QUE TRATA SOBRE POETAS DE LA INSURGENCIA (VII)

Raúl González Tuñón. Poetas de la Insurgencia

Noticia de un tierno poeta que renovó la poesía política en castellano cantando a marginados, prostitutas y ladrones y nos embriagó con la rubia cerveza de los pescadores que faenan en el Rhin sin dejar de ser uno de los militantes más activos del Partido Comunista Argentino (PCA)

A la militancia de UCE del país vasco a quienes propuse unos versos argentinos como consigna políticaRaúl González Tuñón (1905-74), periodista y poeta nacido en el barrio de Balvanera de Buenos Aires.

Destacado miembro de las vanguardias literarias de la época cosechó la admiración tanto de la intelectualidad progresista como de los llamados cantores del bajo y malandrinos de su barrio natal con los que tertuliaba en un galpón llamado El puchero misterioso.

La primera noticia que tuve de este autor fue de forma casual y militante como le ocurrió a buena parte de los que salimos del armario de la clandestinidad tras la Dictadura. Éramos felices e indocumentados y pudimos acceder a todo lo que nos habían prohibido sin temor a ser molestados por la policía política.

Baste esta digresión sobre los olvidados tiempos del tirano para decir que nuestra fórmula dilecta para acceder a la cultura era la poesía cantada pues nos permitía memorizarla y canturrearla al tiempo que tirábamos de vietnamita y nuestro músico de culto, que diría un cursi, era Paco Ibañez. A él le debo conocer los dulces y delicados versos de Raúl González Tuñón. En 1977 Paco Ibáñez, vuelto del exilio, nos sorprendió a todos con un disco de larga duración (de los llamados elepés, en vinilo) en el que había musicado a Pablo Neruda. Personalmente siempre he considerado los Veinte poemas de amor como unos ripios de tomo y lomo por muy Neruda que fuera su autor pero, ya digo, era de obligada compra al venir de la mano de Paco Ibáñez, nuestro Paco. La cara B de este elepé la ocupada un para nosotros desconocido Cuarteto Cedrón capitaneado por un tal Juan Tata Cedrón, compositor y vocalista. Abiertos como estábamos a todo lo novedoso nos embebimos e hicimos nuestros los términos en lunfardo que nos iba regalando el poeta argentino: chinas, malevos, orilleros, piberío, mamúa (borrachera), recalada… Y aprendimos que para obtener el título de ladrón era necesario saber silbar, bajarse de los coches en movimiento y bailar el vals. En lo primero podíamos tener un pase pero en lo segundo, y mucho menos en lo tercero, ni por asomo.Tampoco gastábamos gorra gris, bufanda oscura ni camiseta a rayas pues lucíamos trencas y anoraks, y, mucho menos, llevábamos linternas sordas en el bolsillo habiendo abandonado ya los botes de pintura roja para las pintadas.““Es necesario no asustarse de partir y volver, camaradas. Estamos en una encrucijada de caminos que parten y caminos que vuelven.””

Pero los ladrones de la Argentina de los años treinta nos resultaron simpáticos sobremanera cuando Raúl González Tuñón en la voz de Tata Cedrón nos contaba que desvalijaban a las viejas del asilo de las hermanas y dilapidaban su dinero con mujeres y malandrinos en tugurios y merenderos, o que para ver la vida color de rosa había que echar veinte centavos en la ranura. No coincidíamos con ellos en todo sino en parte -en lo de correrse parrandas en cuchitriles y tascas, sobra decirlo- por lo que podíamos llegar a fórmulas transaccionales con ellos. Crítico con el realismo socialista no buscaba en sus compañeras a Rosa Luxemburgo o Tania, la guerrillera, sino mujeres con brazos extendidos para los hombres de los puertos, es decir, prostitutas de los bajos fondos. En un verso de su obra La calle del agujero en la media (1930) había uno que me llamó la atención por su oscurantismo y que sólo con el tiempo logré entender su significado: “Tú crees todavía en la revolución”, máxime si la poesía estaba dedicada a una prostituta como he dicho. ¿Este “todavía” es escepticismo o renuncia pese a su militancia en el minoritario y para nosotros desconocido Partido Comunista Argentino? Pienso que no, como veremos luego.

La rubia cerveza del pescador

Triste y cordial como un legítimo argentino fue viajero inveterado y cultivó la amistad de Neruda, Miguel Hernández o García Lorca, entre otros muchos. Tras el estallido de la guerra civil española se trasladó con su esposa, la escritora antifascista Amparo Mom, a casa de Pablo Neruda y Delia del Carrill compartiendo casa los cuatro y fundando la sección chilena de la Alianza de Intelectuales Antifascistas para la Defensa de la Cultura surgida en España en 1937. Tras la Segunda Guerra Mundial se afincó con la bohemia parisina y siendo allí feliz como una rama de viento en primavera y con sueños iguales a los sueños que acarician de noche a los niños dormidos, según definición de uno de sus poemas. De entre sus letras más hermosos destacan Lluvia, de otro disco del Cuarteto Cedrón (Todo Raúl González Tuñón) y, del mismo disco, La cerveza del pescador Schiltigheim. Schiltigheim es un poblachón de Alsacia a orillas del Rhin que sin duda visitó y que le inspiró que la felicidad reside en algo tan sencillo como tomar una jarra de rubia cerveza en una feria de pueblo con un trozo de asado, una amistad tranquila, la mesa clara, el perro, el buen hablar y afuera, las verduleras de París chapoteando con los zuecos en la nieve. El fin perseguido por el poeta es que un día nos queden unos cuantos recuerdos (“decir, estuve, estuve en tal pasión, en tal recodo”), y dormir en un puerto un ocaso cualquiera. Es lo que el uruguayo Mario Beneditti dijo, con otros palabras, que la gente viva feliz aunque no tenga permiso. El prometido colofón de este poema es la consigna más revolucionaria que ha llegado a mis oídos en mi larga vida de subversión y malevaje político:

Para que bebamos la rubia cerveza del pescador de Schiltigheim es necesario no asustarse de partir y volver, camaradas. Estamos en una encrucijada de caminos que parten y caminos que vuelven.

En otras palabras, para que podemos charlar amigablemente sobre el futuro con una jarra de cerveza –es decir, que consigamos la anhelada libertad, igualdad y fraternidad y podamos por fin descansar- debemos emprender el camino pese a que nos equivoquemos una y mil veces y a que estemos condenados a cien años de soledad y derrotas. No debemos asustarnos de andar y desandar, compañeros. Así entendí y sigo entendiendo el “todavía” que en su juventud González Tuñón dedicó a una mujer que cosía el agujero de su media y que aún creía en la revolución.

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