Mucho más que precariedad

Desde el comienzo de la crisis, con su consecuente destrucción de puestos de trabajo y, últimamente, a raíz de la triunfalista propaganda sobre la creación de estos, siempre oímos hablar, y con razón, de que el empleo que se crea no es de calidad, que los contratos son de corta duración, la remuneración baja, en resumen, que se trata de empleo precario.

Pero hay otro elemento que, pese a estar ante los ojos de todos, queda oculto en los discursos hasta el punto de que parece no existir, aunque afecta a muchas personas de diversos colectivos. Se trata de la mayor carga de trabajo que ha recaído desde hace años sobre el reducido número de trabajadores que se han quedado en las diferentes empresas tras la crisis. Conservaron el empleo, pero están pagando por su privilegio.

Porque más tarea (la de los compañeros ausentes) hecha con menos gente no solo significa más horas por trabajador, sino, y este es el elemento verdaderamente diferenciador, representa sobre todo más carga de trabajo por cada hora, una productividad forzosamente incrementada.

Esto se produce sobre todo en pequeñas y medianas empresa, en la práctica las más desprotegidas sindicalmente, y más en unas ocupaciones que en otras.

Sobre el papel puede verse con bastante claridad en el sector turístico, y aquí sí que los números cantan. Si, como se publicó no hace ni dos meses, en la Comunidad de Madrid hay 37.000 ocupados menos en ese sector que hace ocho años, pero la región acaba de batir su récord de visitas, es evidente que el trabajo está saliendo adelante con personal insuficiente, a base de horas de los que se han quedado y con su esfuerzo individual, no mensurable con baremos objetivos y por tanto difícilmente detectable. Desde luego no remunerado.

Habría que hablar con las personas implicadas para saber qué ha supuesto en su desempeño contar con tantos compañeros menos ante una avalancha turística que en todas las ciudades no deja de crecer.

Esta, llamémosle explotación oculta, o sobreexplotación estructural, carece en efecto de indicadores regulados, pero cualquiera de nosotros la puede ver.“Esta explotación oculta o sobreexplotación estructural está a la vista de todos. La podemos ver en la hostelería, la limpieza, los supermercados, las peluquerías, el pequeño transporte…”

En la hostelería, con camareros y camareras agotados, desbordados, agobiados, sobre todo en los lugares con más turismo, pero también en la parte que no suele quedar a la vista, como el trabajo en las cocinas. En una gran mayoría de sitios de España a menudo con condiciones infrahumanas y con pocas manos, si no únicamente con las de la familia.

Últimamente se ha hablado bastante de la situación de las camareras de piso de los hoteles, con sueldos de miseria y largas jornadas de trabajo, un prolongado horario obligado si con lo poco que cobran por habitación quieren sumar una cantidad mínimamente decente. Pero para ello no basta con trabajar muchas horas, sino que esas horas deben cundir al máximo. En cada una hay que limpiar el mayor número de habitaciones posible para que salga a cuenta. No es de extrañar que esas mujeres se quejen de su cansancio y de sus dolores de espalda. Por cierto, ¿desde cuándo un trabajador con relación laboral, es decir, contratado para realizar una tarea en una empresa, gana su sueldo según la modalidad del destajo? ¿A tanto por habitación? ¿En serio?

Pero no creo que las así llamadas “kellys” estén cobrando menos que otras personas dedicadas a la limpieza en general, sea de casas particulares, aeropuertos, oficinas, empresas, etc. Con horarios a menudo nocturnos o de madrugada, y con plantillas asimismo cada vez más reducidas para los mismos metros cuadrados.

También las cajeras de supermercado deben acabar el día bastante agotadas (digo cajeras porque, aunque hay algún hombre, la mayoría son mujeres), teniendo en cuenta que desde hace ya años lo mismo cobran la compra en la caja que reponen producto en las estanterías que atienden la charcutería o la verdulería o bien limpian, combinando todas las tareas y a menudo pasando de una a otra al galope.

Antes, en esos mismos supermercados, unos carteles sobre las cajas nos decían que si se formaba demasiada cola se solicitase abrir otra caja. Esos carteles hoy han desaparecido de todas partes.

Y lo mismo rige para cualquier tienda de comida, sea de congelados, panaderías, que a menudo son también cafeterías, con empleados panaderos-camareros, pero también ferreterías, tiendas de ropa, tiendas de telefonía móvil, bancos con una sola ventanilla para atender a los clientes y un largo etcétera.

