Las miserias del capitalismo español

“La operación, más allá del negocio que ha supuesto para los accionistas de Tuenti, pone de relieve las debilidades de la empresa española, donde las grandes corporaciones liquidan chequera en mano proyectos innovadores nacidos para ser una alternativa al viejo oligopolio empresarial.”

La venta de Tuenti refleja la falta de aire fresco en el caitalismo español, en el que apenas media docena de empresas (Santander, BBVA, Telefónica, Iberdrola o Repsol) copan el 90% del Ibex 35, lo que convierte al selectivo español en un coto cerrado. Escasamente representativo de lo que un día se llamó nueva economía y que hoy se vincula a la sociedad de la información. Los viejos oligopolios (gas, teléfonos o electricidad) -junto a los servicios financieros- continúan dominando el mercado bursátil tras el derrumbe del ‘ladrillo’. Y hoy los grandes empresarios de este país -los que verdaderamente mandan- caben en un taxi. (EL CONFIDENCIAL) EL MUNDO.- El presidente Zapatero dice que la convivencia lingüística funciona razonablemente bien en España y que así va a comunicárselo al Departamento de Estado norteamericano. Yo estoy de acuerdo. La convivencia funciona bien porque el catalán apenas es un acento del castellano (y viceversa) y la inmersión lingüística tiene poca importancia técnica. No hay ejemplos significativos de estudiantes que abandonen las aulas sin conocer bien el castellano o el catalán. Los alumnos salen desconociendo los dos idiomas por igual. PÚBLICO.- The War Logs –un archivo de documentos militares clasificados que abarcan seis años de la guerra de Afganistán, subidos a internet por la organización Wikileaks– relatan la enconada lucha, cada día más encarnizada, desde la perspectiva de Estados Unidos. Para los afganos, se trata de un horror creciente. Aunque son valiosos, The War Logs pueden contribuir a alimentar la desafortunada creencia de que las guerras son un error sólo si no son exitosas –algo parecido a lo que los nazis sintieron después de Stalingrado–. Opinión. El Confidencial La venta de Twenti o las miserias del capitalismo español Carlos Sánchez Hace poco más de dos años, Rubén J. Lapetra, responsable de Cotizalia, escribía lo que sigue sobre un prodigio llamado Tuenti, por entonces, en los albores de su éxito. “Es un fenómeno. Tuenti, una pequeña star-up española con 18 meses de vida, surca a toda velocidad hacia el firmamento de Internet. Sus creadores son rabiosamente jóvenes: tuentitantos años. Han pasado la travesía del desierto y saborean las mieles de un éxito emergente, sin precedentes en España. Zaryn Dentzel, Félix Ruiz, Joaquín Ayuso y Adeyemi Ajao han sido los cuatro padres fundadores de un proyecto estrella financiado bajo el modelo family & friends (parientes y amigos)…” Como se sabe, Tuenti acaba de ser vendida a Telefónica por una cantidad no revelada oficialmente, pero que podría rondar los 70 millones de euros. En todo caso, una cifra verdaderamente elevada. La operación, más allá del negocio que ha supuesto para los accionistas de Tuenti, pone de relieve las debilidades de la empresa española, donde las grandes corporaciones liquidan chequera en mano proyectos innovadores nacidos para ser una alternativa al viejo oligopolio empresarial. Salvando las distancias, la compra de Tuenti por Telefónica (como otras que se han producido en los últimos años) viene a ser como si Bill Gates hubiera hecho caja con Microsoft nada más empezar a crear valor la compañía de Seattle. O si Steve Jobs hubiera vendido Apple a la vieja AT&T para comprarse una mansión en Palo Alto. O si los fundadores de Google hubieran sucumbido ante una oferta tentadora de General Motors. La venta de Tuenti refleja la falta de aire fresco en el capitalismo español, en el que apenas media docena de empresas (Santander, BBVA, Telefónica, Iberdrola o Repsol) copan el 90% del Ibex 35, lo que convierte al selectivo español en un coto cerrado. Escasamente representativo de lo que un día se llamó nueva economía y que hoy se vincula a la sociedad de la información. Los viejos oligopolios (gas, teléfonos o electricidad) -junto a los servicios