Ni pepinos ni soberaní­a

¿Qué tienen en común dos hechos aparentemente tan dispares como las negociaciones para un segundo plan de rescate a Grecia y la llamada “crisis del pepino”? Aunque de muy distinta naturaleza, su significado es común: la imposición polí­tica de los intereses alemanes por encima de cualquier otra cosa, incluso la soberaní­a de los paí­ses afectados.

El Financial Times, la Biblia de las bolsas euroeas, lo ha reconocido sin tapujos. Las negociaciones actuales para un segundo ‘rescate’ a Grecia “podrían llevar a una intervención exterior sin precedentes en la economía griega, incluyendo la participación internacional en la recaudación de impuestos y la privatización de activos estatales, a cambio de nuevos préstamos de rescate para Atenas”. Es decir, el pueblo griego (y por extensión el irlandés, el portugués o el español) tendrá que aceptar largos años de austeridad y empobrecimiento en aras de apuntalar el sistema bancario alemán (y el francés). Del mismo modo, los productores hortofrutícolas del sureste español tendrán que aguantar enormes pérdidas –no ya las de estas semanas, sino las futuras derivadas de la pérdida de cuota de mercado– por la negligencia (que difícilmente puede calificarse de inconsciente) de las autoridades políticas germanas. Que no sólo no están dispuestas a reconocer ningún error, sino que además cargan las irrisorias compensaciones a las empresas españolas a cuenta de la Unión Europea. Es decir, los contribuyentes españoles –y del resto del países de la UE– seremos los que acabemos pagando la factura provocada por la incompetencia alemana. Hablar de la crisis de los pepinos en estos términos –y más relacionarlo con el rescate de Grecia– puede parecer desmedido. Pero no lo es en absoluto. En apenas tres semanas, en los principales medios de comunicación alemanes han aparecido más de 25.000 artículos de prensa –sí, han leído bien, 25.000– tratando el asunto de la epidemia de E.coli relacionándola con los pepinos españoles. Y todos, sin excepción, apuntan en una misma dirección: la irresponsabilidad, la ineficacia, la falta de competitividad, de seriedad y de trabajo característico de las empresas y los trabajadores españoles como causa última de una epidemia que ya se ha llevado por delante la vida de 30 personas. Exactamente el mismo tipo de argumentos que se utilizan para justificar la intervención y las draconianas exigencias impuestas sobre Grecia. ¿Por qué los contribuyentes alemanes debemos pagar con nuestro dinero por la holgazanería y el despilfarro griegos? ¿Por qué la población alemana debemos pagar con nuestra salud por la irresponsabilidad y la ineficiencia española? Ese es el clima de opinión que, consciente y sistemáticamente, autoridades políticas y grandes medios de comunicación están creando. ¿Con qué objetivo? El hilo conductor que recorre dos acontecimientos que en principio no guardan ninguna relación entre sí es, sin embargo, el mismo. Lo que aparece tras él son los pasos efectivos que Berlín está dando en su proyecto de ‘anexionarse’ política y económicamente la llamada periferia europea, poniéndola al servicio de sus intereses. Todas las clases reaccionarias saben que para tomar el poder, primero han de crear un clima de opinión favorable a sus intereses y proyectos. La burguesía monopolista alemana está creando un clima de opinión plagado de mentiras y falsedades a través de las cuales trata de presentar a los países periféricos –los llamados PIGS– como un conjunto de países indisciplinados, poco trabajadores, despilfarradores y que pretenden vivir por encima de sus posibilidades a costa de esquilmar a sus hacendosos socios del norte de Europa. Dos vías, un resultado Desde su implantación, el euro ha sido una moneda que, pese a denominarse ‘única’ y ser la misma para todos los miembros, en realidad siempre ha tenido un doble valor. Para Alemania, el euro, en relación a su antigua divisa, el marco, es una moneda infravalorada de forma sistemática. De lo cual se ha beneficiado enormemente haciendo a su industria mucho mas competitiva y a sus productos mucho más baratos para los consumidores europeos de lo que lo hubieran sido de haber continuado con el marco. El euro ha abierto las puertas a que el 60% de la producción alemana pudiera