Especial 14 de abril

Del 18 de julio a la guerra

Para la inmensa mayoría de nuestro pueblo, el 14 de Abril fue una explosión de júbilo y alegría. Después de acabar con un régimen monárquico, caciquil y corrupto que durante siglos había mantenido al país entregado a las potencias extranjeras, en la miseria , el atraso y la opresión; la República significaba la posibilidad de iniciar un nuevo camino de paz, libertad y progreso. Este anhelo de las masas estará permanentemente presente a lo largo de todos los años de la República y la guerra y de él provendrá lo mejor de las realizaciones republicanas que todavía se conservan en la memoria y el corazón millones de españoles.

18 de julio del 36

¿Por qué empezar este especial sobre la IIª República y la guerra por el 18 de julio y no por el 14 de abril?

Porque la respuesta de las masas populares, dirigidas por el PCE, al golpe fascista de Franco y sus patrocinadores oligárquico-imperialistas, va a permitir durante 3 años desarrollar con plenitud las transformaciones anheladas por el pueblo al instaurar la IIª República.

Lo que esperaban Franco y su estado mayor, la oligarquía financiera y terrateniente y las potencias nazifascista junto a Gran Bretaña que fuera un golpe “limpio” y triunfante en unos pocos días o semanas, se va a convertir, gracias al heroísmo revolucionario de la clase obrera y el pueblo trabajador en una guerra popular prolongada. Es esta repuesta, dirigida ya en gran parte por el PCE, lo que impide el triunfo del golpe en muchas de las principales regiones y ciudades del país.

Sólo la inmediata intervención de Alemania, Italia, Inglaterra y algunos de los principales monopolios yanquis permitió que los golpistas no fueron barridos por el empuje popular.

Inmediatamente comienzan las transformaciones revolucionarias en la zona republicana: nacionalización de la banca, reforma agraria, control obrero de la producción en la gran industria, nuevos tribunales populares de justicia, plena igualdad para la mujer, extensión de la instrucción a todos los sectores populares, jóvenes o mayores, milicias populares armadas, formación de comités revolucionarios como órganos del nuevo poder popular para reprimir a los contrarrevolucionarios, dar satisfacción a las demandas fundamentales del pueblo y acometer las transformaciones revolucionarias que las masas habían demandado con la victoria republicana del 14 de abril. Y que los 5 años de dirección pusilánime y vacilante de la pequeña y mediana burguesía habían impedido hacer realidad.

Marco internacional

Ante los avances de la revolución mundial y el creciente papel internacional de una reforzada Unión Soviética, numerosos sectores de las principales burguesías del plantea apuestan por la conciliación o colaboración con la Alemania nazi.

En el seno de la oligarquía financiera y la aristocracia británica existía una fracción pro alemana tan numerosa, que la clase dominante se vio obligada a forzar la abdicación del sucesor, Eduardo VII, tan abiertamente pronazi que temieron que desde la corona pudiera propiciar un cambio de alineamiento. Lord Hallifax, secretario del Foreign Office británico, declara en 1938 que “Hitler ha prestado grandes servicios no solo a Alemania, sino a toda Europa Occidental, al cerrar el paso al comunismo”.

En la plutocracia gala, cobraban fuerza en los círculos financieros, militares y políticos las posiciones que más tarde protagonizarán la claudicación de Vichy.

Grandes sectores de la burguesía norteamericana elogiaban la forma en que los nazis habían exterminado a las fuerzas revolucionarias y encuadrado disciplinadamente a la clase obrera en un sistema de explotación salvaje.

La estrecha colaboración de grandes bancos y monopolios norteamericanos (General Motors, IBM, Standard Oil, el Chase Bank de Rockefeller, altos financieros de Wall Street, Westinghouse, Du Pont y Texaco) permitieron al régimen nazi convertir la economía alemana en una poderosa maquinaria de guerra. El propio Ford, el gerente de General Motors y el jefe de IBM Tom Watson recibieron personalmente de manos de Hitler entre 1937 y 1938 la Gran Cruz de la Orden del Águila, la máxima condecoración del partido nazi para extranjeros.

