Montserrat Caballé

La Voz se abrió paso

Hablar de Monserrat Caballé es hablar de una de las grandes voces del siglo XX, quizá la más universal de las cantantes españolas, pero también de la historia de la ópera, de las luces y sombras del mundo operístico, y una invitación a reflexionar sobre el papel y la vigencia del arte lírico en nuestra cultura.

A juzgar por los grandes titulares, parece que la ópera fuera a veces un asunto de rencillas entre cantantes, de divas o divos, de proezas virtuosísticas, o del récord de minutos que duraron las más largas ovaciones en tal o cual templo de la lírica. Pero lo cierto es que la ópera, el teatro musical por antonomasia, la combinación de drama y música que nació en la Florencia del Siglo XVI inspirada por la tragedia griega y que conoció su primer esplendor con Claudio Monteverdi, ha sido desde su nacimiento hasta nuestros días la forma más elaborada y ambiciosa de contar historias, manifestación de “arte total” y terreno privilegiado de encuentro y experimentación de las diferentes disciplinas artísticas.

Un instrumento tan formidable de comunicación, siempre necesitado de cuantiosos medios materiales y humanos para desarrollarse, que durante mucho tiempo fue el escaparate con el que príncipes y reyes competían por demostrar su influencia cultural y su poder político. A principios del siglo XVIII la fiebre se extendía por toda Europa y “nunca antes ni después ha habido tantos gobernantes que dedicaran tal cantidad de tiempo y dinero al fomento de la ópera y a construir teatros de la mayor magnificencia posible.” (El triunfo de la música. Tim Blanning)

Aunque salvando las distancias, la función social y cultural de la ópera, con sus vicios y virtudes, ha prevalecido en cierta medida hasta la actualidad. Más allá de la accesibilidad y difusión audiovisual de que disponemos hoy, el mundo operístico mantiene el gusto por los grandes coliseos, la distinción social, el divismo, la excesiva querencia por cierto repertorio… Y aunque, obviamente, el arte contemporáneo ha hecho su incursión a lo largo del siglo XX y la afición a la ópera se ha socializado enormemente, las viejas tradiciones siguen pesando.

Pero el arte siempre se abre paso. El artista auténtico siempre encuentra el modo se colarse por las rendijas, más allá de las instituciones y las exigencias culturales de cada época, e incluso de sus propias intenciones, para alumbrar lo desconocido y perdurar. La Pasión según San Mateo fluye hoy, liberada del culto luterano y de la propia historia bíblica, como un espejo del dolor y el amor humanos, por obra y gracia del genio de Bach. El encargo regio de retratar a Margarita de Austria, la hija de Felipe IV, fue sólo el pretexto para que Velázquez nos legara con Las Meninas una nueva concepción de la pintura.

La voz de Monserrat Caballé también se abrió paso, en su caso, en el contradictorio mundo de la ópera de la segunda mitad del siglo XX, un ecosistema artístico complejo, lleno de herencias y tópicos de todo tipo, tan bello como lleno de trampas, y encontró una manera genuina de manifestarse en el plano estético, así como un infrecuente equilibrio ético en el plano personal y social.

Construir un estilo vocal

Hay artistas que inventan y artistas que desarrollan lo inventado. La Caballé pertenece a los primeros, a los que crean un lenguaje singular que no existía. La soprano se inventó un estilo vocal totalmente inconfundible, que precisamente por su condición inédita conseguía lo más difícil, devolvernos un repertorio operístico muy conocido como algo nuevo, recién estrenado. Sin duda, como para cualquier cantante, el punto de partida eran sus dotes naturales. Pero tener una buena voz es una promesa potencial que sólo se cumple con un largo proceso de construcción consciente. Monserrat Caballé buscó desde su sensibilidad delicada, apolínea, exquisitamente detallista, (muy diferente, por ejemplo, de la carnalidad temperamental y dionisíaca de María Callas) una técnica vocal diferenciada de sus contemporáneas, que le permitiera controlar su voz de una manera completa, especialmente en las situaciones musicales de mayor dificultad. Y efectivamente lo consiguió de una forma asombrosa, nunca oída. La dulzura y plasticidad naturales de su timbre tuvieron, entre otras, ciertas “marcas de la casa”: un sutil manejo de las oscilaciones dinámicas, sus prodigiosos filatos en pianísimo (manteniendo un sonido muy agudo con un hilo de voz), su canto sfumato (que le permitía graduar y cerrar un sonido al borde del silencio) o su increíble fiato (podía cantar durante medio minuto sin tomar aire)… Estos recursos técnicos, junto a otros, que la soprano trabajó y perfeccionó incansablemente durante años, le dieron una capacidad de fraseo melódico, de expresión musical y de precisión interpretativa que admiraron siempre a sus colegas de profesión. Fue la singularidad de este estilo vocal la que le abrió las puertas de los teatros de todo el mundo y el que ha concitado su homenaje unánime ante la noticia de su fallecimiento.