financieros- continúan dominando el mercado bursátil tras el derrumbe del ‘ladrillo’. Y hoy los grandes empresarios de este país -los que verdaderamente mandan- caben en un taxi. Ni siquiera el llamado ‘capitalismo popular’ ha servido para dar oxígeno al sistema. El fiasco del ‘capitalismo popular’ Las grandes privatizaciones de los 80 y 90, que se vendieron para ‘democratizar’ el capital de las grandes compañías se bate en retirada. Si en 1998 -en el momento álgido de las privatizaciones- las familias controlaban el 35% de la propiedad de las acciones bursátiles, en 2009 ese porcentaje se ha desplomado hasta el 21,1%. ¿La causa? La irrupción de grandes conglomerados de servicios, que se han hecho con los títulos que un día puso a la venta el Estado, con todo lo que ello supone de control de la economía por parte de sectores claramente oligopolistas. Capaces de sustituir al sector público, pero ajenos a la democratización del poder dentro las empresas. Un dato. En 1993, el 16,4% de los títulos estaba en manos de las administraciones, pero hoy sólo el 0,3% tiene que ver con el sector público. El paso atrás que ha dado el Estado -algo más que necesario- no ha sido ocupado por las familias y los pequeños inversores, sino por las grandes corporaciones y los no residentes, que en este último caso acaparan ya el 40% de los títulos cotizados. Se trata de un fenómeno preocupante que pone de manifiesto la incapacidad de la economía española para crecer al margen de las grandes corporaciones, lo que tiene indudables efectos sobre el empleo. Un país que mata a los semilleros de la innovación y de la creatividad a las primeras de cambio tirando de chequera tiene un problema, y eso es lo que está sucediendo en España desde hace al menos dos décadas. Los gobiernos han preferido apostar por las grandes multinacionales antes que respaldar pequeños proyectos que normalmente mueren ahogados por problemas de financiación. Lo más sorprendente, sin embargo, es que este fenómeno se ha producido en un país que ha realizado en los últimos años un gigantesco proceso de descentralización administrativa, lo que en principio hubiera debido facilitar el nacimiento de un nuevo tejido empresarial vinculado al territorio. No ha sido así y las empresas tienden a concentrarse en torno a las grandes corporaciones, cuya musculatura financiera es capaz de acallar cualquier tentación secesionista. Es evidente que la existencia de grandes multinacionales españolas en el exterior es necesaria, pero esta realidad ha ocultado los problemas de internacionalización de la empresa española, en particular las más innovadoras. Algo que explica el gigantesco déficit comercial. Cuando la ‘Armada’ española aterrizó en Latinoamérica en los años 80, se daba por hecho que su presencia estimularía el comercio con la región. Pero lo cierto es que los portaviones no han llevado a su alrededor a una flotilla de pequeñas y medianas empresas, y por eso España tuvo el año pasado un déficit comercial con Latinoamérica cercano a los 3.000 millones de euros. No sólo eso, excluyendo Argentina, Brasil y México, el año pasado las exportaciones españolas al subcontinente americano apenas superaron los 306 millones de euros, una cantidad verdaderamente ridícula para una de las zonas de mayor crecimiento del mundo. Y todo ello pese a que compañías españolas controlan servicios públicos esenciales. A la luz de esta experiencia parece razonable pensar que un país no sólo puede presumir de grandes multinacionales que navegan como pez en el aire alrededor de los antiguos monopolios públicos, sino que hay que proteger a los nuevos semilleros de empleo. Que si nada lo remedia acabarán por convertirse en una dirección general de una gran multinacional, por muy española que sea. EL CONFIDENCIAL. 