SELECCIÓN DE PRENSA NACIONAL

Baloncesto yugoslavo

13/12/2018

La República Federativa Socialista de Yugoslavia tuvo un final trágico que se podía haber evitado con una actitud menos depredadora de las potencias del momento –la tambaleante Rusia incluida–, más interesadas en repartirse el despiece que en evitar una guerra civil.

Yugoslavia era literalmente un polvorín, puesto que el régimen autogestionario del mariscal Tito había creado un potente ejército –el cuarto de Europa– para defenderse de una hipotética invasión soviética. Los demás países socialistas del Este europeo, dependientes de la URSS a todos los efectos, no tenían una fuerza militar autónoma como el Ejército Popular Yugoslavo, dirigido desde Belgrado. Fue un final trágico, vergonzoso y terriblemente complejo. ¿Un final inevitable? Esa pregunta ya no la plantea casi nadie, pero nos habla de la actual crisis del proyecto europeo. Había muchas prisas en los años noventa por engullir el glacis del este.

Años antes del drama, Yugoslavia brilló gracias a su baloncesto. Su selección lo ganaba todo, y sus jugadores figuraban entre los mejores de Europa. Los equipos yugoslavos jugaban a una velocidad de vértigo, con constantes vuelcos en el marcador. La única metáfora yugoslava hoy honestamente aplicable a España es la de ese trepidante baloncesto. Todo discurre cada vez más deprisa, nuevos jugadores entran periódicamente en la cancha, el marcador va dando saltos y nadie sabe cómo acabará el partido. Si es que acaba.

Un triple desde Andalucía ha vuelto a provocar un gran vuelco en la política española. Ya ocurrió en febrero de 1980 y se repite ahora, en sentido inverso. El vuelco en Andalucía va a cambiar cosas en este país, muchas más de las que hoy puedan imaginarse. De entrada, modifica la ubicación y el estado de ánimo de todos los actores políticos. Coloca al PSOE a la defensiva, cuando creía tener a la derecha irremediablemente partida en tres trozos, ferozmente enfrentados. Inunda de miedo y nerviosismo a los dirigentes socialistas de la España interior, con el ínclito Emiliano García-Page intentando salvarse de la quema con el espantajo de la ilegalización de los partidos nacionalistas. Refuerza al Partido Popular frente a Ciudadanos: vuelve el Partido Alfa de las clases medias tradicionales españolas. Propulsa a Vox en un ciclo electoral decisivo y excita a los piquetes de extrema derecha. Transforma a José María Aznar en el pianista de Pink Floyd: el gran sinfonista de la derecha española tiene ahora tres teclados a su disposición, con los que intentará modular estrategias comunes. Demuestra, en definitiva, que una derecha dividida en tres partidos puede ser electoralmente eficaz si la izquierda se desmoviliza. Coloca a los nacionalistas vascos en situación de máxima alerta. Excita la imaginación de los irresponsables que en Catalunya creen que “cuanto peor, mejor”. Y por último, aunque no lo último, el trepidante baloncesto yugoslavo aplicado a la política alienta el rechazo social a los partidos, convertidos en significantes de un odioso desorden que nada arregla y todo lo estropea.

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Un comentario sobre “Baloncesto yugoslavo”

  • ARMIJA ASESINA, TURQUÍA CONTRA EL PUEBLO dice:

    Vaya plumífero! La Rusia de aquel momento no hizo nada por Yugoslavia, sino que facilitó la voluntad de quienes en aquel entonces eran sus amos, «occidente», dando la espalda al pueblo en lugar de intervenir para detener el avance del etnicismo religioso-racista sunnita respaldado por Turquía, contra los yugoslavos y a través de unos colonos en Bosnia que sólo se sentían de su grupo religioso y adversos a todo convecino que les precedía en YUGOSLAVIA DESDE MILENIOS ATRÁS.

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