Y relacionados con los comercios de abastecimiento están los pequeños transportistas, que descargan corriendo sus productos, los colocan en carretillas y recorren casi a la carrera el tramo desde el lugar de carga y descarga hasta su destino, donde sueltan sus cajas y vuelven al vehículo a la misma velocidad para seguir su periplo. Porque ellos también han perdido compañeros y, por tanto, su zona de reparto se ha ampliado, y en las mismas horas tienen que cubrirla toda.“Si los sindicatos no se dan cuenta de que el mercado laboral no solo se precariza, sino que está derivando hacia la esclavitud, es que algo falla en las organizaciones sindicales”

El caso de las peluquerías roza la esclavitud. Se despidió a personal durante la crisis, cuando bajó la afluencia de clientes, y ahora que estos han vuelto y la carga de trabajo se incrementa, el número de empleados sigue invariable, con lo que tienen el tiempo más que cronometrado. Desayunan y comen en una trastienda, a salto de mata, de manera que su horario se convierte en la práctica en continuado, de 9:30 o 10:00 hasta las 19:00 o 20:00 de la tarde, una larga jornada durante la cual atienden a dos o tres clientes a la vez.

Los problemas de los diferentes autónomos son por todos conocidos y bien sabemos que a menudo son la gente más desprotegida del mercado laboral, que ni siquiera cuentan con los mismos derechos que el resto de trabajadores y que, qué duda le cabe a nadie, pasan muchísimas horas produciendo, pero constituirían un capítulo aparte, igual que los trabajadores de la sanidad pública y las fuerzas del orden, que por lo visto adolecen de una falta de personal endémica.

Los que se han mencionado son solo unos pocos ejemplos. Pueden parecer anecdóticos, pero no lo son, y seguramente cada uno de ustedes podría añadir algunos según su experiencia y observaciones personales. No son anecdóticos porque, aunque no conformen una masa crítica agrupada en un lugar, de manera dispersa suponen muchas personas, empleados que llevan tiempo trabajando por encima, no solo del sueldo que perciben, sino de su capacidad física.

Si los sindicatos no pueden ocuparse de estas situaciones, si no se dan cuenta de que el mercado laboral no solo se precariza, sino que está derivando hacia la esclavitud, si no se intentan establecer unidades de medida y de observación que permitan detectar la calidad del trabajo de mucha gente en España y que para tener ese trabajo están vendiendo toda su fuerza productiva en forma de horas, pero también su energía y probablemente su salud, es que algo falla en las organizaciones sindicales.“La Inspección de Trabajo… debería ser la primera en velar por que la avaricia y las malas prácticas empresariales no sigan convirtiendo la vida de mucha gente en un infierno agotador”

Sea por autocomplacencia, dejadez o incompetencia (¿quizá también porque están subvencionados y eso los hace acomodaticios?) es evidente que estas organizaciones sindicales no ven ese ángulo ciego donde un importante segmento productivo permanece desprotegido, pero siempre cabe decir que son organizaciones que trabajan para sus afiliados, que no tienen por qué percibir las tendencias de la sociedad ni convertirse en guardianes de las buenas prácticas laborales. Podrían decirlo, y tal vez con razón, aunque por mi parte estaría en total desacuerdo con esa manera de lavarse las manos.

Pero sí hay un organismo al que no se le puede perdonar que no actúe. Ya no en lugar de los sindicatos, sino motu proprio, por su propia naturaleza, porque para eso existe, y este es la Inspección de Trabajo. ¿La qué? Sí, la Inspección de Trabajo, esa instancia dependiente del Ministerio de Trabajo que, una vez tras otra y un año tras otro, hace dejación de absolutamente todas sus funciones, hasta el punto de que nadie cuenta ya con ella y para muchos es prácticamente un ente fantasma.

Y sin embargo se sostiene con los impuestos de todos y tendría que estar a nuestro servicio. No solo porque la financiamos, sino porque es uno de los mecanismos de defensa de los que las sociedades democráticas se dotan colectiva e institucionalmente y debería ser la primera en velar por que la avaricia y las malas prácticas empresariales no sigan convirtiendo la vida de mucha gente en un infierno agotador.

Carme López Mercader nació y vive en Barcelona. Licenciada en económicas, desarrolla su actividad profesional como editora en la editorial Reino de Redonda.

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