Aunque La Caballé protagonizó más de 80 papeles operísticos, lo cual es una barbaridad para cualquier cantante, según la crítica su voz se reveló especialmente idónea para la ópera italiana del XIX: Bellini, Donizetti, Verdi, Puccini… Aunque también cantó a otros muchos autores (especialmente son apreciados sus papeles en las óperas de Richard Strauss) cuantitativa y cualitativamente sobresalen sus actuaciones y grabaciones del repertorio italiano. Y es aquí donde quizá su aportación específica a la historia de la ópera y de la música brille con luz propia.

Hay que recordar que la ópera italiana del siglo XIX fue una época privilegiada en la relación entre arte y sociedad. La Norma de Bellini, en la que Monserrat Caballé se muestra insuperable, fue en su estreno en 1831 todo un manifiesto político contra la opresión del Imperio Austrohúngaro. El género operístico se convirtió en un fenómeno cultural de carácter nacional en el que participaba toda la sociedad y un emblema político por la independencia del país. Como es sabido, Verdi, al que tanto interpretó nuestra artista, se convirtió en un héroe popular cuya música se canturreaba por las calles de toda Italia. Un idilio entre la alta cultura y el pueblo que la soprano tuvo como uno de sus ideales y al que trató de servir dentro de sus posibilidades.

El papel del intérprete

En la historia de la ópera sobran anécdotas sobre las quejas de los compositores acerca de los caprichos de la “prima donna”. El divismo se instauró como norma cuando la aristocracia del Antiguo Régimen iba al teatro para aplaudir a sus cantantes favoritas mientras alternaba con sus intrigas palaciegas. El argumento de la obra y la música eran lo de menos. Aunque las cosas cambian ciertos tics no desaparecen y los grandes cantantes del siglo XX han tenido que lidiar con el problema: servir al compositor o servirse a sí mismos. Caballé también se distinguió en este aspecto y se manifestó de forma clara. En 1994 declaraba en una entrevista:

“No me siento una diva. En mi caso lo único que he hecho es hacer bien mi trabajo, al más alto nivel, tratando de servir a la música lo mejor que he podido y de dar al público la voz con la que nací. Me sorprende mucho que hoy en día no se ame al compositor y a la creación que ha hecho, porque gracias a él estás en un escenario. Hay quien prefiere el lucimiento personal, o solo piensa en el éxito propio. Mucha gente va al teatro no a ver La bohème de Puccini, sino a ver determinado cantante haciendo esa ópera, y te hablan de la voz, de la puesta en escena, pero no de Puccini, que es el verdadero genio, el que hace posible que tú cantes una música maravillosa. Y lo que tienes que hacer es no traicionarlo y transmitir lo mejor posible el mensaje escrito en la partitura”.

Caballé era muy consciente de que el valor de la ópera no reside en la adulación del mensajero sino en la fuerza del mensaje, en señalar la actualidad de las historias, la belleza de la música con que son narradas, y en su capacidad de seguir descubriéndonos nuestro presente. El divismo suplanta al arte, cultiva un público subordinado al halago y hurta a la sociedad su capacidad para nutrirse críticamente de la cultura.

Por otra parte, esta actitud de fidelidad al compositor que caracterizó la ética de Caballé también marcó su estilo vocal y su personalidad artística. La entrega honesta con que encaraba la partitura, la autoexigencia en lograr la máxima precisión en su ejecución, su profesionalidad en la preparación de cada obra, le granjearon el respeto y la admiración unánime de todos los directores con los que trabajó.

El director italiano Ricardo Mutti declaraba estos días: “Montserrat no ha sido solamente una de las grandes de la historia del canto, sino también una gran profesional. Conmigo siempre trabajó con una dedicación muy poco habitual”.