Ante el equilibrio de fuerzas, cuando no la posición ventajosa de las fuerzas republicanas en los primeros momentos de la guerra, será la intervención imperialista –tanto la abierta de Berlín y Roma como la subrepticia de Londres, París y Washington- el elemento decisivo que decantará la balanza hacia el bando franquista.

La intervención alemana será decisiva al propiciar el puente aéreo entre Marruecos y la península, interrumpido por la fidelidad de la marina a la República, trasladando a las tropas africanas, las fuerzas de choque de ejército franquista, a la península.

La paralización del golpe del 18 de julio por la movilización popular, el creciente protagonismo de la clase obrera, y de un PCE que multiplica sus fuerzas y su influencia, es no sólo una amenaza para la oligarquía, sino también, y sobre todo, para las potencias imperialistas dominantes en España –Inglaterra y Francia-.

Junto al respaldo activo de Berlín y Roma, la oligarquía española contará –antes, durante y después del golpe- con el apoyo encubierto de Inglaterra y Francia, con las que jamás, especialmente con la primera, dejará de mantener una relación privilegiada.

“Ni el capitalismo inglés ni la burguesía francesa deseaban el triunfo de la España popular por múltiples razones, entre otras por su constante enemiga hacia España, a la que necesitaban pobre y atrasada para imponerle tratados ominosos y pactos leoninos”.

Respuesta popular al alzamiento

Es la movilización en masa de los trabajadores –ante el peligro de triunfo de una derecha reaccionaria cercana al fascismo y por el deseo unánime de excarcelar a los obreros represaliados por la revolución de Asturias del 34– la que decanta la victoria electoral del lado de las fuerzas populares.

Pero sobre todo, la reacción en todo el país ante el alzamiento militar del 18 de julio va a poner de manifiesto que el movimiento obrero es la única fuerza capaz de enfrentar con éxito al fascismo. Desde el asalto al Cuartel de la Montaña en Madrid al cerco del Castillo de Montjuic en Barcelona, la rápida, heroica y contundente respuesta de los trabajadores, exigiendo armas al gobierno, pero lanzándose incluso sin ellas contra los golpistas, es el factor decisivo que hace fracasar un alzamiento diseñado originalmente para tomar el poder en pocos días. Desde ese mismo instante es evidente para todos que a la clase obrera le corresponde el papel principal y dirigente de la lucha contra el fascismo, frente a las vacilaciones, indecisiones e incluso los intentos de conciliación y claudicación ante el golpe de las fuerzas republicanas de la pequeña y mediana burguesía

La épica movilización de la clase obrera –nacional e internacional –en la Defensa de Madrid no hará más que corroborarlo. La guerra prolongada que entonces se inicia deberá estar dirigida por los intereses del proletariado. Frente a las dilaciones y la inacción del gobierno republicano, los trabajadores y las organizaciones obreras se convierten, en las primeras semanas de guerra, en el verdadero poder que al mismo tiempo que dirige la resistencia al fascismo, toma en los hechos la dirección y la organización militar, política, económica y social del país.

Guerra y revolución se anudan así y se convierten en dos aspectos de una misma lucha

El PCE de José Díaz y Pasionaria es la fuerza que en el seno del movimiento obrero español dará una justa repuesta, teórica y práctica, a esta cuestión capital. Para hacerlo, además, tendrá que romper con la histórica ceguera a la que ha estado condenado desde sus orígenes el movimiento obrero en España, incapaz durante décadas de comprender el papel del imperialismo en España como el principal explotador y opresor de nuestro pueblo.

