Todo lo sólido se desvanece en la calle

“El fenomenal aumento de los alimentos (58% el maí­z, 62 % el trigo en un año) se está convirtiendo en la espoleta que dinamiza los estallidos pero el combustible lo aporta la brutal especulación financiera que se está focalizando, nuevamente, en las materias primas. Algunos precios ya superaron los picos de 2008, aunque el Banco Mundial y el FMI se muestran incapaces de frenar la especulación con los alimentos, con la vida.”

Dos hechos llaman la atención en la revuelta árabe: la velocidad con que las revueltas de hambre se convirtieron en revueltas olíticas y el temor de las elites dominantes que no atinaron, durante décadas, a otra cosa que no fuera resolver problemas políticos y sociales con seguridad interna y represión. La primera habla de una nueva politización de los pobres del Medio Oriente. La segunda, de las dificultades de los de arriba para convivir con esa politización. El sistema está mostrando sobradamente que puede convivir con cualquier autoridad estatal, aún la más “radical” o “antisistema”, pero no puede tolerar la gente en la calle, la revuelta, la rebelión permanente. (ALAI) LA JORNADA.- Varias de las revueltas en curso son rescoldos de añejos conflictos que han resurgido con la coyuntura libertaria y ocultan una agenda balcanizadora, a mi juicio, mucho más ominosa que un cambio de régimen, el cual, dependiendo de cómo opere, puede ser redentor, si no sucumbe en la involución. En el interludio de la revolución del jazmín en Túnez y la casi-revolución de las pirámides en Egipto (con golpe militar subrepticio) se escenificó sin mucho ruido el inicio de la balcanización del mundo árabe en el sur de Sudán (que tiene el potencial de convertirse en el granero de África). Detrás de las vulcanizaciones en Bahrein, Jordania, Yemen, Somalia, Irak, Argelia, Marruecos y Libia se perfilan balcanizaciones que ahora se cubren con el velo de gloria de la pro democracia. En Yemen y Bahrein, como espejo de su composición religiosa, se intensifica la lucha por la hegemonía islámica de las teocracias de Irán y Arabia Saudita. Ecuador. Alai Todo lo sólido se desvanece en la calle Raúl Zibechi Las revueltas del hambre que sacuden al mundo árabe pueden ser apenas las primeras oleadas del gran tsunami social que se está engendrando en las profundidades de los pueblos más pobres del planeta. El fenomenal aumento de los alimentos (58% el maíz, 62 % el trigo en un año) se está convirtiendo en la espoleta que dinamiza los estallidos pero el combustible lo aporta la brutal especulación financiera que se está focalizando, nuevamente, en las materias primas. Algunos precios ya superaron los picos de 2008, aunque el Banco Mundial y el FMI se muestran incapaces de frenar la especulación con los alimentos, con la vida. Dos hechos llaman la atención en la revuelta árabe: la velocidad con que las revueltas de hambre se convirtieron en revueltas políticas y el temor de las elites dominantes que no atinaron, durante décadas, a otra cosa que no fuera resolver problemas políticos y sociales con seguridad interna y represión. La primera habla de una nueva politización de los pobres del Medio Oriente. La segunda, de las dificultades de los de arriba para convivir con esa politización. El sistema está mostrando sobradamente que puede convivir con cualquier autoridad estatal, aún la más “radical” o “antisistema”, pero no puede tolerar la gente en la calle, la revuelta, la rebelión permanente. Digamos que la gente en la calle es el palo en la rueda de la acumulación de capital, por eso una de las primeras “medidas” que tomaron los militares luego que Mubarak se retirara a descansar, fue exigir a la población que abandonara la calle y retornara al trabajo. Si los de arriba no pueden convivir con la calle y las plazas ocupadas, los de abajo -que hemos aprendido a derribar faraones- no aprendimos aún cómo trabar los flujos, los movimientos del capital. Algo mucho más complejo que bloquear tanques o dispersar policías antimotines, porque a diferencia de los aparatos estatales el capital fluye desterritorializado, siendo imposible darle caza. Más aún: nos atraviesa, modela nuestros cuerpos y comportamientos, se mete en nuestra vida cotidiana y, como señaló Foucault, comparte nuestras camas y sueños. Aunque existe un afuera del Estado y sus instituciones, es difícil imaginar un afuera del capital. Para combatirlo no son suficientes ni las barricadas ni las revueltas. Pese a estas limitaciones, las revueltas del hambre devenidas en revueltas antidictatoriales son cargas de profundidad en los equilibrios más importantes del sistema-mundo, que no podrá atravesar indemne la desestabilización que se vive en Medio Oriente. La prensa de izquierda israelí acertó en señalar que lo que menos necesita la región es algún tipo de estabilidad. En palabras de Gideon Levy, estabilidad es que millones de árabes, entre ellos dos millones