Los resultados de la estrategia de Puigdemont

Más pasos hacia atrás que saltos adelante

Algunos hechos recientes, como la negativa de la justicia alemana a extraditar a Puigdemont por rebelión, o el golpe dado en el PDeCAT por los sectores independentistas más agresivos, pueden ofrecernos una imagen distorsionada de la realidad, según la cual los partidarios de la fragmentación han pasado otra vez a la ofensiva recuperando el terreno perdido

Visto de conjunto, lo que los hechos nos dicen es exactamente lo contrario. Los círculos nucleados en torno a Puigdemont maniobran, despliegan iniciativas y aprovechan sus oportunidades. No han dejado de ser un peligro y pueden seguir causando daño. Pero sus “trincheras”, incluso cuando parece que lanzan furiosas ofensivas, están mucho más atrás que hace unos meses.

Las condiciones políticas, tanto en Cataluña como en la política española, siguen siendo, y los hechos lo demuestran, más favorables para la defensa de la unidad y más desfavorables para los que se empeñan en mantener la división y el enfrentamiento.

Protección internacional, resistencias internas

La decisión del tribunal alemán de Schleswig-Holstein, cerrando definitivamente la puerta a la extradición a España de Puigdemont por el delito de rebelión, traspasa el terreno jurídico y entra de lleno en la política.

Extralimitándose en sus funciones, el tribunal germano ha entrado a valorar el fondo del caso para, desde una instancia regional, la audiencia de un land, enmendar la plana a la máxima autoridad judicial española, el Supremo.

Al limitar el caso a la malversación se convertía una investigación contra los nódulos políticos de “un proyecto que buscaba la ruptura con el Estado” en un simple caso de corrupción.

A la actuación del tribunal alemán se le suman las trabas impuestas por la justicia belga, que invalidó la euroorden dictada contra tres exconsellers fugados por un “defecto de forma”.

Cuando estaban en una situación de máxima dificultad (recuérdese el mensaje de Puigdemont a Comín: “el plan Moncloa triunfa. Esto se ha acabado”) los círculos independentistas más agresivos han recibido protección internacional. No hay centros de poder globales interesados en que la fragmentación de España se consume, pero sí en proteger a los Puigdemont de turno para evitar que sean barridos, manteniendo así abierto un conflicto catalán que utilizan como ariete contra nuestro país.

Pero España no es una república bananera. Una cosa es aceptar el corsé de reducción del déficit impuesto desde Bruselas, y otra transigir con que desde el exterior se hurgue en algo tan sensible como la unidad territorial.

Con el apoyo del Supremo, el juez Llarena se ha negado a aceptar una entrega de Puigdemont limitada a la malversación, retirando todas las euroórdenes -también las que afectaban a los exconsellers fugados- y evitando interponer recurso ante el Tribunal de Luxemburgo, la máxima instancia judicial de la UE.

Lejos de suponer “la aceptación de la derrota”, es un acto de fuerza de la justicia española. Puigdemont podrá circular libremente por Europa, pero no podrá pisar suelo español en décadas. Y la causa por rebelión contra los políticos presos en España no se verá afectada.

Pero, sobre todo, el Supremo lanza el claro mensaje de que no va a aceptar que una instancia extranjera imponga cómo debe juzgarse en España un caso que afecta a la misma integridad territorial.

El mundo independentista: más enfrentado, más dividido

La asamblea del PDeCAT, que iba a limitarse a discusiones programáticas, ha concluido con un golpe interno de los sectores afines a Puigdemont.

Se ha provocado la dimisión de la coordinadora general, Marta Pascal (que admitió retirarse por “no tener la confianza de Puigdemont”), y trazado una hoja de ruta que conduzca a la disolución del PDeCAT en la “Crida Nacional per la República”, la nueva plataforma que el expresident pretende convertir en la casa común del independentismo.

En realidad este golpe de mano, presentado solo como expresión de la fuerza de los seguidores de Puigdemont, revela también importantes debilidades.

Si se ha lanzado una ofensiva interna en el PDeCAT es porque su dirección no comulgaba con el camino propugnado por el expresident desde Berlín. El conflicto estalló con la votación de la moción de censura que llevó a Pedro Sánchez a la Moncloa. Contraviniendo las indicaciones de Puigdemont, la cúpula del PDeCAT impuso el sí.

