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Cuando los liquidadores son los que mandan

En un artí­culo publicado en eldiario.es, el periodista Isaac Rosa poní­a el foco en las crisis encadenadas en diferentes partidos polí­ticos. Con un llamativo tí­tulo “UPyD, IU, CiU, PSOE… ¿quién será el próximo?”. Y afirmando que “el sistema español de partidos empieza a parecerse a Diez negritos, la famosa intriga de Agatha Christie donde los protagonistas van muriendo uno tras otro”.

Esta es una realidad que ha afectado incluso al PSOE, el que más años ha gobernado en España, o a CiU, pilar de la política catalana durante décadas.

¿Qué está pasando en muchos partidos españoles? ¿A qué se deben los permanentes terremotos y fracturas que se dan en su seno? ¿Es solo un efecto de la “crisis del régimen del 78”, o de las disputas internas entre los diferentes clanes y barones? ¿O realmente obedece a razones mucho más profundas?

Lo primero es saber quien manda

Existen contradicciones entre las bases y las direcciones en muchos partidos políticos. Hay también batallas por el control interno entre las diferentes familias y dirigentes.

Así, la crisis en el PSOE se interpreta desde la disputa entre el sector nucleado en torno a Pedro Sánchez y barones locales como la presidenta andaluza Susana Díaz.

Esta es una parte del guión, indudablemente. Pero no constituye el centro de la trama de la obra. Y esconde quienes son sus auténticos protagonistas y directores.

No es posible desligar lo que ocurre en los grandes partidos de quienes son los que realmente mandan, en España y en el mundo, y de cuales son sus planes y proyectos.

No puede comprenderse el terremoto en el PSOE sin tener en cuenta quienes pretendían imponer un gobierno de los recortes encabezado por Rajoy, ni la rotunda negativa de Pedro Sánchez a propiciarlo.

En una entrevista concedida a La Sexta Noche, el mismo día que se defenestraba a Pedro Sánchez, el presidente cántabro, Miguel Ángel Revilla, ofrecía una lectura muy diferente a la habitualmente difundida en los grandes medios.

Declarando que “los responsables de lo que ha pasado en el PSOE ni siquiera son las personas [los dirigentes socialistas enfrentados a Pedro Sánchez]. Esto viene de más arriba. Por encima de las instituciones hay poderes inmensos, que controlan no ya España, controlan el mundo. Detrás del acoso y derribo a Pedro Sánchez hay gente que está en los grandes poderes económicos. Los que mandan. Grandes poderes económicos y multinacionales que no aceptan los devaneos de Sánchez”.

En las sociedades de capitalismo desarrollado, con regímenes de democracia representativa, los principales partidos juegan un papel fundamental en el mantenimiento del orden político.

“Los que mandan” deben hacerlo a través de un sistema de partidos donde esté garantizado que se ejecutan los recortes “cuanto toca”, o que se incrementará la participación en las actividades militares de la OTAN si así lo exigen los intereses norteamericanos.

Y eso adquiere especial importancia en los partidos llamados a gobernar, o que deben jugar un papel en los “consensos de Estado”, es decir en aquellas cuestiones vitales para los intereses de los grandes centros de poder internacionales o nacionales.

Conviene recordar ahora que en febrero de 2013, justo cuando se manifestaban de forma más aguda los efectos del saqueo impuesto sobre España, un artículo que se publicó bajo la forma de un “informe confidencial” al embajador norteamericano en Madrid, donde se diseñaba un proceso de reforma política que -¿casualmente- nos sirve para comprender muchas de las cosas que han sucedido con posterioridad.

En él se afirmaba que “en el delicado momento estratégico por el que atraviesa el norte de África, un país como España, determinante en la zona, no puede entrar en un periodo de desestabilización política, social y económica”.

Y proponía que, “como ocurrió al inicio de la transición, las potencias “aliadas” del Gobierno de Madrid -EE.UU, Gran Bretaña, Francia y Alemania- establezcan un “grupo de trabajo” y concertación para “ayudar y controlar” la situación española y en su caso pilotar esta “segunda transición” en favor de: salvar y reconducir el vigente régimen partitocrático, articulado a finales de los años setenta; o influir en la reforma de la Constitución en pos de un modelo democrático presidencialista y “mayoritario”, con o sin la monarquía, a la vista de cómo se vayan decantando los acontecimientos”.

Avisando sobre “la ausencia de nuevos dirigentes no contaminados con el régimen hoy fallido”, pero anticipando que “llegado el momento, los nuevos protagonistas de la reforma aparecerán”.

