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Los paí­ses en desarrollo protestan por el retraso en la reforma del FMI

¿Podrá Estados Unidos seguir dando consejos a países que atraviesen problemas después de esta crisis con su política fiscal? La pregunta, planteada este viernes en la rueda de prensa posterior a la reunión del G-20, refleja la sensibilidad creciente entre las nuevas potencias de que definitivamente ha llegado su turno, de que no hay argumentos para aplazar más un lugar más preeminente en los grandes órganos de decisión económica mundial. Los países emergentes se han reivindicado esta semana en Washington como la “fuerza motriz de la economía global”, pese a la rebaja de crecimiento previsto, y han lanzado una dura crítica al Fondo Monetario Internacional (FMI) por demorar el reparto de la influencia de una forma más proporcional a su aportación a la economía.

El G-24, el grupo que reúne a las grandes economías en desarrollo, cargó este viernes contra el Fondo no haber aprobado todavía la reforma del sistema de cuotas que les daría más peso y la reunión de los ministros del G-20 y los banqueros centrales reforzó este mensaje al confirmar su “compromiso” en el marco de la decimoquinta revisión general de cuotas.

El acuerdo para establecer un nuevo equilibrio de poder —que necesariamente se saldará con menos presencia para EE UU y para Europa— debía haberse cerrado hace justo un año. Esa fecha límite luego se pospuso a enero de 2013 sin éxito, tras lo cual la directora gerente, Christine Lagarde, lo aplazó de nuevo para el próximo enero al no contar aún con el voto de Estados Unidos, imprescindible para sacar adelante la reforma. El debate se arrastra desde hace tiempo.

“Lamentamos profundamente que la fecha tope de octubre de 2012 para que entrara en vigor la cuota y reforma de gobierno de 2010 y que no haya acuerdo sobre una nueva fórmula de cuotas”, señala el G-24 en el comunicado tras su reunión, en el marco de la asamblea anual del FMI. “Urgimos a los países a cumplir con su compromiso de implantar expeditivamente la reforma”, añade el texto.

Para el G-24, las cuotas deben revisarse cuanto antes para reforzar la representación de los países en vías de desarrollo. Ya en 2007, cuando comenzaron algunas restricciones de liquidez en los mercados financieros internacionales, las nuevas potencias sacaron pecho para resaltar que los grandes del grupo —China o Brasil— apenas se habían visto afectados por ello y reclamar al Fondo que sometiera a los países ricos a la misma vigilancia que a los pobres.

El grupo reitera además una reclamación antigua, una tercera silla para los países subsaharianos en el comité ejecutivo del organismo, pero siempre que no sea a costa de los emergentes.

La evolución de esta nueva potencia, no obstante, sigue estrechamente ligada a lo que ocurre en EE UU. El G-20 se pronunció con contundencia al reclamar que la primera potencia del mundo “actúe urgentemente para solucionar la incertidumbre fiscal de corto plazo”.

El país lleva casi dos semanas con media Administración cerrada por falta de presupuesto, debido a la falta de acuerdo político para elevar el techo de la deuda y, si la situación se prolonga hasta el 17 de octubre, EE UU podría proceder a una suerte de impago selectivo.

El G-20 asume que —aunque algunos problemas como el paro “inaceptablemente elevado” se mantienen—, la economía mundial afronta “una posible transición a una normalización de la política monetaria, es decir, que los bancos centrales, empezado por la Reserva Federal, empezarán a retirar sus fuertes estímulos. Así que “la volatilidad de los capitales será un reto importante”, de modo que recalcan: “Nos aseguraremos que los cambios de política monetaria serán cuidadosamente calibrados y comunicados”.

El comunicado del G-24 lanzó una crítica velada a la Reserva Federal al advertir de la mayor volatilidad sufrida en los mercados por las indicaciones sobre el repliegue de las inyecciones monetarias. “Pedimos a las economías avanzadas que sean conscientes de los efectos negativos y que comuniquen con claridad sus estrategias de salida”. También el economista jefe del FMI, Olivier Blanchard, señaló que la comunicación era un problema nueva al que ahora se enfrentaba la Fed.

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