11-8-2010 Opinión. El Mundo Inmersión A. Espada El presidente Zapatero dice que la convivencia lingüística funciona razonablemente bien en España y que así va a comunicárselo al Departamento de Estado norteamericano. Yo estoy de acuerdo. La convivencia funciona bien porque el catalán apenas es un acento del castellano (y viceversa) y la inmersión lingüística tiene poca importancia técnica. No hay ejemplos significativos de estudiantes que abandonen las aulas sin conocer bien el castellano o el catalán. Los alumnos salen desconociendo los dos idiomas por igual. Y lo mismo pasaría (y es algo que los nacionalistas olvidan con frecuencia) si no hubiera inmersión lingüística, pero se exigiera académicamente el conocimiento de las dos lenguas. La inmersión lingüística, en el caso concreto catalán, no influye sobre el conocimiento lingüístico y mucho menos sobre el aprendizaje. Sólo es la forma en que los nacionalistas marcan territorio, política y fisiológicamente hablando. Esto se ve con nitidez cuando se recuerda que los nacionalistas catalanes consideran la lengua un signo de identidad. Siguiendo su lógica deberían aceptar que para muchos españoles que viven en Cataluña la lengua es también eso mismo. Y que, en consecuencia, no quieren ver su identidad arrebatada en el aula o en sus comercios. Pero, naturalmente, no hay aquí el menor correlato lógico: lo que pretenden los nacionalistas es que su signo de identidad prevalezca sobre el de los otros, desde su convencimiento de que tienen más derechos que los otros. La defensa de los derechos lingüisticos del castellano en Cataluña se ha decantado ingenuamente por las cuestiones sentimentales o técnicas, cuando la reivindicación debía haber sido política. De perro a perro para decirlo con un ladrido. El problema del presidente Zapatero es que no puede replicar al Gobierno norteamericano diciendo que no se preocupe nadie, que al fin y al cabo se trata de dos dialectos muy pegadizos. Porque el Gobierno norteamericano, que observa con la objetividad que suele procurar la lejanía, lo que ve es un entramado sorprendente de leyes que impiden que un ciudadano de un estado europeo pueda escoger como lengua de la enseñanza de sus hijos la única lengua oficial (¡y koiné!) de todo ese Estado. El entramado, además, no es el resultado de una decisión política circunstancial, fácilmente revisable: el Tribunal Supremo y el Constitucional han dictaminado repetidamente, y mucho antes del nuevo Estatuto, la legalidad del modelo lingüístico catalán. Lo único que en realidad puede hacer el presidente ante el Departamento de Estado es reconocer que el nacionalismo supone una merma de calidad de la democracia española. Una opacidad y una corrupción. Un poder fáctico. EL MUNDO. 11-8-2010 Opinión. Público Ecos de Vietnam en la guerra de Afganistán Noam Chomsky The War Logs –un archivo de documentos militares clasificados que abarcan seis años de la guerra de Afganistán, subidos a internet por la organización Wikileaks– relatan la enconada lucha, cada día más encarnizada, desde la perspectiva de Estados Unidos. Para los afganos, se trata de un horror creciente. Aunque son valiosos, The War Logs pueden contribuir a alimentar la desafortunada creencia de que las guerras son un error sólo si no son exitosas –algo parecido a lo que los nazis sintieron después de Stalingrado–. El mes pasado asistimos al bochornoso retiro del general Stanley A. McChrystal, reemplazado como comandante de las fuerzas de EEUU en Afganistán por su superior, el general David H. Petraeus. Una consecuencia probable de ello será el relajamiento de las normas de combate, de manera que matar civiles resulte más fácil, y una prolongación de la duración de la guerra a medida que Petraeus emplee su influencia en el Congreso para lograr este resultado. Afganistán es la principal guerra en curso del presidente Obama. La meta oficial es protegernos de Al Qaeda, una organización virtual sin base específica –una “red de redes” y una “resistencia sin líderes”, como se denomina en la literatura profesional–. Ahora, aún más que antes, Al Qaeda consiste en facciones relativamente independientes y asociadas laxamente alrededor del mundo. La CIA calcula que puede haber entre 50 y 100 activistas de Al Qaeda en Afganistán, y nada indica que los talibanes deseen repetir el error de ofrecer refugio a Al Qaeda. Al parecer, los talibanes están bien establecidos en su vasto y arduo territorio, una gran parte de los territorios pastún. En