Aunque ha conseguido cambiar la dirección del partido, la asamblea del PDeCAT no ha sido un paseo triunfal para Puigdemont. La nueva cúpula, hegemonizada por los partidarios de Puigdemont, solo recibió el apoyo del 65% de los votos, y el 30% se pronunció explícitamente en contra. La propuesta de incluir la vía unilateral en los estatutos se impuso por un margen muy estrecho, con casi la mitad de los votos en contra. Mientras la enmienda que pedía instaurar la república catalana”de manera inmediata” fue cambiada por el indefinido “lo antes posible”.

Parece que Puigdemont encuentra serias resistencias incluso en el seno del PDeCAT, lo que se convierte en abierta confrontación en su relación con ERC.

Las desavenencias estallaron cuando la dirección de ERC se negó a aceptar la propuesta presentada por Junts per Catalunya en el parlament, que buscaba excluir a Puigdemont de la suspensión temporal del acta de diputado exigida por el Supremo.

Cada vez más sectores del independentismo se niegan a seguir la estrategia de Puigdemont, resumida por un periódico catalán bajo la fórmula de “tensionar, tensionar y tensionar”.

Su problema sigue estando en Cataluña

Tres encuestas se han publicado en los últimos días sobre la intención de voto en Cataluña. Sus resultados deben valorarse con cautela, pero desde ámbitos diversos (los dos principales diarios catalanes, La Vanguardia y El Periódico, y el Centre d´Estudis d´Opinió, el CIS catalán bajo control de la Generalitat) sí coinciden en marcar una tendencia.

ERC subiría, de 32 escaños a entre 35 y 37. Mientras Junts per Catalunya, la formación identificada con Puigdemont, bajaría de 34 diputados a una horquilla entre 26 y 29. Los votos a los partidos independentistas seguirían estando por debajo del 50% de los sufragios emitidos. Y la popularidad de la figura de Puigdemont registra, en todos los casos, un descenso notable. Para el CEO, Puigdemont estaría, según la nota dada por los encuestados, por detrás de Oriol Junqueras, el más valorado, de Pere Aragonés, también de ERC, de Carles Riera, de la CUP, y incluso por debajo de Xavier Domènech, de En Comú Podem.

Hace muy pocos días se publicó otro sondeo, en el que una inmensa mayoría de catalanes, el 62%, abogaba por “conseguir un mayor autogobierno”, mientras que los que apostaban por la independencia quedaban reducidos al 21,5%, uno de cada cinco.

Esta es la realidad social, no en Madrid sino en Barcelona, que supone el mayor problema para los Puigdemont y Torra. Incluso dentro del campo independentista aumentan quienes rechazan el camino de “enfrentamiento con España” representado por Puigdemont.

Por mucha protección internacional que pueda recibir, aunque dispongan de capacidad de intervención en importantes instituciones, como el PDeCAT, u ostenten la presidencia de la Generalitat, la vía unilateral o un enfrentamiento abierto con el Estado es hoy inviable.

Quien impone estos límites es el avance de la mayoría progresista, en Cataluña y en el resto de España.

El propio Torra, a pesar de su indudable independentismo, se ha visto obligado a dar sonoros pasos atrás, “limpiando” el govern de presos y fugados, recibiendo al Rey en Tarragona o acudiendo a Moncloa a negociar con Sánchez sobre inversiones.

La situación está todavía abierta. Es previsible que asistamos en otoño, con la celebración del juicio a los políticos independentistas presos, a nuevos momentos de tensión. Pero visto de conjunto, existe hoy una situación más favorable para la defensa de la unidad, mientras que los círculos más agresivos de la fragmentación, aunque alcancen victorias parciales, enfrentan mayores problemas.

Un comentario sobre “Más pasos hacia atrás que saltos adelante”

  • Esa supuesta “inmensa mayoría” que reclama “mayor autogobierno” debería reclamarlo para España entera, presa de los poderes internos que limitan nuestra soberanía nacional a través de la cooptación de un Estado hoy y ayer en manos de las élites regionales.

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