EEUU asesina al general iraní Soleimani

Oriente Medio al borde de una gran guerra

Donald Trump lleva más de un año elevando la presión hacia Irán, alimentando una espiral de provocaciones y amagos agresivos que buscan forzar a Irán a negociar una nueva relación con la superpotencia en la que el régimen de los ayatolás agache la cabeza ante el poder de Washington. Pero la ejecución por parte del Pentágono del general Qasem Soleimani, comandante de la Fuerza Quds de los Guardianes de la Revolución de Irán cruza un rubicón demasiado grave para ser ignorado, colocando a todo Oriente Medio al borde de un estallido bélico de grandes dimensiones e imprevisibles consecuencias para la Paz Mundial.

Mediante un ataque con drones en el aeropuerto de Bagdad, la capital iraquí, y siguendo órdenes directas del presidente Donald Trump, el Pentágono ha hecho volar por los aires al convoy donde viajaba el general Qasem Soleimani, comandante de la fuerza de élite Al Quds de la Guardia Revolucionaria iraní, así como el «número dos» de s milicias chiíes iraquíes Multitud Popular, Abu Mahdi al Mohandes.

No se trata de cualquier general. Es -tras el Líder Supremo, Alí Jamenei, y el presidente de la República Islámica, Hasan Rohaní- la tercera figura del Estado iraní, el más poderoso militar del régimen de los ayatolás y el arquitecto de su inteligencia. Su ejecución supone un durísimo golpe a Teherán y un «casus belli» que los ayatolás no pueden simplemente ignorar o encajar. Jamenei ha prometido venganza, los sectores más duros de la teocracia iraní han tomado el control y han arrinconado a aquellos que -como Rohaní- buscan una vía diplomática y no bélica de escapar del insoportable cerco de Washington.

Nunca como hasta ahora la situación ha estado tan al borde de un estallido militar entre EEUU e Irán, una conflagración que tendría consecuencias imprevisibles ya que implicaría a todo el sistema de alianzas de uno y de otro en la región. Por la parte de EEUU, a los archienemigos de los chiíes iraníes: Israel, Arabia Saudí y su coalición sunní; por la parte iraní, a las milicias chiítas iraquíes, al Hezbollah libanés o al régimen sirio de Bachar Al Assad. No está clara la respuesta de otros dos importantes actores regionales: Rusia y Turquía, pero es seguro que no se quedarían de brazos cruzados. 

Un conflicto abierto entre EEUU e Irán tendría efectos devastadores sobre diferentes áreas de Oriente Medio -desde Irán, Irak o el Golfo Pérsico a Siria, Líbano o Palestina- y amenazaría inmediatamente con propagarse por Afganistán o Pakistán. 

Tanto Washington como Teherán emiten señales que indican que estamos al borde de un estallido. Israel ha elevado este viernes el estado de alerta de sus Fuerzas Armadas. Estados Unidos ha urgido a sus ciudadanos a abandonar Irak “inmediatamente”, y el Pentágono ha anunciado el envío de 3.500 soldados más a la región, que se suman a los 750 desplazados en los últimos días, para reforzar a los cerca de 5.200 efectivos que se encuentran regularmente destinados en Irak.

Y en Irán se multiplican los llamamientos a la venganza armada. Los sectores más duros del régimen -precisamente ligados al Ejército y la Guardia Revolucionaria- amenazan al ala más aperturista, partidaria de negociar con Washington. Las calles de varias ciudades iranís se han llenado de manifestantes en protesta por el asesinato, mientras las autoridades aprovechan para hacer llamamientos a la unidad tras la reciente represión de las revueltas contra la subida de la gasolina en el país, que sufre graves problemas económicos derivados del severo bloqueo económico estadounidense. La asistencia poco habitual de Jamenei a la reunión de emergencia del Consejo de Seguridad Nacional, indica que Teherán planea una respuesta contundente al magnicidio de Soleimani.

Jugar con dinamita en una zona tan explosiva pone en peligro la paz mundial, y ya está impactando de forma directa sobre una economía global ya aquejada de signos de recesión. El precio del crudo se ha disparado cerca de un 3% en los mercados ante la perspectiva de una escalada bélica. 

¿Guerra o negociación?

Según ha informado The New York Times, Soleimani llevaba ya muchos años en el centro de la diana del Pentágono. Pero tanto G.W.Bush como Barack Obama descartaron eliminarlo, sabiendo que su ejecución significaría prácticamente la declaración de guerra a Irán. 

Sin embargo, Donald Trump -que hace unos meses abortó personalmente un ataque con misiles sobre Irán cuando los proyectiles ya estaban en vuelo- ha decidido cruzar esta línea. 

¿Busca Trump una agresión directa -o incluso una guerra- hacia la República Islámica? ¿O es un error de cálculo en sus conocidas tácticas de negociación agresiva? Aún es pronto para descartar una cosa o la otra.

El asesinato de tan importante figura del régimen de los ayatolás es una provocación extremadamente agresiva, pero con la administración Trump las cosas no son como parecen.

El tuit que ha publicado Trump poco después del ataque se puede interpretar tanto como una amenaza… como un llamamiento a sentarse a negociar.  «Irán nunca ha ganado una guerra, pero nunca ha perdido una negociación», ha escrito. 

Y -no sabemos si cínicamente o no- el secretario de Estado Mike Pompeo ha querido remarcar a sus homólogos de Rusia, China, Reino Unido, Francia o Alemania -firmantes del Pacto Nuclear con Teherán- que «Estados Unidos sigue comprometido con la desescalada» de tensión en la zona.

El magnicidio de Soleimani es una auténtica declaración de guerra, pero un conflicto a gran escala con Irán -que podría incendiar todo Oriente Medio, en un momento en el que el poder norteamericano se resiente tras los fiascos de Afganistán, Irak y Siria- son palabras mayores.

Está razonablemente descartada una ofensiva militar del tipo de la invasión de Irak de 2003: Irán es un país más extenso, poblado y más fuerte militarmente que el de Saddam Hussein, y los EEUU de 2019 están mucho más sumidos en su declive estratégico como para pensar en una aventura de esas dimensiones. 

Hasta ahora -y a pesar de lo que puede parecer por sus maniobras incendiarias- Trump parece buscar más una negociación agresiva. Pretende arrodillar a Irán, una potencia regional cada vez más influyente en el tablero de Oriente Medio, en el plano económico, político y militar. Los halcones de la Casa Blanca buscan la capitulación de los ayatolás, y eventualmente un cambio de régimen. Que Teherán acepte un nuevo acuerdo nuclear en condiciones mucho más subordinadas ante las exigencias norteamericanas.

Pero desde luego, un estallido incontrolado de la tensión no es descartable. Ciertamente, EEUU lleva más de dos años tratando de ensamblar una suerte de «OTAN de Oriente Medio», una alianza entre Arabia Saudí y las petromonarquías sunníes -Emiratos Árabes- con Israel. Esas fuerzas, junto con los efectivos norteamericanos en la zona tienen capacidad más que suficiente para desencadenar un limitado -aunque extremadamente destructivo y contundente- castigo militar contra Teherán. Pero ¿que pasaría después?

Las actuaciones de la superpotencia norteamericana contra Irán ponen a la zona al borde del estallido de un conflicto de consecuencias y dimensiones imprevisibles. Trump pone en peligro no solo la precaria estabilidad de una zona tan explosiva como Oriente Medio, sino del conjunto de la paz mundial.

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