En Enero de 1937, una vez que los militares controlan ya un tercio del país y, por lo tanto, la guerra se ha transformado en una guerra de posiciones, en una guerra prolongada, el Comité Central del PCE hace público un documento “El camino hacia la victoria”, en el que por primera vez aparece formulado de una forma completa y exhaustiva el carácter patriótico y revolucionario de la guerra y el contenido nacional y democrático de las transformaciones revolucionarias que es necesario llevar adelante al mismo tiempo. En él, por primera vez desde sus orígenes, el movimiento obrero español –o una parte muy significativa de el– adquiere conciencia de cómo el imperialismo, la intervención y el dominio de las principales potencias imperialistas es el enemigo principal de la revolución en España. “Seis meses van a cumplirse desde que estalló la sublevación militar fascista. En estos seis meses la guerra se ha transformado profundamente. Se ha convertido en una guerra nacional, en una guerra de ejércitos organizados, en una guerra en la que intervienen en contra de nuestro pueblo, del brazo de los facciosos, fuerzas armadas extranjeras (…) se ha transformado en una guerra por la independencia de España”. Pasionaria repite en discursos y mítines, “la lucha que se desarrolla en nuestro país se ha transformado en una guerra de independencia nacional (…) Y nosotros, los que no teníamos patria, los que vivíamos como desterrados en nuestro propio país, luchamos ahora por una España nueva, que vamos forjando día a día”.

Es justamente esta apreciación del carácter nacional y democrático de la revolución que se está desarrollando en España la que permitirá que el PCE se convierta en la columna vertebral, ideológica, política y militar, de la lucha contra el fascismo. Entre julio del 36 y enero del 37, el PCE multiplica sus fuerzas por 10. Entre enero y agosto de ese mismo año, por 50. Ejerce la dirección política en el gobierno de Frente Popular, mandos comunistas están al frente de las mejores unidades del ejército –y numerosos oficiales profesionales republicanos se afiliarán al PCE, en el que ven la única fuerza capaz de derrotar al ejército franquista–, la juventud revolucionaria (“la flor más roja del pueblo”, como dice la canción del Quinto Regimiento) se adhiere de forma entusiasta y total al Partido Comunista, la intelectualidad revolucionaria y progresista milita en sus filas o simpatiza con él. Amplios sectores de la pequeña burguesía ven en los comunistas la única fuerza capaz de defender sus intereses frente a los excesos de otras fuerzas revolucionarias. En torno a los intelectuales antifascistas dirigidos por el PCE se crea un nuevo patriotismo popular y revolucionario, la lucha por la independencia de España frente al imperialismo se convierte en el centro neurálgico y catalizador de la voluntad de lucha y resistencia del pueblo. La cuestión de las nacionalidades históricas se reenfoca completamente y, por primera vez, queda unida a la lucha general de todo el pueblo español por conquistar su independencia y libertad.

Si el pueblo español pudo resistir heroicamente durante tres años, en solitario y frente a todas las fuerzas combinadas del fascismo internacional y la colusión de todas las potencias imperialistas, se debe, en primer lugar a la justeza de la línea y de los análisis y alternativas del PCE al situar correctamente los blancos, lo que permitió tanto unir a amplísimos sectores populares y antifascistas como desenterrar y multiplicar la inagotable energía revolucionaria de nuestro pueblo.

Del 34 al 36. ¿Por qué fue posible esta reacción popular ante el fascismo que electrizó y conmovió al mundo?

Para responder a esta pregunta tenemos que retrotraernos a dos años atrás, al 4 de octubre de 1934. Ese día estalla una huelga general revolucionaria en toda España para impedir la entrada de la derecha reaccionaria y semi-fascista de la Ceda en el gobierno republicano.

Como habían puesto de manifiesto las experiencias de Italia, Austria, Hungría o Rumanía, el ascenso de un partido así y su entrada en el gobierno era la antesala del fascismo o de autoritarias dictaduras alineadas con Hitler.

Entre las elecciones de noviembre de 1933 que dan el triunfo a la derecha y el paso al bienio negro y las elecciones de febrero de 1936 en las que triunfa el Frente Popular, se produce un hecho decisivo que va a variar completamente el rumbo de los acontecimientos en España. En ese período el PCE deja de ser un pequeño partido con graves errores de izquierdismo y sectarismo para transformarse en el núcleo dirigente de la revolución española. Este hecho tendrá una influencia decisiva tanto en el movimiento obrero, como en el propio desarrollo de la República y de la Guerra Nacional Revolucionaria.

