EUROPA EN LA ENCRUCIJADA

Merkel tira la toalla

Ángela Merkel anunció a finales de octubre pasado que no volverá a presentarse a la reelección ni como líder de su partido ni como canciller de Alemania. La decisión parece fruto de los sucesivos reveses electores que tanto la CDU como los partidos que respaldan su gobierno han sufrido de forma sucesiva en Baviera y en Hesse. Pero, por su trascendencia, es inevitable tener en cuenta otros factores.

Ángela Merkel, la canciller alemana que ha dominado la vida política de su país y de Europa en los 18 años que ha estado al frente de la CDU y trece al frente de la cancillería, anunció su doble renuncia en una fría rueda prensa en Berlín, al día siguiente de que las elecciones en el estado federado de Hesse certificaran la debacle que ya se ha había anunciado semanas atrás en Baviera. La CDU perdió 11 puntos de golpe y solo salvará el gobierno de Hesse si pacta con los Verdes; y la socialdemocracia, su socio en el gobierno de Berlín, obtuvo su peor resultado desde 1946. Sumando los votos de los dos partidos apenas superaron el 40%, cuando en el pasado llegaron a tener el 80%. Merkel asumió que los malos resultados electorales no eran fruto de los candidatos locales, sino del desgaste y la mala imagen del gobierno de coalición en Berlín, enzarzado una y otra vez en disensiones y conflictos. “La imagen de la gran coalición es inaceptable”, afirmó Merkel.

En los pocos meses que lleva en activo, el gobierno alemán ha vivido dos grandes crisis. La primera, con motivo de la política migratoria. Y la segunda, tras la destitución del jefe de los servicios secretos, con la cuestión migratoria también de fondo. En ambas, un protagonista esencial ha sido el polémico líder de la CSU bávara y ministro del Interior, Horst Seehofer, cuya hostilidad hacia Ángela Merkel y su política migratoria siempre ha sido manifiesta. En el trasfondo de estas divergencias laten cuestiones mayores de la política alemana.

La decisión de Ángela Merkel de dar acogida a un millón de sirios, tras la crisis humanitaria de 2016, se ha ido convirtiendo en el talón de Aquiles que erosiona día a día a una canciller que, con la fortaleza de la economía alemana y el liderazgo alcanzado por Alemania en Europa, debería estar en estos momentos en la cresta de la ola. Los grandes réditos que su gestión le ha reportado a su país, tanco económica como políticamente, deberían haber apuntalado su liderazgo indiscutido y deberían garantizarle el poder necesario para afrontar los nuevos retos a que Alemania y Europa se enfrentan hoy (la hostilidad de Trump, las amenazas de Putin, la competencia de China, el Brexit, el auge de los populismos de extrema derecha…), pero la nueva situación creada por la ola migratoria y, especialmente, por el uso que determinadas fuerzas hacen de esa supuesta “invasión de Europa” y el eco que ello empieza a tener, tanto entre unas poblaciones castigadas por la reciente crisis, como entre sectores de las propias clases dominantes europeas, alentadas además por el viento huracanado que viene de Washington, impulsado por la administración Trump, han hecho que, en poco tiempo, lo que parecía una viga maestra absolutamente sólida, se tambalee de forma ostensible y evidencie una inquietante fragilidad.

La aparición y rápida consolidación de una nueva fuerza política (Alternativa por Alemania) que, con un discurso xenófobo y de derecha extrema, ha logrado en estos dos últimos años entrar en los parlamentos de todos los lands y plantarse con 85 diputados en el Bundestag, ha alterado de golpe toda la política alemana. Utilizando la política migratoria como arma de gran calado, ha conseguido erigirse en la tercera fuerza política, rompiendo todos los equilibrios anteriores y empujando a los sectores más conservadores de la democracia cristiana a bascular hacia sus posturas demagógicas, para evitar perder una parte de su electorado. Así, ha conseguido que se desaten ya dos grandes crisis en el seno de la coalición de gobierno, que a punto han estado de tumbarla, y que son el testimonio de la nueva correlación de fuerzas y de la inestabilidad que se ha adueñado del país.

