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De Podemos a Pudimos

Se ha convertido en un lugar común saludar la aparición de Podemos como “un soplo de aire fresco” en nuestra vida política. Tras el enunciado del tópico, su justificación suele transcurrir por caminos igualmente trillados. Las causas de la irrupción de dicha fuerza serían de sobra conocidas: la corrupción, las complicidades entre formaciones políticas y poderes económicos, la sumisión a los dictados austericidas de la troika, la obsolescencia endogámica de los partidos políticos tradicionales, la interesada esterilidad del bipartidismo… Verdades como puños, sin duda, pero de las que, como es obvio, no se desprende automáticamente la bondad de cualquier propuesta que se presente como su remedio.

Al respecto, una elemental distinción parece casi obligada para interpretar correctamente no sólo el surgimiento de Podemos sino, más en general, la situación política y social que se vive hoy en España. Están, en primer lugar, sus probables votantes y, más en general, todos quienes han manifestado de una u otra manera su respaldo hacia el espíritu que el nuevo partido encarna. En esto no puede haber grandes discrepancias: ¿Cómo no sentir simpatía política hacia aquéllos que se rebelan ante los males señalados en el párrafo anterior?

El asunto se complica cuando dejamos de hablar de los ciudadanos que se sienten identificados con Podemos para pasar a hacerlo de las ideas y las propuestas concretas que defiende. En este segundo capítulo, no cabe obviar algunos matices. No es lo mismo el diagnóstico acerca de lo que está ocurriendo, cuestión en la que el acuerdo parece relativamente fácil, que la terapia para resolver los problemas que nuestra sociedad tiene planteados, materia mucho más delicada, en la que -diferencias ideológicas de fondo al margen- la especificación del sector social cuyas dificultades se considera prioritario solucionar resulta poco menos que ineludible. Cosa que, por cierto, se compadece mal con la lógica populista, que propende, por definición, a difuminar su referente.

Así lo ha señalado el propio Ernesto Laclau, politólogo argentino de referencia para los dirigentes de Podemos y autor de un libro de cabecera para alguno de ellos: La razón populista, según el cual el contenedor “populismo” es un “significante vacío” que admite ser llenado prácticamente con cualquier demanda. En esta última dirección se diría que va la reiterada alusión en los discursos de Podemos a un referente tan inespecífico e inabarcable como es “la gente” (remito en este punto al artículo de José María Ruiz Soroa, “El peligro de una sociedad sin divisiones”, aparecido en El País el pasado 9 de enero, en el que señalaba los peligros del empleo de este tipo de categorías).

El tercer elemento que, en fin, conviene distinguir es el de los propios líderes y formas organizativas que en cada etapa se asumen para articular las propuestas (segundo elemento) que se le ofrecen a la ciudadanía enojada (primer elemento). En este punto, el hecho de que los nuevos dirigentes se presenten como absolutamente al margen de las corrupciones y corruptelas de la llamada por ellos mismos “casta” constituye una pieza fundamental para entender su éxito inicial, pero puede también representar, paradójicamente, un notable lastre para su futuro.

Porque no parece aventurado imaginar que un cierto tipo de votante, en principio muy alejado ideológicamente de Podemos, en un momento dado se pueda servir del argumento de la falta de pureza también de estos nuevos dirigentes para justificar la más que posible volatilidad de su voto. Pienso, por poner un ejemplo, en todas esas personas que han estado concediendo reiteradamente su apoyo al Partido Popular en lugares como la Comunidad Valenciana, a pesar de ser público el altísimo grado de corrupción del mismo, y que, en el momento en el que han empezado a sentir en sus propias carnes los efectos de la crisis, ha declarado a los encuestadores su determinación de votar a Podemos.

No parece que ese votante poco ideologizado, que muda de un partido a otro de manera más reactiva (por no decir resentida, esto es, para castigar a su antigua opción donde más le duele) que propiamente política, vaya a mantener un compromiso fuerte con la nueva preferencia en el momento en que ésta empezara a cumplir sus promesas (por ejemplo, de persecución del fraude fiscal en una comunidad en la que es abundante el trabajo sumergido).