y medio de palestinos, vivan sin derechos o bajo regímenes criminales y terroríficas tiranías (Haaretz, 10 de febrero de 2011). Cuando millones ganan las calles, todo es posible. Como suele suceder en los terremotos, primero caen las estructuras más pesadas y peor construidas, o sea los regímenes más vetustos y menos legítimos. Sin embargo, una vez pasado el temblor inicial, comienzan a hacerse visibles las grietas, los muros cuarteados y las vigas que, sobreexigidas, ya no pueden soportar las estructuras. A los grandes sacudones suceden cambios graduales pero de mayor profundidad. Algo de eso vivimos en Sudamérica entre el Caracazo venezolano de 1989 y la segunda Guerra del Gas de 2005 en Bolivia. Con los años, las fuerzas que apuntalaron el modelo neoliberal fueron forzadas a abandonar los gobiernos para instalarse una nueva relación de fuerzas en la región. Estamos ingresando en un período de incertidumbre y creciente desorden. En Sudamérica existe una potencia emergente como Brasil que ha sido capaz de ir armando una arquitectura alternativa a la que comenzó a colapsar. La UNASUR es buen ejemplo de ello. En Medio Oriente todo indica que las cosas serán mucho más complejas, por la enorme polarización política y social, por la fuerte y feroz competencia interestatal y porque tanto Estados Unidos como Israel creen jugarse su futuro en sostener realidades que ya no es posible seguir apuntalando. Medio Oriente conjuga algunas de las más brutales contradicciones del mundo actual. Primero, el empeño en sostener un unilateralismo trasnochado. Segundo, es la región donde más visible resulta la principal tendencia del mundo actual: la brutal concentración de poder y de riqueza. Nunca antes en la historia de la humanidad un solo país (Estados Unidos) gastó tanto en armas como el resto del mundo junto. Y es en Medio Oriente donde ese poder armado viene ejerciendo toda su potencia para apuntalar el sistema-mundo. Más: un pequeñísimo Estado de apenas siete millones de habitantes tiene el doble de armas nucleares que China, la segunda potencia mundial. Es posible que la revuelta árabe abra una grieta en la descomunal concentración de poder que exhibe esa región desde el fin de la segunda guerra mundial. Sólo el tiempo dirá si se está cocinando un tsunami tan potente que ni el Pentágono será capaz de surfear sobre sus olas. No debemos olvidar, empero, que los tsunamis no hacen distinciones: arrastran derechas e izquierdas, justos y pecadores, rebeldes y conservadores. Es, no obstante, lo más parecido a una revolución: no deja nada en su lugar y provoca enormes sufrimientos antes de que las cosas vuelvan a algún tipo de normalidad que puede ser mejor o menos mala. AGENCIA LATINOAMERICANA DE INFORMACIÓN. 16-2-2011 México. La Jornada Bajo la balcanización y vulcanización del mundo árabe Alfredo Jalife-Rahme Son tiempos de revueltas contra la globalización financierista que han alcanzado hasta Wisconsin, Estados Unidos (EU), gobernado por los republicanos. No hay que equivocarse: la causal de la crisis es financierista –que ha arreciado por el efecto Bernanke (la masiva impresión de papel-chatarra que ha creado una hiperinflación alimentaria, entre otros cataclismos)– y su manifestación es global con su despliegue tanto regional (…) como local, con sus características idiosincrásicas. El aroma extático de la revolución del jazmín intensificó su expansión a los cuatro rincones del mundo árabe (ahora con la incorporación de Yibuti) que ha impregnado hasta los Balcanes (Albania y Serbia) y el Transcáucaso (Azerbaiyán y Armenia) con sus virtuales dislocaciones geopolíticas. La revolución del jazmín del paradigma tunecino y la casi revolución de las pirámides (con golpe militar subrepticio) todavía no alcanzan la cúspide del cambio de régimen, pero han extasiado a la mayoría de los 22 países miembros de la Liga Árabe (más catatónica que nunca). Libia –una oclocracia republicana e islámico-socialista sui generis, donde dos hijos de Khadafi (el teniente coronel Montasa y el arquitecto Saif) luchan por la sucesión paterna y donde ahora operan libremente las petroleras anglosajonas Shell y Exxon-Mobil– que parecía inexpugnable, ha sido invadida mentalmente por las revoluciones de sus dos vecinos del mar Mediterráneo (Túnez y Egipto) y su común denominador: la demografía juvenil desempleada. Las satrapías carcelarias árabes han reaccionado como de costumbre: reprimiendo y masacrando brutalmente las legítimas manifestaciones pacíficas. Sin contar el papel siniestro de las torturadoras policías y sus medievales mukhabarat (servicios secretos) de las monarquías y satrapías carcelarias que constituyen su primer frente defensivo contra los ciudadanos –lo cual debe ser motivo de vigilancia y profunda revisión (local, regional y universal) de su papel misántropo en una sociedad moderna– cuando se decanten las revueltas, quizá, se deduzca que una característica del