SELECCIÓN DE PRENSA NACIONAL

El error del Gobierno

El Gobierno y su presidente, Mariano Rajoy, parecen estar echándole un pulso a la opinión publicada y a las encuestas. Tanto persisten las críticas al discurso gubernamental, basado sólo en la recuperación económica, tanto más tozudo se muestra el Ejecutivo y su presidente en no alterar ni una coma en un diagnóstico que, transversalmente, se adjetiva como erróneo. Puede que a menos de dos meses vista de las elecciones, Rajoy deba ser prudente en su valoración de los resultados andaluces, en el manejo de las tensiones internas en el PP y en el mantenimiento de la coherencia de sus palabras de ahora con las de meses anteriores. Pero de ahí a la tesis desafiante, por ajena a la realidad, que defendió en su discurso ante la junta directiva nacional de los populares del pasado martes, media un abismo.

Ni Rajoy ni el Gobierno -y nadie que lo explicite en el PP- han teorizado la realidad a la que se enfrentan: la gran crisis económica que comenzó entre el 2007 y el 2008 ha mutado, se ha transformado en una enorme crisis poliédrica que es política, institucional y social. Es decir, en una crisis del sistema, global, a la que se está dando desde el Gobierno una respuesta argumentalmente insuficiente e ideológicamente escasa. La reclamación generalizada de que este Ejecutivo debe ser “más político” remite a la imperiosa necesidad de que el diagnóstico gubernamental se ensanche y deje de estar constreñido a una terapia exclusivamente sociofinanciera.

Las transformaciones que, ya realidades, ya en expectativa cierta, se registran en la sociedad española son de tal calado que el discurso gubernamental se ha convertido en un inasumible reduccionismo. Cuesta entender cómo el presidente del Gobierno no ha reparado en que desde agosto del 2011 hasta junio del 2014, España registró dos hitos políticos radicales: la reforma del artículo 135 de la Constitución que rompió el espinazo a la izquierda española y la abdicación del rey don Juan Carlos que dio carpetazo a la democracia de la transición de 1978. Ambos acontecimientos han precipitado en plena recesión económica procesos de transformación de carácter social e ideológico que explican la emergencia de nuevas fuerzas políticas, el desafecto hacia las tradicionales y la ansiedad por un cambio en las reglas del compromiso en la gestión de los asuntos públicos.

En este contexto de alteraciones sustanciales, la variable económico-financiera, es una más y convive con las consecuencias de los años de recesión -desclasamiento de los estratos medios, desigualdad acentuada entre colectivos sociales antes más nivelados, intolerancia hacia prácticas del poder que en tiempos de bonanza admitían excusa o tolerancia- y con fenómenos decisivos para España como son, por un lado, la obsolescencia constitucional en ámbitos estratégicos -el modelo territorial, como demuestra el proceso soberanista en Catalunya-, y por otro, el desplome demográfico que amenaza con alzarse en problema sustancial en la próxima década.

Al Gobierno le viene faltando humanismo cultural y político en el manejo de los asuntos públicos, bien porque la realidad le rebasa, bien porque, efectivamente, la ausencia de empatía, de conexión con la realidad social, constituye un rasgo idiosincrático del presidente que ha permeado tanto en su equipo de gobierno como en la dirigencia del PP cuya capacidad de debate parece haberse derrumbado provocando un efecto de envejecimiento de la organización verdaderamente devastador al borde de tres citas electorales cruciales: municipales, autonómicas y generales, sin contar con las catalanas del 27-S.

Este alejamiento emocional del Gobierno de la realidad es una crítica reiterada a la que Rajoy responde con reflexiones simplicísimas, reduciendo los problemas a caricaturas, comprimiendo determinadas realidades en argumentaciones elementales, desposeyendo de cualquier valor la complejidad social e ideológica que embozan los sentimientos de los ciudadanos. Un ejemplo de esta forma lineal de argumentar la ha ofrecido el gobernador del Banco de España que en su afán por defender las políticas de la Moncloa ha llegado a establecer como sinónimos la austeridad y el patriotismo, recurriendo a este para legitimar fórmulas de gestión que son siempre y por su propia naturaleza perfectamente discutibles.

Sin dejar de ser cierto que los gobiernos que en todo nuestro entorno gestionan la crisis acaban sepultados por ella -a lo que se denomina “la maldición de Juncker”-, también lo es que desconocer la metamorfosis de la gran crisis económica en otra sociopolítica sin precedentes constituye un error de carácter histórico. Que lo haga el Gobierno del Partido Popular es especialmente grave en España porque lastra a la derecha democrática que aunó este partido desde 1989.

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