Literatura

Tres (pequeñas) joyas de la literatura francesa actual

Hace unos años, con su malevolencia clásica, pero también con su parte de razón, la revista norteamericana “Times” se preguntaba “si existen todaví­a la literatura y la cultura francesas”. Para el “Times”, Sartre era la última referencia cultural y literaria relevante de una Francia hundida en la decadencia. El artí­culo fue recibido en Francia como un ataque injustificado, y replicado por académicos, intelectuales, escritores, y altos representantes del “mandarinato” que rige con mano de hierro (envuelto en guante de seda) la cultura francesa, como si fuera un ataque al “honor” patrio. Valiéndose de sus indudables influencias, el Elí­seo logró incluso una replica contundente: la elección de un escritor francés (Le Clézio) como premio nobel de literatura: ¿y qué mayor prueba de que una literatura no está en decadencia -debieron pensar los “mandarines” culturales franceses- que el que uno de sus escritores gane el Premio Nobel?

A decir verdad, la literatura francesa actual carece de nombres de la talla de los que cimentaron su gloria literaria en el siglo XIX (Sthendal, Flaubert), o incluso en el XX (Proust, Céline, Gide, Camus o Perec), ero ese es un "mal" que aqueja a casi todas las literaturas europeas, y que, además, no implica en modo alguno que en la actual narrativa francesa no haya realmente escritores de verdadero relieve e interés, de auténtico talento, que son además finos estilistas y hasta renovadores de la literatura, fuera, por supuesto, de los grandes nombres comerciales, los bestselleristas de turno y los cínicos del momento (que de estos nunca faltan, sobre todo en Francia). Anagrama acaba de publicar, al comienzo de este otoño, y de forma simultánea, tres "nouvelles" de tres de estos autores franceses, quizá los más notables: Pierre Michon (Cards, 1945, cuyo libro "Vidas minúsculas" es, sin duda, una de las pocas obras maestras indiscutibles de la literatura reciente), Jean Echenoz (Orange, 1948, un escritor muy "vila-matiano", para entendernos) y Patrick Modiano (París,1942, quizá el que ha conseguido penetrar mejor en el mercado literario español). Tres pequeñas joyas que merece la pena leer. "Los Once", de Pierre Michon Un cuadro del Louvre: Los Once, los once miembros del Comité de Salvación Pública que, en Francia y en 1794, ri­gió el gobierno revolucionario e instauró el Terror. Un pintor: François-Élie Corentin. Un escritor: el historiador Jules Michelet, que dedica doce páginas de la "Historia de la Revolución Francesa" al cuadro Los Once. Quien busque ese cuadro en el Louvre o a ese pintor en una Historia de la Pintura no los encontrará. Y quien abra ese tomo de Michelet, se encontrará con el nombre de Géricault, no con el de Corentin, y con la descripción de un cuadro que quizá sí existe. Ese cuadro que podría haber estado en el Louvre, Los Once, cambia según el lado desde donde lo mire el visitante, como cambian esos once «apóstoles lai­cos» que pudieron, dice Michon, ser el Pueblo, y, a la postre, fueron «el regreso del tirano global». Los Once obtuvo el gran Premio de Novela de la Academia Francesa. Para Cécile Guilbert (Le Monde) «la consumada habilidad con que se mezclan la minucio­sa documentación histórica y los elementos inventados convierte esta invención en algo completamente verosí­mil». "Correr", de Jean Echenoz En los Juegos Interaliados de Berlín, en 1946, al ver de­trás del cartel de Checoslovaquia a un solo atleta desma­ñado, todo el mundo se ríe. Pero después, cuando en los cinco mil metros acelera sin parar y cruza la meta en so­litario, los espectadores estallan en un clamor. El nom­bre de ese chico que siempre sonríe: Emil Zátopek. En pocos años y dos Olimpiadas, Emil se convierte en inven­cible. Nadie puede pararlo: ni siquiera el régimen che­coslovaco, que le espía, limita sus traslados y distorsiona sus declaraciones. Emil corre contra su decadencia, y sonríe. Incluso en las minas de uranio adonde lo destie­rran porque ha apoyado a Dubcek. Ni siquiera Moscú puede pararlo. La nueva novela de Echenoz atraviesa cuarenta años de un destino excepcional y sin embargo misteriosamente parecido al nuestro. Y nos regala una escritura encrespada de esa impagable ironía que para Echenoz es sólo un pudoroso afecto. «Nada es inven­tado. Pero no nos hallamos ante una biografía. Se trata, pura y simplemente, de una novela, vibrante, elíptica, irónica» (Nathalie Crom, Télérama). "El horizonte", de Patrick Modiano El primer encuentro entre Jean Bosmans, un aprendiz de escritor, y Margaret Le Coz se produce por azar. Años después el protagonista de la novela se pregunta si las palabras que dos personas han intercambiado durante su primer encuentro se han disipado en la nada… ¿Y si todas esas palabras quedaran suspendidas en el aire y bastase tan sólo un poco de atención para captar sus ecos? Bosmans se la busca entonces en un pasado, sólo re­cuperable a partir de fragmentos de vida. Anotando uno a uno los recuerdos, avanza Bosman tras los pasos no sólo de sí mismo, sino de Margaret Le Coz. Pronto descubriremos que Margaret se esconde en los subur­bios de París y huye de Boyaval, una sombra amenazan­te que se cierne sobre los amantes. Treinta años más tar­de Bosmans redibuja el mapa de su relación con Margaret, motivado por el luminoso horizonte del título y no por la melancolía. Y es ese horizonte esperanzado lo que hace de esta hermosísima novela una obra pecu­liar dentro del hipnótico universo literario de Modiano.

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