Fidelidad a los orígenes

En muchas entrevistas Caballé hablaba con orgullo de sus orígenes humildes, de cómo después de la guerra la familia fue desahuciada de su vivienda, de cómo su formación musical se desarrolló gracias a la ayuda de diferentes personas que creyeron en su talento. Amaba la música, pero también quería cantar para prosperar y dar una vida mejor a los suyos. Esta etapa en que nada estaba asegurado y había que trabajar duro se formó su carácter y su ética personal y artística. La humildad y la modestia, la disciplina y la voluntad de hierro con que abordó su formación, sus primeros papeles, y que mantuvo siempre en el desarrollo de su carrera, le permitieron defenderse lo mejor que supo de los peligros de la celebridad intentando ser fiel a sí misma, y aceptando que ella podía competir en voz pero no tanto en las dotes de actriz o de ideal físico que se exige a las cantantes actuales.

La fidelidad con su tierra fue otra constante de su trayectoria. Como buena barcelonesa, el regreso periódico a su ciudad era una necesidad artística y vital. Por más que recorriera el mundo varias veces recibiendo todo tipo de homenajes, el Teatro del Liceu, en cuyo conservatorio dio sus primeros pasos, fue siempre su casa y sus cerca de 200 actuaciones en éste a lo largo de medio siglo tuvieron siempre una significación especial, siendo para ella, como solía decir, motivo de una autoexigencia mayor.

Presencia social

Sus acercamientos al pop, tan controvertidos en el mundo operístico, fueron fruto más que del cálculo comercial (le sobraban premios y distinciones) de un concepto de su oficio ajeno al purismo, de su curiosidad por explorar otros contextos y también de su personalidad abierta y afable, propensa a dejarse llevar por la empatía con las personas; y aunque en realidad esta faceta es anecdótica respecto al verdadero desarrollo de su arte, sin duda supusieron, especialmente la colaboración con Freddie Mecury que derivó en el himno olímpico de Barcelona, una difusión enorme de su figura a nivel social y popular, no sólo en nuestro país sino en todo el mundo.

Otro aspecto que le granjeó amplias simpatías fue su compromiso público con diferentes causas humanitarias, bien diferenciadas de la simple beneficencia, y cuya dedicación le fue reconocida con el nombramiento en Paris en 1994 como embajadora de buena voluntad de la Unesco. En aquella ocasión declaró: “espero contribuir a la causa de la paz con mi música y mi capacidad para generar ayuda a países como Ruanda, la ex-Yugoslavia o Guatemala, que sufren el drama de la ‘purificación’ étnica.”

Catalana y española

En su trayectoria internacional y cosmopolita, Monserrat Caballé se mostró siempre orgullosa de sus raíces catalanas y españolas, que sentía naturalmente entrelazadas. Como tantos artistas patrios reconocidos en el mundo que han aportado su valía a la cultura universal, se manifestó sin complejos como representante de su país.

Su posicionamiento respecto al “Procés” y la situación política en Cataluña fue muy clara desde el principio. Lo contó en 2003, después de aquella Diada protagonizada por una gran cadena humana: “Los pueblos del mundo tenemos que estar unidos. No podemos hacer cadenas, las cadenas son para la esclavitud, para separar. Cuando tienes la suerte de viajar por todo el mundo y conoces tantos pueblos y tanta gente diferente te das cuenta que las hostilidades no funcionan. He sido una embajadora de España como todos los cantantes. Estoy muy feliz de haber nacido en Barcelona, de haberme casado con un aragonés, de que mi madre fuera de Valencia y que mis hijos hayan estudiado en España”.

Conocer su arte

Según la crítica el apogeo de su carrera tuvo lugar en los años 60 y 70, un momento de expansión de la industria del disco que felizmente nos ha dejado una gran cantidad de grabaciones en vivo y en estudio que nos permitirán deleitarnos con su arte. Les sugiero que la escuchen o reescuchen sin demora y comiencen por la Lucrecia Borgia de Donizetti, que dejó pasmada a la crítica neoyorquina en su inesperado debut en el Carnegie Hall en 1965, cuando sustituyó a Marilyn Horne, y que volvió a cumplir esa mágica tradición operística, la que convierte un imprevisto en una oportunidad. La grabación de esa actuación está en YouTube a un golpe de clic.

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