Serial

Isabel, el nacimiento de una nación

Pretendemos al mismo tiempo ofrecer a nuestros lectores una completa y minuciosa visión de un perí­odo fundamental de nuestra historia

Con un notable éxito de audiencia –alrededor de 4,5 millones de espectadores semanales en su primera temporada–, la serie de TVE Isabel se ha consolidado como una de las grandes apuestas televisivas de los últimos años. Ganadora del premio Ondas a la mejor serie de ficción de 2012, siete nominaciones y cuatro galardones en los Premios Iris de la Academia de las Artes y la Ciencia de Televisión de España, Fotogramas de Plata a la mejor actriz de televisión para su protagonista (Michelle Jenner), premio en el World Media Festival de Hamburgo y a lamejor serie en el Festival Internacional de Cine y Televisión de Nueva York, la suma de galardones nacionales e internacionales obtenidas por la serie en su primer año es un reconocimiento tanto a la excelente calidad de la serie (guiones, ambientación, vestuario, música,…) como a su más que notable dirección e interpretación.

La polémica, sin embargo, ha surgido en las últimas semanas cuando el Museo de Historia de Barcelona, dependiente del ayuntamiento, le impidió grabar las secuencias del atentado a Fernando el Católico y el recibimiento de los reyes a Colón, acusando a la serie de “mitificar la realidad histórica”. En otras palabras, de falsear la verdadera historia de ese período crucial de nuestro pasado.

¿Es esto así? ¿Hay por parte de los productores de la serie una intención de mitificar, falsear, tergiversar o manipular el significado histórico de los Reyes Católicos y su papel de vertebradores de la unidad política de España? ¿O por el contrario, combinados con los elementos de ficción propios de una producción audiovisual, la serie ofrece en lo principal una visión históricamente rigurosa de la biografía y la trayectoria política de quienes han sido, con toda seguridad, los dos mayores estadistas que ha dado nuestro país en los últimos cinco siglos?“Buscar en la lucha de clases las particulares circunstancias en que se dio en España el tránsito del feudalismo al capitalismo”

Contestar a estas preguntas es el objetivo que perseguimos al iniciar este serial, con el que al mismo que adentrarnos en la vida de unos personajes tan singulares y fascinantes como fueron Isabel y Fernando, pretendemos al mismo tiempo ofrecer a nuestros lectores una completa y minuciosa visión de un período fundamental de nuestra historia. Período en el que en gran medida se sentaron los cimientos sobre los que los cinco siglos posteriores edificarían –con sus errores y aciertos, con sus éxitos y fracaso, con sus virtudes y defectos, con sus bondades y sus excesos– la realidad de la nación española que hoy conocemos.

¿El fin de la diversidad?

No existe en el imaginario del nacionalismo –y de una cierta izquierda que, al haber renunciado a sus objetivos transformadores ha abrazado con fervor cualquier causa, incluida la de los nacionalistas–, una idea más querida que la que afirma que “los Reyes Católicos y sus sucesores son los responsables de haber acabado con la diversidad peninsular e imponer una centralización uniformadora”.

Una idea tan repetida en nuestros días, tan insistentemente difundida en los centros de enseñanza, en los medios de comunicación, en los libros de texto o de divulgación histórica, que se ha convertido prácticamente en un axioma que no necesita demostración. Y sin embargo, no existe acusación más injusta ni idea más radicalmente falsa.

En primer lugar, porque los contratos matrimoniales, las capitulaciones, que sellan el matrimonio de Isabel y Fernando, y por tanto la unión dinástica entre el Reino de Castilla y la Corona de Aragón, lo que encontramos justamente es lo contrario: un respeto exquisito tanto a la autoridad de cada uno de los dos monarcas en sus respectivos reinos, como la más absoluta autonomía entre las distintas partes que con su matrimonio inician la andadura para convertirse en un cuerpo político único, que no uniforme.