Los regímenes políticos también tienen dueño

Adoptemos el punto de vista del “Informe confidencial al embajador Salomon” -así se llamaba el embajador norteamericano en España-. Es decir, situemos en primer plano los intereses y proyectos de la potencia dominante en España, EEUU. Y comprenderemos muchas de las cosas que han sucedido, y continúan pasando, en la política española.

Hoy se opina, a favor y en contra, sobre la crisis del “régimen del 78”, el modelo político que nos trajo la transición. Hay diferentes opiniones, pero casi todas ellas coinciden en borrar que todos los regímenes políticos, también el del 78, tienen dueño.

El recambio del régimen, desde el franquismo a la democracia, se hizo en España con la aquiescencia de las élites locales, pero sobre todo bajo batuta norteamericana.

La decrépita dictadura ya era incapaz de garantizar el orden, y provocaba un creciente rechazo popular. Tampoco generaba dificultades para incorporar plenamente a España en la maquinaria militar norteamericana, la OTAN.

El empuje de la lucha popular obligó a ir más allá de lo previsto, concediendo derechos y libertades que no estaban contemplados inicialmente. Pero el nuevo régimen democrático se construyó sobre un pilar fundamental: no cuestionar, sino fortalecer, los lazos de dependencia hacia Washington, a los que posteriormente se añadieron los derivados de nuestra pertenencia a la UE.

Para garantizarlo, en un nuevo régimen necesariamente democrático, hacía falta construir un sistema de partidos.

Por un lado reflotando al PSOE, como la referencia “de izquierdas”. Por otro levantando, en un proceso culminado con la fundación del PP, un gran partido “de la derecha”.

Un bipartidismo que se alternara en el poder, que abarcara de izquierda a derecha, y que sobre todo garantizara la ejecución de los principales mandatos de Washington, Berlín o la gran banca española.

Este modelo político, con el sistema de partidos que lo sustentaba, ha saltado por los aires. Y la razón está en la catarata de recortes impuesta desde 2010.

Que primero hundió al PSOE en un pozo sin fondo, como precio a pagar por los recortes ejecutados dócilmente por Zapatero desde el gobierno. Luego la onda expansiva golpeó al PP, cuando le toco empuñar la tijera desde la Moncloa.

Los tiempos en que solo dos partidos -PP y PSOE- acumulaban hasta el 80% de los votos han pasado a la historia, y ya no van a volver. El rechazo popular a las fuerzas que han ejecutado los recortes lo impide.

Es necesario recomponer un nuevo sistema de partidos. Esto es lo que está en juego en el largo ciclo electoral celebrado a lo largo de 2015 y 2016. Una batalla que sigue abierta, y en la que participan varios jugadores.

Por un lado la mayoría social que rechaza los recortes, cuya irrupción como corriente política principal ha dado un vuelco al mapa político, y que lucha por abrirse camino.

Por otro lado, quienes pretenden que “todo cambie para que todo siga igual”, impulsando una reforma política “desde arriba” -que comenzó, conviene no olvidarlo, con el relevo en la Corona, la máxima institución del Estado- que consolide y fortalezca en las nuevas condiciones el dominio de los principales centros de poder internacionales y nacionales sobre nuestro país.

Invitados incómodos y reglas inviolables

Todo lo que sucede en nuestro país, también en los principales partidos, está determinado por esta disputa.

Cojamos el ejemplo de dos fuerzas como Izquierda Unida y UPyD, llamadas hace muy poco tiempo a capitalizar el descontento social y que ahora han quedado relegadas a un papel secundario o directamente marginal.

Por diversos motivos ambas, a pesar de su diferente orientación ideológica y política, se habían convertido en “invitados incómodos” para un nuevo modelo político.

IU proviene de una tradición, con centro en el PCE, antinorteamericana e históricamente vinculada al movimiento obrero. Ni sus bases, ni la mayoría de sus dirigentes, iban a aceptar el salto en la participación activa de España en la OTAN

UPyD es un partido curtido en la lucha antifascista en Euskadi, en los momentos más difíciles, y con una potente estructura de cuadros, algunos procedentes del PSOE -como Rosa Díez o Maite Pagaza- otros de movimientos como Basta Ya -es el caso de Savater-. Condiciones que le hacían mucho menos maleable, mucho menos proclive a aceptar, por ejemplo, respaldar un gobierno de Rajoy.

