Plásticos, disruptores endocrinos y salud global

Unos 8 millones de toneladas de plásticos acaban anualmente en los océanos

La industria química ha llegado al punto de no poder prescindir de sustancias tóxicas y de ahí que haga lo imposible para evitar que la información sobre sus efectos llegue al consumidor. Hecho que se produce con el consentimiento de las agencias públicas de control a todos los niveles, Comisión Europea incluida, que nada hacen para contrarrestar las opiniones de expertos bien remunerados, plegados a las peticiones de la citada industria, y encargados de anular toda información científica relativa al proceso de envenenamiento que estamos padeciendo y que se expresa en multitud de patologías derivadas de la gigantesca contaminación de la tierra, del mar y del aire. El negocio de la salud solo pasa por vendernos caros aparatos de diagnóstico y fármacos alejando toda política de salud pública y medioambiental de las adecuadas medidas proteccionistas y preventivas.

Uno de los problemas más importantes derivados de esta contaminación, por su impacto en la salud y el medio ambiente, es el de los disruptores endocrinos. Se llama así a toda sustancia química externa que posee actividad hormonal y que, una vez introducida en el organismo, simula, interfiere o bloquea la producción, el metabolismo o la acción de las propias hormonas de nuestro cuerpo. Esto puede ocasionar efectos adversos en nuestra salud o a nuestra descendencia, como retrasos en el crecimiento y en el desarrollo neurológico en niños, disminución de la fertilidad, alteraciones de la reproducción… Algunas de estas sustancias pueden producir cambios epigenéticos, esto es, modificaciones en la expresión de los genes que se pueden transmitir a los descendientes, dando lugar a efectos adversos en hijos o nietos de individuos expuestos.

Como está demostrado en infinidad de estudios, tanto nacionales como internacionales, estos contaminantes ambientales tienen unas características especiales y pueden actuar a dosis de exposición muy bajas, siendo el embarazo, la infancia y la adolescencia etapas de máxima vulnerabilidad. Por otro lado la dosis de exposición no va en correlación con la magnitud de los efectos y estos no siempre son inmediatos sino que pueden aparecer tras un periodo de latencia que puede incluir muchos años después de la exposición. Asimismo poseen efecto cóctel, pudiendo actuar conjuntamente provocando la disrupción hormonal a varios niveles. Y por último pueden dañar la expresión genética y transmitir a los descendientes los genes dañados, dando lugar a efectos adversos en hijos o nietos de individuos expuestos. Indudablemente también pueden, y de hecho lo hacen, afectar a otras especies animales, terrestres o marinas, al degradarse en la tierra o en el mar, valga el ejemplo de los microplásticos o el mercurio.

La contaminación por disruptores endocrinos es una contaminación invisible y todos la sufrimos de manera involuntaria. Nuestro entorno está lleno de ellos: nos rodean en la calle, el trabajo, la escuela y en el hogar. Están presentes en los alimentos y en el agua de consumo (en esta en forma de microplásticos, insecticidas, fungicidas y pesticidas), en los plásticos con los que se fabrican las botellas y multitud de utensilios de uso común, los productos de higiene personal, los productos de limpieza… En el caso del Bisfenol-A y los ftalatos, estas son sustancias utilizadas como aditivos en la fabricación de materiales plásticos que luego se utilizan en contacto con alimentos, como los envases, pudiendo pasar por contacto directo al alimento. En el caso de los parabenos, su riesgo reside en que son usados como conservantes de alimentos frente a la aparición de mohos, por lo que también entran en contacto directo con el alimento. Las dioxinas, también se usan para crear plásticos de uso alimentario y pesticidas, por lo que su vía de exposición con los alimentos consta de un abanico más amplio. El caso del mercurio es especialmente significativo en la contaminación del mar y por ende de determinadas especies marinas (atún fundamentalmente).

Varios estudios en España, europeos e internacionales, demuestran la presencia de numerosos compuestos químicos en la alimentación de mayores y niños, y por extensión de disruptores endocrinos (menú tóxico, Bioambient, Body Burden, Democophes, Denamic, etc.). Informes como el Global Chemical Outlook dan una idea aproximada del problema. Estos estudios han analizado las posibles transferencias de los citados disruptores (ftalatos y Bisfenol-A fundamentalmente) que forman parte de los aditivos incorporados al plástico, que toca y envuelve a los alimentos y al agua embotellada, dando como resultado que el 100 % de las botellas fabricadas en dicho material presentan actividad hormonal disruptiva. Mientras otros demuestran la presencia en el agua embotellada de elementos radiactivos como el polonio o el uranio cien veces superiores al agua del grifo. Otras investigaciones evidencian también la presencia de microplásticos en las muestras de agua analizadas. Una investigación realizada por Orb Media, una organización con sede en Washington, alertó que el 93 % de las botellas de plástico pueden contener una cantidad significativa de partículas de plástico microscópicas, sobre todo de polipropileno. Orb ya alertó en su día de la presencia, en menor cantidad, de estos microplásticos también en el agua embotellada en vidrio, y hasta en el agua del grifo. La citada organización, con la colaboración de científicos de la Universidad Estatal de Nueva York y de la Universidad de Minnesota, mantiene que dicha contaminación con fibras de plástico microscópicas está ya presente en todas las ciudades y pueblos de todo el mundo.

Y no es de extrañar: unos 8 millones de toneladas de plásticos acaban en los mares y océanos anualmente, formando el 60-80% de la basura marina en su mayoría en forma de microplásticos (fragmentos inferiores a 5 mm). Se estiman entre 5 y 50 billones de fragmentos microplásticos, sin incluir los trozos más grandes que hay en el fondo marino o en las playas. Es un problema global que está aumentando de forma alarmante. Cada segundo más de 200 kilos de plástico va a parar a los océanos (el 80 % proveniente de la actividad en tierra) de los cuales el 70 % se queda en el fondo marino, el 15 % en la columna de agua y el otro 15 % en la superficie, lo que da lugar a la aparición de auténticas islas de plástico en los mares. Cuando llega al mar el plástico se degrada fundamentalmente por la acción de los rayos ultravioletas, y el oleaje aumenta su fragmentación aunque su degradación es más lenta que en tierra.

El problema no es solo económico: pesca fantasma, afectación del sector turístico por la presencia de basura en el mar y aquellos costes que supone su limpieza (en la UE unos 630 millones de euros solo en la limpieza de costas y playas). El problema fundamental es de salud y medioambiental: de los 50 millones de envases que se ponen a diario en el mercado en España cada día, 30 millones (el 60%) se pierden y pasan a contaminar el entorno. Se estima que globalmente en 2020 se superarán los 500 millones de toneladas anuales, lo que supondría un 900% más que los niveles de 1990. La mayoría de disruptores que entran en su composición terminarán en nuestros organismos y en el de los animales, incluso en aquellos de consumo humano. Las consecuencias no tardaron en presentarse. Ya lo están haciendo.

Adrián Martínez

Médico

2 comentarios sobre “Plásticos, disruptores endocrinos y salud global”

  • Es de conciencia general el pensar en el bienestar y nuestra salud, pero ¿Alguna vez hemos reparado en el futuro que vamos a dejar a nuestros descendientes? Cada vez dejamos más contaminantes que van destruyendo nuestro ecosistema y a este ritmo las generaciones venideras sólo encontrarán un mundo artificial y sistético de residuos inorgánicos y contaminantes, deberíamos mentalizarnos en reparar este planeta para que nuestras generaciones puedan vivir y disfrutar de la naturaleza tal.como.la conocemos

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