pudieran comprarla. Las Cortes revocaron todas las leyes feudales relativas a los contratos agrícolas (…). Establecieron un impuesto progresivo considerable, etc”.

Como Marx dice hay que partir de “el hecho frecuentemente negado de la existencia de aspiraciones revolucionarias en la época de la primera insurrección española”.

Se afirma que el levantamiento popular contra la invasión napoleónica defendió banderas reaccionarias, bajo la influencia de la religión y el sometimiento a la corona y las autoridades, pero la realidad es exactamente la contraria.

La ira popular contra las decadentes autoridades del Estado borbónico había estallado en marzo de 1808 en el motín de Aranjuez, contra la corrupta y traidora camarilla de Godoy. Tras la invasión francesa, y la sumisión de todas las autoridades, se convirtió en un movimiento a escala nacional.

Es la quiebra del Antiguo Régimen, todas las autoridades, atadas por su deseo de mantener el orden a toda costa y paralizadas por su temor a la acción del “bajo pueblo” son arrollados por la embestida de los levantamientos populares que exigen desatar y armar inmediatamente una revolución nacional contra el invasor.

El capitán general de Castilla la Vieja decide acceder a las demandas de la causa patriótica al conocer el destino de su colega de Badajoz, arrastrado por las masas al negarse a armarlas y organizar la defensa. En Asturias, las multitudes toman los fusiles del arsenal militar, ocupan la asamblea general de la provincia y el 25 de mayo declaran la guerra a Napoleón. Los violentos motines de Cádiz y Cartagena aconsejan a las autoridades de Sevilla y Murcia no oponerse a las revueltas populares. En Valencia el pueblo, rebelándose, asalta y toma por las armas la ciudadela, y constituye la “Junta Suprema de Gobierno del Reino de Valencia”. En Zaragoza, una multitud exige armas y resistencia patriótica, nombrando a Palafox capitán general revolucionario… En todas partes, los miembros más destacados del viejo régimen caían, uno tras otro, arrollados por el empuje popular. Las viejas autoridades eran destituidas y en su lugar se levantaba un nuevo poder revolucionario.

Mientras la nobleza, el alto clero, las autoridades militares, judiciales y administrativas instaban a someterse al invasor, el pueblo, espontáneamente, desplegaba todas sus energías de resistencia y se organizaba para hacer frente al invasor, barriendo al mismo tiempo todos los obstáculos que encontraba a su paso. Y en primerísimo lugar, las instituciones gubernativas del viejo régimen que quedaron eliminadas a consecuencia de la primera oleada revolucionaria.

El impulso de cambio revolucionario presente en la Guerra de la Independencia se manifestará en el diseño, por parte de buena parte de los nuevos poderes surgidos de la rebelión, de profundas reformas sociales y económicas:

Abolición de la Inquisición, supresión de las jurisdicciones señoriales y privilegios feudales excesivos, abolición de los diezmos… Que tendrán su máxima expresión en la Constitución aprobada en 1812 por unas Cortes de Cádiz cercadas por las tropas francesas pero que alumbrarán una de las cartas magnas más avanzadas de la época y que se convertirá en un referente progresista durante todo el siglo XIX.

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