Estos “invitados incómodos” han quedado excluidos de la mesa de los principales partidos del nuevo sistema político.

Pero, en el sistema de partidos que sustituirá al bipartidismo, hay “reglas inviolables” que deben cumplirse.

Recordemos el ejemplo de Adolfo Suárez. Fue uno de los arquitectos de la transición. Pero a principios de los ochenta se negó a aceptar la incorporación inmediata en la OTAN que Washington exigía. Intentando además impulsar una política exterior que podríamos calificar de neutralista.

Fue obligado a abandonar la presidencia, sometido a la más salvaje operación de acoso y derribo que ningún dirigente político ha sufrido.

Desde aquí podemos entender el terremoto en el PSOE. Ni Pedro Sánchez es Adolfo Suárez, ni la situación internacional y nacional es equiparable. Pero si permanece vigente la regla de oro del sistema de partidos en España: no se puede disentir de los principales mandatos de los grandes centros de poder internacionales. Y hay “poderes” que se han encargado de recordarlo.

El pecado mortal que ha cometido Pedro Sánchez es seguir defendiendo el “No es No” a Rajoy, y empeñarse en formar un gobierno alternativo, cuando desde Washington se había dejado claro la imperiosa necesidad de un nuevo gobierno de los recortes encabezado por el PP.

Se han mostrado dispuestos a triturar un partido como el PSOE, el que más años ha gobernado, si desde su dirección no se acataban los mandatos de quienes “de verdad mandan”.

Todo un “aviso para navegantes”. Marcando a sangre y fuego, y para que todos lo sepan, tanto las viejas como las nuevas fuerzas, cuales son los limites que, sí o sí, deben respetarse.

¿Cuatro mejor que dos?

También las nuevas fuerzas políticas que han irrumpido están sometidas a estas tensiones.

Tanto Podemos como Ciudadanos son expresión de la mayoría social que rechaza los recortes y exige regeneración democrática. La magnitud de su irrupción, tanto en las generales como en las autonómicas o municipales, no se puede entender si no partimos de aquí.

Pero participar en primera línea en el nuevo modelo político (ejemplificado en los “debates a cuatro” en las generales, donde se incluyó a Podemos y Ciudadanos junto a PP y PSOE) exige también pagar un precio.

Fijémonos en la evolución de la posición de Podemos ante la OTAN. En las europeas de 2014 apostaba en su programa electoral por un referéndum vinculante para salir de la OTAN y por el desmantelamiento de las bases militares extranjeras. En las generales del 20-D estos puntos desaparecieron del programa electoral, sustituidos por “una mayor autonomía” dentro de la OTAN sobre la base de “reforzar la política de seguridad europea”. Y culminó presentando como fichaje estrella al ex JEMAD Julio Rodríguez, directamente vinculado a los intereses del Pentágono y que se ha encargado de repetir que Podemos no cuestionará la pertenencia de España a la OTAN.

En otro registro ideológico muy diferente, Ciudadanos se ha caracterizado por defender la regeneración democrática y medidas contra la corrupción. Y pero eso ha recibido tres millones de votos. Pero sin embargo está defendiendo que se permita un gobierno de Rajoy que es antagónico con los principios que Ciudadanos y todos sus votantes defienden.

Todas las convulsiones en el sistema de partidos español tienen un único epicentro: la necesidad de imponer nuevos recortes.

Serán necesarias reformas y concesiones, pero sobre la base de garantizar lo fundamental: la ejecución de los principales mandatos de los grandes centros de poder internacionales y nacionales.

Y el desenlace no está todavía escrito. Nadie podía prever que fuera necesario pulverizar el PSOE para propiciar un nuevo gobierno de Rajoy. Porque en la dirección socialista se defendiera hasta el final -como ha hecho el grupo nucleado en torno a Pedro Sánchez- el “No es No” al PP.

Esto solo puede entenderse desde la considerable influencia política alcanzada por la mayoría social contra los recortes. Llegando incluso a la dirección de una de las fuerzas que, como el PSOE, formaban parte del bipartidismo tradicional.

Desde el FMI, la Comisión Europea o el Ibex-35, habían diseñado un escenario post electoral -ya desde antes del 20-D- donde un nuevo gobierno del PP se impusiera tras una negociación más o menos dura. Se han encontrado con diez meses de “bloqueo político”, donde la posibilidad de un gobierno de progreso, basado en un acuerdo entre PSOE, Unidos Podemos y Ciudadanos, ha avanzado hasta colocarse en el centro de la política nacional.

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