Cuando tras la Revolución de los mineros asturianos de Octubre del 34, sea la única fuerza que la defienda frente a la reacción, se haga responsable de ella y reivindique con orgullo la gesta de los mineros asturianos, denuncie la represión que se ejerce tras la derrota y lance en solitario una gigantesca campaña para detener los fusilamientos, liberar a los presos políticos y dar apoyo y solidaridad a los encarcelados y sus familiares, pese a que ello le cueste volver a la ilegalidad, su prestigio, su capital político y la afluencia de nuevos militantes y simpatizantes se multiplican. Este peso y el nuevo papel que pasa a jugar el PCE suponen un cambio cualitativo en el movimiento obrero.

Las bases de militantes y afiliados del PSOE inician un proceso de radicalización y acercamiento a las tesis políticas de unidad de la clase obrera y unidad popular contra el fascismo que viene defendiendo el PCE, en solitario, durante los últimos años. Como consecuencia, la línea de izquierdas del PSOE, encabezada por Largo Caballero, se hace hegemónica tanto en el seno del partido como en el seno del sindicato. Numerosas federaciones de UGT se convierten en altavoces de la política y las consignas comunistas entre la clase obrera (algunas de ellas, como la poderosísima federación de ferroviarios, pasarán incluso a adoptar el martillo y la hoz como emblema de su sindicato). Las Juventudes Socialistas inician un proceso de creciente radicalización que les lleva, primero, a romper con la IIª Internacional, después a unirse con las Juventudes Comunistas formando las Juventudes Socialistas Unificadas y, finalmente, integrarse bajo la dirección del PCE.

La línea izquierdista del PSOE encabeza la formación de un amplio frente de izquierdas y nacionalistas que preparan una Huelga General Revolucionaria en caso de que, finalmente, Lerroux dé entrada a la CEDA al gobierno. Esto ocurre el 4 de octubre de 1934 y el día 5 de octubre estalla la insurrección. Sin embargo, mal planteada, peor organizada y nefastamente dirigida por el PSOE, es sofocada rápidamente por el gobierno en las principales ciudades. El movimiento campesino, exhausto por una huelga de 2 semanas llevada unos meses antes sin conseguir éxito alguno permanece al margen. En Cataluña, donde gobierna ERC, las fuerzas nacionalistas de la pequeña burguesía se rinden a las 24 horas al comprobar que la insurrección ha fracasado en el resto de España.

Sólo en Asturias, donde se ha creado un comité de enlace entre las fuerzas obreras (PSOE, UGT, CNT y PCE) y las masas se han organizado en la Unión de Hermanos Proletarios (UHP), los mineros parten de Mieres tras tomar la ciudad y van recorriendo pueblo tras pueblo toda la cuenca minera, tomando los pueblos y ciudades que encuentran a su paso, prácticamente sin más armas que la dinamita hasta llegar a la capital, Oviedo, de la que se hacen dueños durante 2 semanas. Instauran un gobierno obrero al modo de la Comuna de París, organizan la producción, la distribución de alimentos, garantizan el orden público para evitar desmanes, imprimen vales sellados por los comités revolucionarios en sustitución de la moneda,..

El PCE, que estuvo en contra de lanzar la insurrección puesto que valoraba que no era el momento idóneo ni se daban las condiciones adecuadas ni había una preparación suficiente, sin embargo, una vez que los mineros asturianos han tomado la decisión de ir a ella, se pondrá a la cabeza sin vacilaciones, convirtiéndose los comunistas en los más firmes, abnegados y entusiastas en llevarla adelante. Tras su derrota, y ante la actitud que toma el PSOE y los republicanos de izquierda de desentenderse de ella, el PCE se hará responsable de todo lo ocurrido, defenderá la acción de las masas como una respuesta a la reacción, encabezará la denuncia a la represión posterior, mantendrá en solitario la solidaridad con los mineros y, lo que políticamente es más importante, la pondrá como ejemplo de como debe responder la clase obrera y el pueblo (aprendiendo de los errores) ante el avance del fascismo. Esta actitud le valdrá el reconocimiento de amplísimos sectores de la clase obrera, convertirá –desde entonces y hasta nuestros días– a las cuencas mineras asturianas en un bastión comunista y le aportará un capital político que, a su vez, lo pondrá al servicio del avance de la revolución en nuestro país.

El fortalecimiento y la influencia, a través del PCE, de una línea revolucionaria en la clase obrera –también en las bases socialistas o anarquistas- abre el protagonismo de un proletariado revolucionario consciente, organizado y con un programa de clase.