exportarse al mercado único. Lo que a su vez generó una balanza comercial extraordinariamente excedentaria, lo que permitió a la industria alemana acumular grandes excedentes de capital, que fueron posteriormente transferidos a sus bancos. A los bancos alemanes, entonces, se les presentó la tarea de encontrar inversiones rentables donde colocar todo este capital excedente. Grecia y España tenían, entretanto, el problema opuesto. Para ellos, adoptar el euro fue cambiar a una moneda altamente sobrevaluada respecto a sus divisas anteriores, el dracma o la peseta. Al dispararse el valor relativo de la moneda, su competitividad se desplomó. Con una moneda sobrevaluada y como miembros de un mercado único europeo, Grecia o España se vieron entre la espada y la pared: no podían competir con un centro europeo poseedor de una alta tecnología intensiva en capital (es decir, Alemania), pero tampoco con una periferia global de baja tecnología y mano de obra intensiva (como por ejemplo China, India o Brasil). Los caminos seguidos para enfrentar este problema por parte de las clases dominantes de Grecia y España fueron muy distintos, aunque sus resultados finales no difieren demasiado. El Gobierno griego empezó a acumular un gran déficit presupuestario año tras año (aunque no por un exceso de gastos sociales: el gasto público griego en relación al PIB está en realidad por debajo de la media de la UE y es menor que en Alemania). Con el fin de financiar este déficit, Grecia se dedicó a vender bonos de deuda a los inversores extranjeros, las agencias de calificación les concedían la máxima solvencia, y gracias a ellos el Estado griego pudo endeudarse sin límites y los bancos europeos obtener una buena ganancia por la compra de la deuda soberana griega. El caso de España es ligeramente distinto. El mecanismo fue idéntico, pero en este caso no se trató de que el Estado se endeudara hasta el cuello. Este trabajo correspondió a la banca española, que tomó prestado de bancos alemanes y franceses las enormes cantidades de capital que precisaba para expandir una enorme burbuja inmobiliaria que le producía, a base de endeudar ellos a su vez a empresas y familias, beneficios milmillonarios año tras año. El mercado y la moneda única hicieron su trabajo: Grecia y España necesitaban excedentes de dinero, y los bancos europeos necesitaban deshacerse de ellos. Grecia y España se convirtieron en una especie de “adictos a la deuda”, en una caso pública, en el otro, privada. Los paganos de la crisis A pesar de que esta es una relación que no habría podido mantenerse sin la activa participación de ambas partes, ahora se pretende que las culpas y las consecuencias de la crisis recaigan sólo sobre los hombros de griegos o españoles. Merkel y los medios de comunicación y académicos alemanes, atacan con saña a Grecia y a España, al conjunto de los PIGS, de tener un estado de bienestar “excesivo”, presentando este hecho como raíz de la crisis. Y añaden a eso una acusación más persistente aún –y que linda abiertamente con el racismo–: que griegos, españoles o portugueses somos simplemente demasiado perezosos. Y que gracias a los trabajadores alemanes, pese a trabajar menos que ellos disfrutamos de mayores privilegios. No hace ni dos semanas que la canciller alemana, Angela Merkel, instó a la población del sur de Europa a “trabajar más”. Quieren hacer creer que la crisis de la eurozona está causada por perezosos trabajadores del sur de Europa que se pasan el día sentados al sol. Las mismas estadísticas de la UE echan por tierra todas estas mentiras. El pueblo griego es el que más horas trabaja, más que ningún otro pueblo europeo (43,1 horas por semana frente a 35,7 en Alemania). Los trabajadores españoles son los que más tarde se jubilan en la UE (62,3 años en España, frente a 62,1 en Alemania o 60,3 en Francia). En ambos países el salario mínimo y el salario medio de sus trabajadores está entre un 50 y un 33% del que disfrutan sus colegas alemanes. Los gastos sociales per cápita en sanidad, educación, dependencia o servicios sociales en Alemania o Francia son muy superiores a los de España y Grecia. Pero estas mentiras, por supuesto, sirven a un objetivo mucho mayor. Desplazando la culpa a griegos, españoles, portugueses o irlandeses se intenta