Vientos de la Habana

Adaptación de la novela Vientos de Cuaresma de Leonardo Padura el catalán Felix Viscarret (Bajo las estrellas) dirige Vientos de la Habana, protagonizada por Jorge Perugorrí­a en el papel de Mario Conde.

Una película genuinamente cubana a pesar de la pátina de género negro que tiñe el film. Una historia llena de contrastes, que muestra desde un nuevo ángulo una Habana inquietante congelada en 1989.

En los infernales días de la primavera cubana en que llegan los primeros vientos calientes del sur, coincidiendo con la cuaresma, al teniente Mario, que acaba de conocer a Karina, una mujer deslumbrante, aficionada al jazz y al saxo, le encargan una delicada investigación. Una joven profesora de química del mismo instituto preuniversitario donde años atrás estudió Conde ha aparecido asesinada en su apartamento, en el que aparecen además restos de marihuana. Así, al investigar la vida de la profesora, de impoluto expediente académico y político, Conde entra en un mundo en descomposición, donde el arribismo, el tráfico de influencias, el consumo de drogas y el fraude revelan el lado más oscuro de la sociedad cubana contemporánea.

Protagonizada por Jorge Perugorría como Mario Conde y Juana Costa en el papel de Karina completan el reparto grandes actores como Vladimir Cruz que interpretan un universo de personajes singulares. Se encuentran de nuevo Perugorría y Cruz protagonistas de la mítica Fresa y chocolate pero esta vez no como amantes sino como antagonistas. Perugorría encarna perfectamente la bonhomia del detective Mario Conde.

Vientos de la Habana no es una película policíaca clásica con La Habana como escenario. Narrada con un estilo moroso la trama de la investigación policial se entremezcla con una historia de amor disolviendo la investigación entre los tragos de ron. Una historia de amor lejos de los ariscos romances del cine negro. Mario Conde es el policía más romántico del cine y la literatura. Un personaje que a pesar de su imagen fuerte, sueña con escribir una libro escuálido y conmovedor y amar verdaderamente a una mujer. Un policía totalmente literario movido por sus presentimientos que frente al cinismo y la sordidez actual se revela como un personaje ético que transmite una enorme bondad. Bondad que toca incluso a los villanos. Antagonistas que lo son en cuanto a sus actos, y no en esencia, como el guardaespaldas de El jardinero, un pequeño narcotraficante, que siente remordimientos por el asesinato accidental de un confidente.

Mario Conde vive de la nostalgia, pero el desencanto de una generación que estaba llamada a forjar al hombre nuevo no se convierte nunca en cinismo. Noir cubano que retrata el desencanto de una generación a través de un universo de personajes como Carlos, “el Flaco”, postrado en una silla de ruedas desde hace diez años a causa de las heridas que sufrió en la guerra de Angola; Andrés, médico desilusionado; Miki Cara de Jeva, escritor del régimen; Candito el Rojo; el Mayor Antonio Ragel o el sargento Manuel Palacios… Precisamente la investigación se desarrolla en el instituto preuniversitario Víbora donde Mario Conde estudió contrastando así dos generaciones diferentes y los diferentes valores y prioridades de cada una de ellas. Por un lado una generación frustrada que soñó con un proyecto de país y otra nueva generación incapaz de pensar en ningún proyecto común.

El gran acierto de Vientos de la Habana es ser una película totalmente genuina que se aleja de los clichés y las convenciones del genero negro para contar la historia también genuina de Cuba. Una Habana que se muestra en la película con una nueva luz. Rodada en los barrios más populares, en laberintos de callejones, en edificios que parecen enjambres… Pedro Márquez fotografía una Habana decadente, que funciona como extraordinario escenario cinematográfico. El director Felix Viscarret evitó conscientemente rodar en los escenarios más conocidos y visitados por el cine con el objetivo de retratar un verdadero “hogar caribeño”.

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Leonardo Padura, Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2015, es hoy el escritor cubano más internacional y su personaje, Mario Conde, uno de los personajes más populares y queridos de la literatura cubana. Corresponsal durante la guerra de Angola, Leonardo Padura, es la voz de una generación, cronista de los últimos treinta años de la historia de Cuba. Comenzó a trabajar en la revista El Caimán Barbudo y escribió sus primeros cuentos y su primera novela corta “Fiebre de caballos”. Su trabajo como periodista le permitió conocer la historia no oficial de su país. A través de sus cuatro novelas, Pasado perfecto, Vientos de Cuaresma, Máscaras y Paisajes de Otoño conocidas como Las Cuatro Estaciones, retrata una Habana congelada en 1989 justo antes de la caída del muro. Volvemos a encontrar a su detective en “Adiós, Hemingway” en 1997 en la que colabora con el sargento Palacios para averiguar la identidad de un cadáver que ha aparecido en Finca Vigía, la antigua casa habanera de Hemingway, y descubrir si el escritor fue culpable de su muerte.

Influenciado por la poesía de José María Heredia, de quien aprendió el verdadero significado de la patria, la literatura de Padura habla siempre de las raíces. De Guillermo Cabrera Infante aprendió a escribir en habanero y de las lecturas de Alejo Carpentier aprendió que la literatura debe tener un carácter universal y no encerrarse en lo local. Padura rompe los márgenes del género para contar con nuevos resortes una historia propia, desarrollando un nuevo lenguaje más allá del realismo mágico para contar la nueva realidad latinoamericana.

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