Pero en segundo lugar es que, además, lo que ocurre en España es justamente lo contrario de lo que los mitos nacionalistas creen o quieren hacer creer. Precisamente, durante el período en que Inglaterra o Francia empieza a desarrollarse un acelerado proceso de centralización y unificación, eliminando barreras interiores, idiomas regionales, fueros y privilegios locales –período que se inicia aproximadamente a comienzos del siglo XVI, coincidiendo con el reinado de los Reyes Católicos–, en nuestro país todos esos elementos del Antiguo Régimen se mantendrán en la mitad de España hasta el siglo XVIII y en otra parte hasta bien entrado el siglo XIX. Durante el reinado de los Reyes Católicos, porque forma parte del acuerdo –y que configuran, podríamos decir salvando todas las distancias, una especia de Monarquía Confederal– que suscriben ambos, como el más adecuado a la unidad política que se pretende construir, al menos en un primer momento. Con sus sucesores, porque los Austrias encuentran en este modelo descentralizado el más conveniente para implantar su peculiar absolutismo.

Lo mismo exactamente se puede decir de otro de los estereotipos con que se ha tratado de descalificar el reinado de los Reyes Católicos, situando en su gobierno “el atraso secular de España respecto al resto de países europeos y los rasgos de intransigencia e intolerancia religiosa, de fanatismo y superstición, de indolencia y falta de laboriosidad del pueblo español”.“Se acusa a los Reyes Católicos de ser los responsables de haber acabado con la diversidad peninsular e imponer una centralización uniformadora”

Frente a estas distorsionadas visiones del reinado que sienta las bases para que España entre en la Edad Moderna, y lo haga además, como la indiscutible potencia líder del mundo a lo largo de casi un siglo, en el serial pretendemos buscar en las condiciones materiales y objetivas de la lucha de clases las particulares circunstancias económicas, políticas, sociales,… en que se dio en España el tránsito del feudalismo al capitalismo. Confrontando tanto las ideas surgidas de la Leyenda negra, creada y difundida por las potencias extranjeras (Inglaterra, Francia, Holanda, el protestantismo, la ilustración,…) para dar soporte ideológico y político, primero a la desmembración del imperio español, y posteriormente a la conversión de España en un área de influencia de las potencias más fuertes de la época, como las mixtificaciones difundidas por el nacionalismo y cierta parte de la izquierda sobre un período tan trascendental, fructífero y desconocido de nuestra historia.

España no es un mito

Gustavo Bueno

“Os permito, tolero, admito, que no os importe la República, pero no que no os importe España. El sentido de la Patria [España] no es un mito” (Azaña)

El título de este libro –España no es un mito– quiere indicar directamente cuál es su objetivo: enfrentarse directamente contra todos aquellos extranjeros, pero sobre todo contra aquellos que tienen identidad española que ven a España como un mito, pero no un mito en su sentido profundo o admirativo, sino como un mito en el sentido más vulgar y despectivo del término, que es el que recoge, como acepción 4, el Diccionario de la Real Academia Española: “Mito = persona o cosa a la que se atribuyen cualidades o excelencias que no tienen, o bien una realidad de la que carecen”.

Quienes, creen, o quieren creer, que España es un mito, en ese sentido vulgar y despectivo, lo harán refiriéndose a uno de los dos aspectos del mito (o a los dos) contenidos en la misma definición de la Academia que acabamos de dar. Aspectos que corresponden a los “momentos” de la realidad que tradicionalmente se designaban como esencia (o “consistencia”) y como existencia; dos momentos inseparables, pero disociables.“España era el fanatismo, la superstición, la Inquisición, el atraso científico”

Quienes dicen, en el sentido vulgar y despectivo, que “España es un mito”, quieren decir, ante todo, que las “cualidades” o excelencias que se le atribuyen a España, y en la que “consiste”, por tanto su esencia (o consistencia), son ilusorias, fingidas, acaso fruto de la “fantasía mitopoyética” de la derecha más reaccionaria; pero también quieren llegar a decir que la propia realidad de España, es decir, su misma existencia, es una ilusión, un espejismo. De un modo más rotundo: que España no existe.

¿Y qué pueden querer decir con esta frase tan rotunda? Probablemente no pueden pretender afirmar que en la “piel de toro” no haya algo o muchas cosas, que durante muchos siglos allí se agitan y se revuelven; porque si pretendieran tal cosa habría que considerarlos simplemente como novicios de una sofística muy propia de adolescentes que no merecería mayor atención.