Esto se traduce en un importante aumento de la movilización y organización. Se desarrollan Alianzas Obreras y Campesinas, con comités locales y provinciales. La política de unidad entre comunistas y socialistas, impulsada por el PCE se traduce en todos los terrenos: lucha por la amnistía, sindicatos, movimientos reivindicativos…

Esta movilización convierte la creación del Frente Popular en una exigencia irrefrenable. Bajo la presión del movimiento de masas, el presidente de la República disolvió las Cortes y convocó elecciones para febrero del 36. Ni los obstáculos del ala más reformista del PSOE ni las de los dirigentes conservadores del republicanismo impiden la elaboración, en enero del 36, del “Pacto del Boque Popular”.

La instauración de la IIª República

Pero para entender todo lo anterior hay que explicarse como es posible que en un país en plena decadencia, cuando no en franca descomposición, pueda derribarse un régimen política por medio de unas simples elecciones municipales.

La Iª Guerra Mundial abre una grieta imperialista, grieta en su capacidad de dominio sobre los pueblos y países hasta entonces sometidos. Grieta por la que tenderán a precipitarse las demandas y anhelos de numerosos países y pueblos. Para las masas, para la inmensa mayoría de nuestro pueblo, el 14 de Abril fue una explosión de júbilo y alegría porque significaba un camino de esperanza para transformar las injustas estructuras económicas, políticas y sociales del país. Después de acabar con un régimen monárquico, caciquil y corrupto que durante siglos había mantenido al país entregado a las potencias extranjeras, en la miseria y la pobreza, en el atraso y la opresión, la República significaba para la mayoría del pueblo la posibilidad de iniciar un nuevo camino completamente distinto a todo lo anterior y que significara paz, libertad y progreso. Este anhelo de las masas estará permanentemente presente a lo largo de todos los años de la República y la guerra y de él provendrá lo mejor de las realizaciones republicanas que todavía se conservan en la memoria y el corazón millones de españoles.

Sin embargo, desde su mismo inicio, la IIª República toma –debido a la dirección de las fuerzas republicanas de la pequeña burguesía (a las que no será ajena la influencia francesa) y la ceguera de las fuerzas de izquierda– un camino completamente opuesto. La defensa de los intereses nacionales –y con ello la búsqueda de la independencia política frente al imperialismo– queda desplazado del centro de gravedad de la vida política del país. Y en su lugar aparece un programa de lucha que divide al país en dos mitades irreconciliables, impidiendo la articulación de un frente patriótico y democrático al que pueda sumarse la inmensa mayoría del pueblo. Desde este punto de vista, desde el balance de la lucha contra el imperialismo y por la independencia nacional, el camino que toma la República desde sus mismos inicios no puede considerarse sino como una auténtica regresión. Las consecuencias reales de este tremendo error le van a costar a España 40 años de dictadura franquista.

La influencia de una francmasonería – particularmente ligada a Francia en esos momentos– que coloca permanentemente a la Iglesia como el blanco de la revolución en España, será en este período determinante. No sólo la mitad de los 450 diputados de las Cortes Constituyentes son masones, sino que son ellos los que centran el debate político nacional en torno a su histórico programa de ataques sin medida a la influencia religiosa, enfrentando así a la mitad católica del país con la República, base social de donde obtendrá su apoyo tanto el triunfo de la derecha reaccionaria en las elecciones de 1933, como posteriormente durante la Guerra Civil.

La derrota en la guerra

En la derrota influyeron la colusión de las grandes potencias contra la republica y las contradicciones del movimiento obrero. La doble línea en el seno del movimiento obrero. La gesta heroica que el pueblo español protagonizó durante tres años resistiendo al fascismo internacional y a la intervención imperialista, lo es todavía mayor si consideramos las múltiples dificultades internas a las que tuvo que hacer frente. Además de la consabida pusilanimidad de la pequeña burguesía republicana y las traiciones del PNV o de un sector de la burguesía nacionalista catalana, el movimiento obrero organizado que estaba llamado a ser la clave de bóveda de la lucha popular, va a estar sometido a una constante división y debilitamiento por la existencia en su seno de las líneas del izquierdismo obrerista. Y aunque amplísimos sectores de las masas populares darán su apoyo incondicional a la política del PCE, en el seno del movimiento obrero organizado, de los sectores de la clase obrera que históricamente habían sido la punta de lanza del movimiento obrero español, la influencia del izquierdismo obrerista, el peso de sus tradicionales dirigentes y organizaciones impedirán en buena medida que la línea del PCE pueda ejercer la necesaria dirección ideológica, política y organizativa sobre ellos.

