México: Una gran oportunidad

Las elecciones presidenciales del 1 de julio en México se han convertido ya por derecho propio en una gran oportunidad, no solo de cambiar el destino de México y dejar atrás políticas que han llevado al país a límites intolerables de violencia, pobreza y corrupción, sino también de frenar el avance de la contrarrevolución en América Latina. México podría levantar el 1 de julio un muro contra la política de Trump en Hispanoamérica.

J. Albacete

A solo una semana de las votaciones (escribo esto el domingo 24 de junio), son muchos los analistas que consideran las elecciones del 1 de julio como las más trascendentales de la historia del México reciente. Incluso podrían tener un alcance de mayor calado que las que el año 2000 acabaron con 70 años de dominio del PRI. Y ello, porque la sociedad ha alcanzado ya tales niveles de repudio a la violencia (en 2017 se batió el récord de muertas violentas, y en 2018 aún será peor), de rechazo a la pobreza (tras la presidencia de Peña Nieto, uno de cada tres trabajadores no logra mantenerse con lo que gana) y de hastío hacia la corrupción, que a los mexicanos ya no les basta con un simple cambio de rostro gobernante, sino que exigen un cambio profundo, incluso un cambio de régimen.

Eso es lo que revelan todos los sondeos, casi por unanimidad y como un verdadero clamor. A siete días de las elecciones, la ventaja de Andrés Manuel López Obrador (el candidato de la izquierda) en las encuestas no deja de crecer y, al menos sobre el papel, se antoja ya incuestionable. El tres veces candidato a la presidencia (que fue derrotado en su día, primero por Calderón y luego por Peña Nieto) roza en estos momentos el 50% de los votos; y ha aumentado su ventaja hasta 23 puntos sobre Ricardo Anaya (el candidato de la derecha), que rondaría el 27%, mientras que José Antonio Meade (del PRI) se quedaría con alrededor del 20%, a más de treinta puntos. El resultado se intuye tan claro y rotundo que, más que en el nombre del vencedor, la campaña de López Obrador ha pasado a centrarse ya en intentar de que su victoria se traduzca también en un respaldo mayoritario a su partido, Morena (Movimiento de Regeneración Nacional) y a la coalición de partidos que le apoya.

La contundencia de estos datos, que se refuerza cada vez que nos acercamos a la fecha de los comicios, revela no solo el rechazo y hastío de los mexicanos hacia los candidatos de dos partidos que en los últimos años han agravado los problemas del país, sino también la apuesta decidida de la sociedad por un cambio rotundo.

Si la presidencia de Calderón (PAN) dejó al país como herencia una guerra inacabada y mortífera, los seis años de Peña Nieto y el retorno del PRI han agravado todos los males: la violencia, la corrupción, la impunidad, la pobreza y la sensación de que el país está a merced de EEUU y de las políticas de Trump. Peña Nieto se ha marchado de la presidencia con el repudio del 80% de la población, lo que lastra las perspectivas del actual candidato del PRI, que aunque ni siquiera es del partido, sí fue su ministro de Hacienda. La anunciada catástrofe del PRI podría acabar sumiendo en una crisis muy grave al que durante siete décadas fue “el amo de México”. Y también suena ruido de cuchillos en la derecha (el PAN), después de que su innovador candidato haya fracasado en su intendo de promover una incierta coalición con los restos del PRD (el antiguo partido de López Obrador) y el Movimiento Ciudadano, con fuerte presencia en Jalisco.

Frente a todos estos intentos de “renovarle” la cara a los partidos tradicionales, la mayoría de la sociedad parece decidida, ahora sí, a darle la oportunidad a López Obrador para cambiar el país: para imponer la honradez y acabar con la corrupción, para frenar la violencia policial y estatal y la de los cárteles, para cambiar un modelo económico que mantiene a un tercio del país en la pobreza extrema, y para recuperar la soberanía nacional y plantar cara a la política de Trump, tanto en el Norte de América como en todo el continente. Esas son las demandas populares que podrían acabar provocando el 1 de julio un cambio real en México y darle una bofetada internacional en pleno rostro a Trump.

Pero… si ahora mismo cualquier pronóstico puede fallar (falló en el Brexit, falló en la elección de Trump….), ese factor se incrementa mucho en el caso de México, donde la maquinaria electoral está perfectamente engrasada… para el fraude. El propio López Obrador lo sufrió ya en sus carnes en la contienda de 2006, que acabó aupando a la victoria a Calderón. Entonces López Obrador exigió el recuento de los votos, movilizando en la ciudad de México a millones de manifestantes en su apoyo. Aunque la enorme diferencia actual hace poco viable eso hoy, pero nada se puede desechar de antemano.

En todo caso, la victoria del 1 de julio no garantizará por sí solo el cambio. López Obrador no ha sido hasta ahora muy explícito sobre cómo piensa afrontar los gravísimos problemas de México y es una incógnita qué puede suponer su coalición con el ultraconservador y evangélico Encuentro Social. Pero su elección abrirá, sin duda, una gran oportunidad al pueblo mexicano para cambiar las cosas.

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