Historia Universal de la transexualidad

Hay un cambio social que nos permite ver por primera vez la transexualidad. Es cuando surge un hecho técnico, las armas arrojadizas, que genera un hecho cultural, la caza organizada. Los humanos habíamos sido recolectores de frutas, raíces, animalillos como lagartos, insectos o mejillones, y de la carroña que hallásemos, y nuestras pequeñas familias habían participado por igual en la recolecta del alimento, hombres, mujeres y criaturas, excepto las que solo podían mamar. Pero desde entonces fue posible aumentar exponencialmente las proteínas disponibles, mediante la caza de grandes animales, que requirió también la primera división del trabajo, que fue entre el varón y la mujer, origen del patriarcado.

Enfrentarse con los bisontes o los elefantes, era apropiado en general para los varones e inapropiado en general para las madres, mientras criaban a sus hijos. Pero había mujeres enérgicas y fuertes, libres de momento de hijos, que amaban y reclamaban un puesto entre los cazadores, y se masculinizaban y muchachos que no querían ir a la caza y prefirían quedarse en los campamentos, entre las madres y colaborando con ellas, y se feminizaban.

Eso se puede ver en los pueblos primitivos que han llegado hasta hoy. Una transexual reciente fue Krembegi, que según Pierre Clastres, en “El arco y el cesto”, pertenecía a un pequeño pueblo, el Axe, en territorio paraguayo, en el que la división del trabajo por la caza está bien asentada. Los hombres son cazadores, con arco, y las mujeres representan sus actividades con un cesto, útiles intocables para el otro sexo. Pues bien, Krembegi usaba el cesto y su conducta estaba feminizada. Siendo un pueblo desnudo, el otro único símbolo que podía usar era dejarse el pelo más largo que los hombres. Esto representa hasta qué punto una sociedad puede admitir que el cambio de género sea laboral y simbólico.

En la India, las hiyaras (palabra derivada del árabe héjira, salida), han aceptado tradicionalmente la eliminación de los genitales y sus peligros de muerte. Vi hace tiempo en un documental, a una, de pie, sostenida por otra, sus genitales apretados por una cuerdecilla, cuando otra le aplicó el cuchillo de una vez. Y después he sabido que viven de la mendicidad y la prostitución, y en los actos sociales en que se presentan, y de su eficaz organización, en pequeñas comunidades, bajo una maestra, a la que llevan una parte de sus ingresos, y de su extraordinaria teología, en la que se refieren a su diosa como la Única, y que todos los seres humanos están destinados a ser mujeres, únicos seres puros, y ellas a reencarnarse como mujeres.

Esta intuición corresponde a la visión biológica actual de una feminidad básica de todos los seres vivos, materializada en los humanos en las dos tetillas para todos. Una visión feminista radical que no procede de ningún feminismo radical, sino de estas personas feminizadas que parecían destinadas a la masculinidad y se han negado a ella afirmando su realidad personal, por encima de todas las miserias y desprecios. Pensamiento audaz que no podía nacer en ningún medio binarista y que ha ido a tomar forma colectiva en la comunidad más marginal de los barrios más marginales de la India.

En 1931, en la Barcelona de la República, hubo la primera manifestación trans del mundo, la de las Carolinas, prostitutas, que salieron a la calle vestidas de mujer, para protestar por el derribo de unos urinarios que constituían su medio de vida. Jean Genet la registró en una de sus novelas. Faltaban todavía 38 años, una generación, para las trans de Stonewall.

Hacia 1980 fue extendiéndose por toda España una nueva prostitución de transexuales, gracias a la hormonación y a la configuración corporal por la silicona. Era frecuente que trabajaran libres de proxenetas y en el duro medio de la calle. En ella, era preciso ser muy equilibrada para hacerse un lugar, porque era fácil caer en las drogas que exterminaban con facilidad a las menos firmes. En los años ochenta, la extensión del sida llevó a muchas hasta la muerte.

Caso similar, más duro, era que en América Latina se desarrollaba uno de los mayores impulsos trans de todo el mundo. Pero no suele encontrar formas de aceptación social, sino que tienen que vivir de la calle, casi invisibles, en una prostitución en la que, las hijas de la miseria tienen que afrontar las drogas, como evasión, las coacciones de parte de la policía, los clientes alcoholizados y las armas dispuestas a matar, los contagios, cuando falta la atención médica. El resultado es la frecuencia de la muerte hacia los treinta y cinco años.

Es un genocidio silencioso, del que nadie habla. Por ese motivo, estamos promoviendo algo que parece disparatado, la petición del Premio Nobel de la Paz para las trans de América Latina. Su justificación es la valentía con la que viven por su identidad. Sabemos que la identidad es uno de los derechos humanos básicos, el más humano, el que dice “quién soy”. Las trans de América Latina se han atrevido a ser humanas, incluso bajo peligros de muerte que las amenazan con que sus vidas se pierdan desde su juventud. Esta reivindicación puede servir para que las propias trans valoren su manera de ser, y para la mayoría social, que se produzca una sorpresa, un ataque de risa y gradualmente un cambio de conciencia, lo único que puede crear un cambio rápido.

Pero los hechos de civilización siguen produciéndose y el más importante en España es la toma a cargo de sus menores de las madres y padres, desde algo así como 2010. Las generaciones anteriores hemos tenido que ser más o menos marginales. Los sentimientos de seudoculpa han sido desbordantes. Sin embargo, el hecho de que madres y padres tomen en sus manos a sus hijas e hijos trans ha supuesto el paso a la integración.

Está surgiendo una realidad nueva. Se oyen descripciones de sus sentimientos como “yo creía que tenía un hijo y tenía una hija” (trans, se debería añadir, con valentía) O se tiene el valor de afirmar “hay niñas con pene y niños con vagina”, a la vez que, al llegar a la mayor edad, se comprende que algunas personas necesiten llegar a una operación de reasignación genital.

Todo ello asume el continuo no binario de la realidad de sexogénero. La suposición de un binario, en cambio, asumía la existencia sólo de hombres y mujeres, sólo masculinos y femeninas, y sólo amantes de las mujeres y amantes de los hombres, y que todo lo demás tenía que quedar invisible. Ahora es posible hablar de que la realidad de sexogénero es un continuo y que permite vidas socialmente integradas.

La mayoría de las personas de este continuo siguen decidiendo que son heteros o heteras y a la vez están viendo a su lado a minorías que entienden su sexogénero de otras maneras, equilibradas socialmente. Hoy hay en Japón numerosos jóvenes que visten de mujer y son heteros y mantienen relaciones con mujeres sobre la base del común interés por actitudes femeninas de género, no de sexo. Y en cualquier sitio, se observan prácticas como una feminización parcial, unida a una barba cuidada o, lo contrario, se llega a una reasignación genital, sin necesitar un cambio social, lo que configura una feminización vivida solo en la propia conciencia.

Un comentario sobre “Historia Universal de la transexualidad”

  • Rosario Martel Marrero dice:

    Aunque está muy bien explicado cronologicamente, creo que le falta contundencia. La sociedad tiene que admitir de una vez por todas que no sólo existen dos sexos, puesto que incluso en el reino animal se da esta variante. Hay que dejar de poner etiquetas y aceptar al otro como persona y no por su inclinación sexual, su raza, su ideología, etc.

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