Pero quienes hablan del “mito de España” refiriéndose a su existencia, quieren decir otra cosa, con una carga política muy peligrosa (para España), y que ya no está en manos de adolescentes, sino de adultos con responsabilidades que además pueden ser senadores, diputados del Parlamento nacional de Parlamentos autonómicos, consejeros o presidentes de comunidades autónomas. Y lo que quieren decir podemos entenderlo perfectamente desde nuestras propias coordenadas; y entenderlo no quiere decir compartirlo. Pero sólo podremos enfrentarnos propiamente contra las cosas de los demás que no compartimos cuando podemos entender lo que ellos dicen, aunque ellos no nos entiendan a nosotros.

En efecto, si “existir” es “coexistir”, por tanto, actuar como una unidad real ante terceros y, en consecuencia, poseer una unidad interna y activa que permita esa coexistencia con los demás (ante todo, para defendernos de las maniobras depredadoras de los otros), entonces decir que “la existencia de España es un mito” es tanto como negar la unidad de España como “principio activo”, reduciéndola a la condición de un “nombre” –otros preferirán decir de un “trampantojo”, de una “superestructura”– con el que se cubren las verdaderas unidades existentes y actuantes en esa piel de toro, por ejemplo Cataluña, “Euskalherría”, Galicia, y acaso también Aragón, Andalucía, Asturias,…

Quienes dicen “la existencia de España es un mito” están diciendo: no existe la “Nación española”, no existe la “Cultura española”. No existen ni ahora ni nunca, más que como ilusiones, trampantojos, superestructuras o mitos. Lo único que existe, dirán, es la Nación catalana, junto con la Nación vasca, la Nación gallega… y acaso también la Nación aragonesa o la Nación andaluza; o bien dirán, lo único que existe es la “Cultura catalana”, la “Cultura vasca”, la “Cultura gallega”, y acaso también la “Cultura asturiana” y la “Cultura andaluza”. Y todas esas cosas se dicen hoy no sólo en privado, sino también en público, en “sede municipal” y en “sede parlamentaria”.

Cabe distribuir del siguiente modo los papeles de quienes dicen que “España es un mito”: los papeles de quienes niegan la consistencia (o la esencia) de España fueron representados en tiempo, sobre todo, por los extranjeros que alimentaron la Leyenda Negra: Masson de Morvilliers, Montesquieu, Voltaire,…; los papeles de quienes niegan la existencia de España están representados, en la actualidad, por individuos con DNI de España, que llevan apellidos tales como Pérez Rovira, Maragall, Ibarreche…“Quienes niegan la consistencia de España fueron representados, sobre todo, por los extranjeros que alimentaron la Leyenda Negra”

Se comprende bien que quienes ponían en entredicho la “consistencia” de España fueran sus enemigos jurados (franceses sobre todo, pero también ingleses y holandeses), cuya enemistad constituía por sí misma un reconocimiento de la existencia de España como gran potencia, todavía en el siglo XVIII. Estos enemigos de España, no pudiendo negar su existencia, la disociaban de su esencia, y dirigían sus ataques contra ella: España era el fanatismo, la superstición, la Inquisición, el atraso científico… En cambio, los enemigos internos de España de nuestros días ya no podrán despreciar los contenidos de España, los que constituyen su consistencia, porque con ello estarían despreciando también partes suyas, la propia consistencia de Cataluña, del País Vasco, de Galicia, de Asturias o de Andalucía. Esta sería la razón por la cual los enemigos internos de España disocian su esencia de su existencia, y afirman que “la existencia de España es un mito”.

Este libro es uno más de los libros españoles de contraataque, escritos frente a los enemigos de España, los que desprecian su esencia (o su consistencia) y a los que llegan a poner en duda, y aun a negar, su propia existencia.

Entre quienes nos precedieron en esta acción de contraataque, todos recuerdan (para circunscribirnos a los tiempos de la Guerra Civil) a Ramiro de Maeztu, que fue fusilado por los “republicanos”. Pero Ramiro de Maeztu no combatió sólo. Le acompañaban otros, en defensa de España, entre ellos el que fue presidente de la República española, Manuel Azaña, quien poco antes del 18 de julio de 1936 dice en un célebre discurso: “Os permito, tolero, admito, que no os importe la República, pero no que no os importe España. El sentido de la Patria [España] no es un mito”

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