distraer al mundo del verdadero problema real al que se enfrenta Europa, y en particular Francia y Alemania, en este momento: la insolvencia de sus bancos. Debido a las ingentes inversiones, de muy alta rentabilidad, que hicieron durante la expansión de la zona euro, los bancos alemanes y franceses están sentados sobre activos tóxicos por valor de cientos de miles de millones de euros, al igual que lo están los bancos españoles e irlandeses. Sólo que a diferencia de estos, los activos tóxicos de la banca franco-alemana no son sobrevaloradas hipotecas, sino sobrevalorados bonos de deuda estatal y préstamos privados a bancos y empresas del sur de Europa. En este sentido, la quiebra de la deuda soberana griega –y no digamos ya la española– puede hacer estallar por los aires a unos bancos instalados en una inestabilidad cercana a la insolvencia. No es extraño por ello que el Banco Central Europeo dijera hace unos días que la quiebra de Grecia sería peor para la zona euro que la caida de Lehman Brothers. Lo que Merkel y sus compinches del BCE y la Comisión Europea están haciendo, en realidad, es tratar de salvar desesperadamente a sus propios bancos, hundiendo a Grecia, España, Irlanda o Portugal en el infierno de un empobrecimiento sin precedentes con el único fin de salvar el pago del principal y los intereses de sus bancos. Y para proceder a este auténtico saqueo de la periferia europea, Berlín –con el apoyo y la colaboración de París– está anexando ‘pacíficamente’ a Grecia, Irlanda, Portugal y España, esencialmente poniendo la economía de estos países bajo su tutela directa. La deuda pública y el euro Las normas internacionales obligan a los bancos a acumular unas reservas de capital que estén en proporción con los riesgos que asumen cuando invierten los ahorros de sus depositantes. Sin embargo, hay una excepción a esta regla general. Cuando un banco presta dinero a su propio Estado no está obligado a proveerse de reservas, ya que se da por sentado que la deuda del Estado no entraña ningún riesgo. Puesto que el gobierno, que paga con su propia moneda, siempre puede ordenar a su Banco Central que acuñe la suficiente moneda como para pagar a sus acreedores. Los países que adoptaron el euro, sin embargo, ya no pueden recurrir a ello. Porque están endeudándose en lo que podríamos denominar en sentido amplio como una divisa ‘extranjera’. O, en sentido estricto, en una divisa sobre la que ya no poseen el poder de controlarla individualmente. Mucho más si, como ocurre en la zona euro, el instituto emisor de moneda (el Banco Central Europeo) sigue las directrices y vela principalmente por el interés de dos de sus 17 miembros: Alemania y Francia. Al crearse la zona euro cualquier banco perteneciente a ella pudo acumular toda la deuda pública (y todo el riesgo correspondiente) de cualquier Estado que quisiera, sin tener que proveer ningún capital suplementario. Como consecuencia, los bancos de la zona euro son propietarios de una tercera parte de toda la deuda pública de la Unión Europea, que actualmente ronda los 9 billones de euros. Y es precisamente esa ingente concentración de deuda pública en los balances de los bancos –principalmente alemanes, franceses, y suizos– lo que vuelve a todo el sistema bancario europeo tan vulnerable a cualquier suspensión de pagos de la deuda soberana de un país de la zona euro. En concreto, los bancos griegos poseen hoy más deuda estatal que capital tienen. La suspensión de pagos de la deuda estatal griega provocaría la quiebra inmediata del sistema bancario griego. Pero sus consecuencias no se detendrían aquí. Porque la quiebra de los bancos griegos significaría, a su vez, el impago de la deuda privada que éstos mantienen con sus acreedores. Y sólo a Francia, Alemania y Suiza la banca helena debe más de 180.000 millones de euros, según el Banco de Pagos Internacionales de Basilea (una especie de Banco Central de Bancos Centrales) Evitar a toda costa esta secuencia de acontecimientos que conducen a bancos franceses, suizos y alemanes a encontrarse con un agujero de deudas incobrables por valor de 180.000 millones de euros es, en realidad, el objetivo último del plan de rescate y del brutal empobrecimiento al que Berlín y París están condenando al pueblo griego.

Deja una respuesta