Los errores del PCE en la dirección del movimento revolucionario.

La actuación del embajador soviético, Rosenberg, rodeado de oficiales del Estado Mayor y de los servicios secretos soviéticos destacados en España, actuará con el gobierno de Largo Caballero (que no se lo permitirá y llegará a pedir a Moscú su retirada) y posteriormente con el de Negrín (que sí lo permitirá) como una especie de ministro plenipotenciario, creyéndose con el derecho a dictar los nombramientos en el ejército republicano, arrogándose la facultad de decidir qué planes militares debían desarrollarse y cuáles no aún cuando contaran con la aprobación del Alto Mando militar español, amenazando con dejar en tierra los aviones soviéticos en las batallas que sus asesores no consideraran apropiadas, exigiendo la dimisión de determinados ministros o altos mandos militares, intentando imponer las posiciones que debía mantener España en las conferencias internacionales o las medidas que el gobierno debía tomar para asegurar la unidad del frente antifascista. En definitiva, se produce un progresivo proceso de “tutelaje” por parte de la URSS sobre la política de la República de manera que ésta se ajustara fielmente a la visión del papel que la guerra española debía jugar en el tablero europeo de acuerdo con las necesidades y los intereses de la política exterior soviética.

La caída del gobierno de Largo Caballero –el cual, pese a sus erróneas concepciones de tipo sindical-obrerista y a sus vacilaciones en la política de defensa mantuvo siempre una posición digna y patriótica ante cualquier injerencia extranjera en los asuntos internos españoles– marca un punto de viraje en el bando republicano en el que la presencia y la influencia de Moscú en la dirección de la guerra se hace plenamente efectiva con el gobierno de Negrín.

Pero el punto en el que la subordinación del PCE hacia Moscú adquiere su máxima intensidad y su mayor antagonismo será en el de la represión de los contrarrevolucionarios y en el tratamiento de las contradicciones en el seno del pueblo. “A muchos les parece que plantear el empleo de métodos democráticos para resolver las contradicciones en el seno del pueblo es una cuestión nueva. Pero en realidad no es así. Los marxistas siempre han considerado que la causa del proletariado no se puede realizar sino fundamentándose en las masas populares y que, al actuar entre los trabajadores, los comunistas deben emplear el método democrático de persuasión y educación y en ningún caso proceder con actitud autoritaria o recurrir a la coerción” (MTT. Sobre el tratamiento correcto…).

Para nosotros que nos reclamamos herederos de la gloriosa y heroica gesta de nuestro pueblo en la guerra nacional revolucionaria, de la entrega y la abnegación de miles de comunistas y del PCE de José Díaz y Pasionaria en su determinación por resistir y vencer la cobarde agresión imperialista contra nuestro país, reflexionar a fondo sobre los errores cometidos, es una cuestión de vital importancia.

Intervención de Ángel Lozano en la Conferencia de Verano 2017 de Unificación Comunista de España

Un comentario sobre “Del 18 de julio a la guerra”

  • Impresionante!!,no me extraña que Ángel (en paz descanse) fuera el «alma mater» de las escuelas de marxismo y uno de los fundadores de éste gran periódico independiente.Pues anda que no se pueden sacar enseñanzas prácticas,a dia de hoy,de todo el texto.Como bien dice al final «Para nosotros que nos reclamamos herederos de la gloriosa y heroica gesta de nuestro pueblo en la guerra nacional revolucionaria, de la entrega y la abnegación de miles de comunistas y del PCE de José Díaz y Pasionaria en su determinación por resistir y vencer la cobarde agresión imperialista contra nuestro país, reflexionar a fondo sobre los errores cometidos, es una cuestión de vital importancia.»

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