febrero, en el primer ejercicio de la nueva estrategia de Obama, los marines estadounidenses conquistaron Marja, un distrito menor de la provincia de Helmand, principal centro de la insurgencia. Una vez allí, según informó Richard A. Oppel Jr., de The New York Times, “Los marines se han encontrado con una identidad talibán tan dominante que parece una organización política en un pueblo de partido único, con una influencia que abarca a todos…”. “Tenemos que reevaluar nuestra definición de la palabra enemigo”, afirma el general Larry Nicholson, comandante de la brigada expedicionaria de marines en la provincia de Helmand. “Aquí, la mayoría de la gente se identifica como talibán… Tenemos que reajustar nuestra manera de pensar de forma que no tratemos de expulsar a los talibanes de Marja, sino a los verdaderos enemigos”. Los marines se están enfrentando a un problema que siempre ha acosado a los conquistadores, y que es muy familiar para EEUU desde Vietnam. En 1969, Douglas Pike, experto en Vietnam del Gobierno de EEUU, se lamentaba de que el enemigo –el Frente de Liberación Nacional (FLN)– “era el único partido político con una adhesión generalizada en Vietnam del Sur’’. Según reconoció Pike, cualquier esfuerzo por competir políticamente con ese enemigo sería como afrontar un conflicto entre una sardina y una ballena. En consecuencia, debíamos superar la fuerza política del FLN recurriendo a nuestra ventaja comparativa, la violencia, con resultados terribles. Otros se han enfrentado a problemas similares: por ejemplo, los rusos en Afganistán durante los años ochenta, cuando ganaron todas las batallas pero perdieron la guerra. Sobre otra invasión estadounidense –Filipinas, en 1989– Bruce Cumings, historiador especializado en Asia de la Universidad de Chicago, hizo una observación aplicable hoy a la situación de Afganistán: “Cuando un marino ve que su ruta es desastrosa cambia de rumbo, pero los ejércitos imperiales hunden sus botas en arenas movedizas y siguen marchando, aunque sea en círculos, mientras los políticos adornan el libro de frases de los ideales estadounidenses”. Después del triunfo de Marja, se esperaba que las fuerzas lideradas por EEUU atacaran la importante ciudad de Kandahar, donde, según una encuesta del ejército estadounidense, la operación militar es rechazada por el 95% de la población y cinco de cada seis consideran a los talibanes como “nuestros hermanos afganos” –una vez más, ecos de conquistas previas–. Los planes sobre Kandahar fueron postergados, en parte debido a la salida de McChristal. Dadas estas circunstancias, no es de extrañar que las autoridades de EEUU estén preocupadas por que el apoyo popular a la guerra en Afganistán se erosione aún más. El pasado mayo, Wikileaks dio a conocer un informe de la CIA sobre de cómo mantener el apoyo de Europa a la guerra: el subtítulo decía: “Por qué contar con la apatía quizá no sea suficiente”. Según señala dicho informe, “El perfil bajo de la misión de Afganistán ha permitido a los líderes franceses y alemanes desoír la oposición popular y aumentar gradualmente su contribución de tropas a la Fuerza de Asistencia a la Seguridad Internacional (ISAF)”. “Berlín y París se mantienen en tercer y cuarto puesto en número de tropas de la ISAF, pese a la oposición del 80% de los encuestados alemanes y franceses a mayores envíos de fuerzas”. Es necesario, en consecuencia, “disimular los mensajes” para “impedir, o al menos contener, una reacción negativa”. Este informe debe recordarnos que los estados tienen un enemigo interno: su propia población, que debe ser controlada cuando la política estatal encuentra oposición entre el pueblo. Las sociedades democráticas no dependen de la fuerza sino de la propaganda, manipulando el consenso mediante “una ilusión necesaria” y una “sobresimplificación emocionalmente poderosa”, por citar al filósofo favorito de Obama, Reinhold Niebuhr. Así que la batalla para controlar al enemigo interno sigue siendo altamente pertinente. De hecho, el futuro de la guerra en Afganistán puede depender de ella. PÚBLICO. 8-8-2010

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