éxito decisivo de su epílogo consiste en la conducta de los ejércitos: en favor de los jóvenes desempleados en Túnez; neutral en Egipto, y letal en Libia y Bahrein. Varias de las revueltas en curso son rescoldos de añejos conflictos que han resurgido con la coyuntura libertaria y ocultan una agenda balcanizadora, a mi juicio, mucho más ominosa que un cambio de régimen, el cual, dependiendo de cómo opere, puede ser redentor, si no sucumbe en la involución. En el interludio de la revolución del jazmín en Túnez y la casi-revolución de las pirámides en Egipto (con golpe militar subrepticio) se escenificó sin mucho ruido el inicio de la balcanización del mundo árabe en el sur de Sudán (que tiene el potencial de convertirse en el granero de África). Detrás de las vulcanizaciones en Bahrein, Jordania, Yemen, Somalia, Irak, Argelia, Marruecos y Libia se perfilan balcanizaciones que ahora se cubren con el velo de gloria de la pro democracia. En Yemen y Bahrein, como espejo de su composición religiosa, se intensifica la lucha por la hegemonía islámica de las teocracias de Irán y Arabia Saudita. Irán, país persa, ha penetrado las entrañas del mundo árabe gracias al despertar chiíta y a los errores geopolíticos del sunnismo: la alianza contranatura con EU, Gran Bretaña (GB) e Israel, y el bloqueo inhumano contra los sunnitas de Hamas en Gaza (apoyados por Turquía e Irán). Con la caída de Egipto, principal potencia militar árabe (décimo lugar mundial), y la sucesión monárquica en Arabia Saudita, hoy Turquía, país de origen mongol, toma el primer lugar del sunnismo en el mundo árabe. En el verano pasado, cuando con propósitos geopolíticos visité Bab Al-Tabbane, bastión del integrismo sunnita en Trípoli (segunda ciudad de Líbano), me llamó la atención el despliegue masivo de banderas turcas (arriadas durante la revuelta árabe de 1916 incitada por Gran Bretaña contra el derrotado imperio otomano), lo cual corroboraba in situ mi tesis del ascenso de Turquía e Irán, alianza insólitamente sunnita-chiíta regional (con excelentes relaciones geoeconómicas), pero, más que nada, un nuevo eje geopolítico que, en este caso específico, rebasa las contingencias etno-religiosas. Esto es más complejo que las gringadas hiperreduccionistas (…) para una región tan compleja, donde los matices y las sutilezas cuentan demasiado. No falta quienes mueven el avispero balcanizador a lo largo del río Nilo –que ya empezó con el sur de Sudán (pletórico en petróleo), hoy en manos de cristianos y animistas vinculados a Estados Unidos y Gran Bretaña– que pretende desprender la parte sur de Egipto a los coptos cristianos (10 por ciento de la población) en alianza con los nubios (unos 2 millones). Si la geografía es destino, la demografía es ontología y la revolución es antología. La revuelta en el reino hashemita de Jordania, si no es contenida, puede desembocar en un Estado palestino accesorio (50 por ciento de la población). Jordania es un invento colonial británico y los hashemitas, descendientes del profeta Mahoma, provienen de la región de Hejaz (Arabia, antes de ser saudita). Las revueltas del Magreb (el occidente árabe) –Marruecos, Argelia y Libia–, además de la revolución tunecina, están exhumando la autodeterminación de las cabilas (tribus) y el contencioso bereber (imazighen: hombres libres), etnia autóctona mediterránea de Noráfrica formada por 30 millones (y otro tanto arabizado) de lengua camita (semita). La revuelta en Marruecos puede arreciar su diferendo con la República Árabe Democrática Saharaui –único país árabe de costumbre monogámica que habla español– que no ha sido reconocido por la Liga Árabe, pero sí por la Unión Africana. El aroma del jazmín revolucionario ha alcanzado Suleimanya, importante ciudad de la provincia kurda autónoma de Irak, de por sí al borde de la balcanización entre árabes, kurdos y turcomanos, así como entre sunnitas y chiítas. Los países vulcanizados que más peligran en desembocar en balcanizaciones son Somalia (de facto fracturado en Somalilandia), Bahrein –base de la quinta flota de EU, donde un monarca sunnita (apoyado por EU, GB y AS) gobierna a 70 por ciento de chiítas apuntalados furtivamente por Irán– y Yemen, con tres fuerzas centrífugas: a) los huthis (zayditas-chiítas) del norte (la mitad de la población) en guerra contra el gobierno central sunnita; b) los eternos secesionistas de Aden (en el sur), y c) el montaje hollywoodense de Al-Qaeda que permite que EU libre su cuarta guerra oficiosa –todas en el mundo islámico (después de Irak, Afganistán y Pakistán)–, en el cuerno de África. Lo más ominoso: por efecto dominó de Bahrein, la virtual rebelión chiíta (20 por ciento de la población, según Stratfor), que domina la parte oriental de Arabia Saudita donde se encuentra la mayor producción de petróleo del mundo y cuyo escenario ya habíamos anticipado. LA JORNADA. 20-2-2011

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