Protestas en Argel contra un quinto mandato de Buteflika

Vientos de protesta y cambio en Argelia

La candidatura de Buteflika evidencia de forma impúdica ante toda la sociedad argelina el aferramiento al poder de la corrupta y opresiva burguesía burocrática que lo sostiene

La protesta contra el anquilosado, autoritario y corrupto régimen argelino de ha alcanzado aires de huracán. Miles y miles de argelinos, principalmente jóvenes, se están manifestando para exigir que Buteflika -un anciano decrépito de 82 años, internado en una clínica suiza y sostenido en el poder por el Ejército- no se presente a las elecciones del próximo 18 de abril para obtener un quinto mandato presidencial.

Un presidente decrépito para un régimen que huele a cadáver. Abdelaziz Buteflika, de 82 años, y en el poder desde 1999, ya sufrió en 2013 un agudo “accidente cardiovascular” que le impidió hacer campaña para las presidenciales del año siguiente. Desde entonces está en “riesgo vital permanente” bajo extrema vigilancia médica, es arrastrado en una silla de ruedas y nunca habla en público. De su rostro, con la mirada perdida, apenas sale un murmullo incomprensible. Desde hace semanas Buteflika está ingresado en un hospital de Suiza sin que se sepa su verdadero estado de salud.

Este es el hombre al que las élites gobernantes de Argelia, fundamentalmente el jefe del Ejército, el general Gaid Salah, se empeñan en mantener ―obviamente ya como “hombre de paja”― como Presidente del país, haciendo oficial su candidatura para optar a un quinto mandato en Argelia.

Esa decisión, que ante los ojos de toda la sociedad argelina evidencia de forma impúdica el aferramiento al poder de la corrupta y opresiva burguesía burocrática que lo sostiene, ha enfurecido a las masas. Una exitosa huelga general y numerosas y masivas manifestaciones (principalmente en la capital (Argel), pero también en otras ciudades argelinas, como Orán, Bejaia, Annaba, Constantine o la remota Arar, en el desierto sur del país) llevan sacando a las calles, durante varias semanas, a centenares de miles de personas. Las manifestaciones están teóricamente prohibidas en Argelia desde 2001, pero las marchas, generalmente pacíficas, no han podido ser impedidas a pesar de un férreo control policial y de algunos enfrentamientos con los antidisturbios.

¿Se trata de un verso suelto (y tardío) de la Primavera Árabe de 2011? Es pronto para saber si, como en el caso de las movilizaciones comenzadas en la vecina Túnez -que también tuvieron sus réplicas en Argelia-, hay un interés por parte de los centros de poder mundial de proceder a un “derribo controlado” del régimen para sustituirlo por otro más estable y más profundamente intervenido.

Pero desde luego el sustrato de la furia popular es el mismo: un régimen autoritario, opresivo y corrupto, nucleado en torno a los aparatos represivos del Estado -ejército, policía y servicios secretos- y recorrido por luchas intestinas de poder dignas de la Guerra Fría; un país con unas enormes reservas de gas y con un gran potencial económico que, sin embargo, mantiene a buena parte de su población sumida en el subdesarrollo, los bajos salarios y unas casi nulas expectativas.

Argelia logró la independencia de Francia en 1962 por medio de una guerra de liberación nacional, pero poco después, al igual que la Libia de Gadafi, cayó en la órbita del socialimperialismo soviético. Tras el fin de la Guerra Fría y el colapso de la URSS, Argelia sufrió, en la década de los años noventa, una guerra civil entre islamistas y militares en la que fallecieron 200.000 personas.

En aquella contienda, además de varios procesos de purgas internas (dignas de un régimen discípulo de la KGB, que fue retirando, encarcelando o eliminando físicamente a los cuadros procedentes de la guerra de la independencia), los militares argelinos pasaron a tener el respaldo de la antigua potencia colonial francesa y de EEUU, nada interesados en el triunfo del islamismo en un país mediterráneo y sí en mantener un régimen con el que podían llegar a importantes acuerdos comerciales (principalmente en la extracción de gas).

Aunque Argelia pasó a encajar en el orden norteamericano, no tiene nada que ver con Marruecos, un baluarte de Washington. Argel siempre ha conservado un notable margen de autonomía, y no solo es, junto con Sudáfrica o Nigeria, uno de los principales promotores de la Unión Africana, sino también uno de los pocos países de África que se niega a albergar bases norteamericanas y tropas extranjeras.

En medio de esa guerra y de esas pugnas de poder, el entonces ministro de Exteriores, Abdelaziz Buteflika, con el plácet de Washington y París, fue elegido por los militares como una figura capaz de poner paz entre el régimen y los islamistas. Sin embargo, 20 años después, el apoyo popular que tuvo en su momento Buteflika se ha esfumado.

De nada ha servido la carta dirigida a todos los argelinos (supuestamente escrita por Buteflika) en la que el anciano presidente promete que si resulta elegido en las presidenciales del 18 de abril convocará otras elecciones anticipadas en menos de un año, en las que ya no se presentará como candidato. Las movilizaciones van a más, la gente ha comprobado que el régimen está agotado y no quieren volver a sus casas. Un viento de protesta, lucha y cambio sopla fuerte en Argelia.

Un comentario sobre “Vientos de protesta y cambio en Argelia”

  • Gracias, SR Buteflika: un tío antiimperialista y solidario con los países árabes agredidos. Por eso el sionismo mueve a sus acólitos, desde islamistas a izquierdosos.

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