En ese momento, la menor inconsecuencia personal, el menor escándalo (verdadero o falso) de los dirigentes que tanto han alardeado de estar a salvo de los males de otros, constituiría el gran argumento para el alejamiento de esos votantes sobrevenidos. De hecho, indicios de esta particular desafección -previa incluso al voto- ya parecen haber empezado a percibirse.

Por lo demás, es altamente probable que a Podemos no le quede otra que acabar lanzando en España una OPA hostil a IU, tal y como, oportunamente acompañado, ha hecho en Barcelona con ICV (de hecho, a la vista de sus menguantes expectativas electorales ambas formaciones hermanas vienen mostrándose muy entregadas últimamente, hasta el punto de que el baile de deserciones hacia el partido de Pablo Iglesias parece haberlo iniciado, según informaba este diario hace pocos días, Tania Sánchez, compañera del secretario general de Podemos y líder de la corriente crítica de Izquierda Unida en Madrid denominada “En construcción”).

Hace unas décadas, cuando el panorama de los partidos aún no se encontraba consolidado entre nosotros, se vivieron situaciones análogas, que en todos los casos se solventaban de acuerdo con una misma lógica, que bien podríamos denominar reubicativa. Podemos cuenta con una nueva marca que garantiza ilusión y, en esa misma medida (según las encuestas), un número ingente de votos. Sin embargo, carece de cuadros, de militantes con práctica acreditada en la gestión y en la actividad políticas, que puedan ocupar con garantías puestos de responsabilidad en ayuntamientos, gobiernos regionales, parlamentos autonómicos e incluso en el Congreso de los Diputados, por no hablar del Gobierno de la Nación. Ello les expone a un riesgo que no se pueden permitir porque les convertiría en enormemente vulnerables, a saber, el de verse invadidos por un aluvión de arribistas, tan carentes de experiencia política como desbordantes de ambición.

Pues bien, cuadros y candidatos fiables es precisamente lo que le ofrece a Podemos la veterana coalición de izquierdas, la cual, a pesar de sus esfuerzos y del rejuvenecimiento de su líder nacional, no ha conseguido quedar identificada con los nuevos movimientos sociales (sobre todo, con el 15-M, mucho más asociado al partido de Pablo Iglesias) y necesita, oh paradoja, ser legitimada ante el electorado precisamente por quienes más han contribuido a la imagen viejuna y burocratizada (ahora son la izquierda de la casta, por utilizar la terminología al uso) que viene padeciendo.

El problema, claro está, es que terminar incorporando a las propias listas a cuadros y candidatos que hasta ayer habían sido desacreditados por formar parte de la misma clase política causante de todos los infortunios de este país (en general y en particular: ¿O es que a nivel municipal ICV no estuvo, de la mano del PSC, en el gobierno de Barcelona en reiterados mandatos, impulsando algunos de los grandes proyectos transformadores de la ciudad, ahora sumariamente descalificados por especulativos?) puede tener casi tantos costes políticos entre los votantes seducidos por el lenguaje de la pureza y la radicalidad como el aluvión de arribistas mencionado hace un momento.

Tal vez las dificultades para articular estos tres elementos o niveles den como resultado que las expectativas iniciales de Podemos se vean, en un grado difícil de determinar en este momento, rebajadas. Pero que no se hagan ilusiones quienes no deben. Aquéllos que convierten el resultado electoral en la única cifra de sentido de la actividad política nunca entenderán que lo que hoy se encuentra en juego es otra cosa, y seguirán a lo suyo. Sin ver que lo que se les está reclamando hoy a los políticos es que sean capaces de dar forma y palabra a la rabia, al malestar y a la desesperación de tantos ciudadanos de este país. Lo de menos, en el fondo, es Podemos: si no es capaz de cumplir con el encargo, terminarán llevándolo a cabo otros.

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