En muy poco tiempo, Ángela Merkel ha pasado de líder incombustible, a la que nadie podía toser, a una figura cuestionada, incluso impopular y con un liderazgo frágil. Liderazgo, además, que ya no está apuntalado desde EEUU, como en los tiempos de Obama, sino, por el contrario, sacudido y vapuleado por Trump, que se ha convertido en el adversario exterior número uno de la canciller. Verla fuera de la cancillería de Berlín sería una de las grandes alegrías para Trump.

Consciente de que esos son los vientos que corren, y con vistas a intentar salvar en lo posible su legado, Merkel anunció días pasado su doble renuncia. En diciembre dejará la jefatura del partido, la CDU, que ostenta desde 2000. Y en 2021, cuando se agote su mandato, no se presentará y abandonará la política. Tira, pues, la toalla… pero aspira a organizar una transición controlada.

Por lo que respecta a la elección del nuevo líder de la CDU, las dos líneas del partido irán posiblemente a un choque frontal. La sucesora favorita de Merkel es la actual secretaria general del partido, Annegret Kramp-Karrenbauer, que continuaría su línea moderada. Frente a ella está el exjefe del grupo parlamentario, Friedrich Merz, del ala más conservadora, que se retiró de la primera línea de la política con la llegada de Merkel, pero que ahora ha vuelto para capitanear un giro a la derecha de la CDU. Si la lucha entre ambos amenazara con romper el partido, podría aparecer la figura del exministro de Finanzas, Wolfgang Schauble, para equilibrar la situación y preservar la unidad.

Ángela Merkel ha anunciado su marcha de forma diferida, pero no lo ha hecho por propia voluntad, sino presionada por las circunstancias. Y esta debilidad hace peligrar su deseo de que la sucesión esté bajo su control y asegure la continuidad de su política. A Merkel podría ocurrirle lo que a Rajoy tras su desalojo de la Moncloa: que su candidata pierda el control del partido. Y que ello acabe acelerando la descomposición de su gobierno. Si la línea de Merkel pierde el control de la CDU en el congreso de diciembre, su continuidad al frente del gobierno alemán hasta 2021 sería más que dudosa.

¿Qué consecuencias tendría ello para Alemania y para Europa? Ángela Merkel ha sido una canciller que ha fortalecido muy notablemente el poderío económico de la burguesía monopolista alemana y ha conquistado para Alemania el liderazgo indiscutible en Europa. En los años de la crisis, Merkel actuó como un auténtico virrey de Obama en Europa, imponiendo la política imperial de recortes, austeridad y saqueo del sur. Puso fin al eje franco-alemán, para gobernar Europa de forma exclusiva. Esas políticas beneficiaron enormemente a Alemania, que salió de la crisis casi indemne, mientras el resto de Europa tiritaba.

Pero al mismo tiempo, Merkel se ha ido erigiendo en un valladar frente a las nuevas corrientes populistas, que pretenden imponer políticas migratorias regidas por la xenofobia y quieren acabar con la UE. Frente a esas tentaciones de dinamitar Europa y volver a los nacionalismos del pasado, Merkel ha defendido la integración europea. Frente a las políticas xenófobas, se ha erigido en defensora de políticas migratorias más abiertas y que respeten los derechos humanos. En cierta forma, en los últimos tiempos, Merkel era vista ya en muchos lugares de Europa como un dique frente a la deriva antidemocrática, autoritaria, militarista, xenófoba y ultranacionalista… que impulsa Trump.

¿Ha caído ese dique? ¿Es inevitable el desbordamiento y la inundación? Es un disparate pensar que un solo líder, por poderoso que sea, pueda parar él solo una deriva así. Pero no deja de ser un síntoma de los tiempos que corren. El anuncio de la retirada de Merkel es, de algún modo, el anuncio de que entramos en un nuevo periodo. Un periodo en que las huestes “trumpianas” van a intentar tomar el poder en Europa, capitaneadas por los Salvini, Le Pen, Orban y compañía.

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