Escarceos euroasiáticos

La relación transatlántica ha sido golpeada, ofendida y agraviada. Está magullada y dolorida. Muchos buscan en Trump al único responsable, pero lo cierto es que Washington lleva tiempo degradando a sus aliados europeos. EEUU lleva una década descargando sobre Europa las pérdidas de una crisis financiera originada en Wall Street. El Obama que trataba a Alemania como un virrey norteamericano en Europa era también el mismo Obama que espiaba a su canciller, que trató de imponer a Europa un abusivo TTIP o que empujó a los europeos de la OTAN a participar en las guerras del Pentágono.

De lo que no hay duda es de que la actual administración norteamericana ha redoblado el maltrato, ha despojado a la imperial mano de hierro de cualquier guante de seda. La degradación de Europa se ha hecho abrupta y descarnada. Dejémonos de maquillaje.

Donald Trump se ha guiado desde su primer día como presidente por rebajar y avasallar a sus aliados europeos: mostrando abiertamente sus simpatías por el Brexit; acusando a la UE de ser “básicamente, un vehículo de Alemania”; exigiendo con tono imperioso que los europeos de la OTAN elevaran sus presupuestos militares al 2% del PIB para cumplir con los planes del Pentágono; fomentando indisimuladamente todo tipo de corrientes centrífugas en los principales países de la Unión…

En los últimos meses, el inicio de las hostilidades comerciales con la subida de los aranceles al carbón y el acero de la UE, junto a la ruptura del acuerdo nuclear con Irán, han acabado de exasperar a las cancillerías europeas. Hasta el punto de hacer exclamar a Ángela Merkel “la época en la que podíamos confiar en EEUU se acabó”.

La relación transatlántica ha sido forzada y lastimada, incluso humillada. Pero sería un grave error pensar que se ha roto o que “es Historia”. Precisamente por que es histórica.

La llamada relación transatlántica -el conjunto de vínculos políticos, económicos y militares entre EEUU y las principales potencias europeas- es vieja y está enraizada. Tras el fin de la II Guerra Mundial, la recién nacida superpotencia norteamericana no solo anegó Europa Occidental con la lluvia millonaria del Plan Marshall, sino que dirigió la reconstrucción de los aparatos estatales europeos… al tiempo que los colonizaba con hombres ligados orgánicamente a los centros de poder hegemonistas.

Esos vínculos orgánicos son estructurales. No dependen de que haya un halcón o una paloma en la Casa Blanca. No dependen de que la superpotencia se guíe por una línea como la de Clinton u Obama, que reconoce al menos en parte los intereses de sus principales aliados, o por una línea leonina e intransigente como la del ‘America First’ de Trump.

Como los cables telefónicos que unen ambos lados del Atlántico, los amarres metálicos entre la superpotencia y el Segundo Mundo europeo no se van a romper en apenas un año y medio de gobierno Trump, por degradante que sea su trato al Viejo Continente. Como los cambios geológicos, para algo así hace falta tiempo, temperatura y presión.

Sin embargo, el impulso decidido de la política internacional de Trump hacia tonos cada vez más agresivos y duros no hace sino tensar crecientemente las relaciones con Europa, y agudizar sin cesar las contradicciones entre Washington y sus aliados. Y esto no puede dejar de tener consecuencias.

El ‘America First’, las escaramuzas arancelarias y sobre todo la ruptura del acuerdo nuclear con Irán han provocado que Alemania y Francia busquen sus escarceos con los máximos rivales estratégicos de EEUU: China y Rusia.

Tanto Ángela Merkel como Emmanuel Macron se han entrevistado estos días con un Putin que hace no tanto estaba señalado como el adversario de las democracias europeas. La canciller alemana alargó su viaje hasta el Extremo Oriente, hasta encontrarse en el Palacio del Pueblo con Xi Jinping. Las sacudidas de la política exterior y comercial de Donald Trump han colocado a Pekín y Berlín en el lado de los agraviados. Ambos países, a pesar de sus enormes diferencias y de sus distintos motivos, están interesados en un panorama mundial estable, en mantener las reglas del comercio internacional, y en apostar por la política y la diplomacia por encima de la fuerza. Exactamente lo contrario de a donde apunta Trump y su equipo de halcones.

De momento estos viajes no son sino escarceos, una mera tentativa amorosa. Affaires puntuales, un calentón de verano en el plano político. Las exigencias y los vínculos atlánticos seguirán determinando la política europea en el corto y medio plazo. Los matrimonios geopolíticos no se rompen por cualquier infidelidad.

Pero la tendencia del mundo es clara. Conforme avance el declive de la superpotencia norteamericana, conforme ésta se vea obligada a defender de forma crecientemente intransigente e imperiosa sus intereses a costa de los países de su órbita, más tenderá a antagonizarse la relación entre Washington y las potencias europeas. Por otro lado, conforme el centro económico y político del mundo se vaya trasladando del Atlántico al Pacífico, más crecerá la tendencia de las clases dominantes europeas a volver su mirada en la dirección del Sol Naciente.

Un comentario sobre “Escarceos euroasiáticos”

  • TERRITORIOS EN EL TERRITORIO dice:

    Cuando Rusia va integrándose al imperio global, el propio primer mundo se integra a Rusia. Hay que ver esta dialéctica porque de otro modo veremos un antagonismo donde no existe tal, en lugar de comprender cómo, en un momento de integración primermundista tendencial, precisamente las distintas partes del sistema global burgués se especializan al interior de sus fronteras respectivas (de manera global coordinada). Se acabó el dividir el trabajo en competencia con otras Potencias, en un mundo donde el mundo burgués (el primer mundo) funcionará cada vez más como un todo sin antagonismos en su seno.

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