Adiós a Philip Roth

Con la muerte de Philip Roth desaparece uno de los grandes escritores de nuestro tiempo

De haber muerto en 2019, la inmensa carrera literaria de Philip Roth hubiera alcanzado la prodigiosa cifra de 60 años, pues fue nada menos que en 1959 cuando el escritor norteamericano de origen judío, nacido en Newark (Nueva Jersey) en 1933, publicó su primer libro: Goodbye, Columbus, integrado por cinco cuentos y una novela corta. Sería no obstante diez años después, en 1969, con la publicación de su novela El lamento de Portnoy cuando Roth comenzaría a crearse una reputación literaria que no ha hecho sino crecer más y más hasta su muerte, ocurrida en Nueva York el pasado 22 de mayo. Aquel monólogo (dirigido a su psiquiatra) de un judío atormentado por los remordimientos de conciencia y su obsesión por el sexo, dio pie a un personaje cómico y a la vez lúcido, inédito en la narrativa americana. La sexualidad franca de la novela y su tratamiento sarcástico de la vida judía causaron furor en círculos literarios, y lo confirmaron como un novelista nuevo y original.

Roth siempre fue un escritor muy prolífico. Publicó 26 novelas, dos libros de memorias y tres de ensayos literarios. Como narrador, su obra recorre varias etapas y distintos proyectos, al calor de una evolución que le llevaría a convertirse en uno de los escritores más rabiosamente actuales y, al tiempo, en un clásico contemporáneo. Roth se ganó el reconocimiento de sus pares, que no tuvieron problema alguno para reconocerle como el mejor escritor americano del último medio siglo. Una selección de las 25 mejores novelas americanas hecha por los más destacados críticos literarios de USA incluía nada menos que seis de sus obras.

De su extensa obra narrativa destaca la famosa “trilogía americana”, integrada por las novelas Pastoral americana, Me casé con un comunista y La mancha humana, donde Roth realiza una incursión a lo más profundo de los enigmas de la vida americana, a sus conflictos más hondos y duraderos, a las contradicciones insuperables de un modelo que destruye incesantemente sus sueños, un recorrido impresionante y perturbador por algunas de las épocas más decisivas y oscuras de EEUU: el conflicto de Vietnam, la caza de brujas de la era McCarthy o la despiadada lucha entre el puritanismo y la corrección política en los años 90. Se trata de novelas “totales”, construidas en torno a personajes sólidos, relaciones complejas, conflictos agudos entre la razón y los sentimientos, luchas abiertas en una sociedad que se desgarra, entre un sueño que la inspira y las incesantes pesadillas que no dejan dormir. Las novelas de Roth en este periodo son gigantescas y clarificadoras radiografías de una sociedad que se cree a sí misma como el modelo deseable, pero que una y otra vez se desgarra y se desmiente y se autodestruye, dejando un poso de dolor y sufrimiento que, a veces, presenta un aspecto francamente desolador. Pero a Roth no le tiembla el pulso y no retrocede, su valentía narrativa es extraordinaria.

Antes de su trilogía americana, Roth ya había dado a la luz dos enormes obras maestras: Operación Shylock (1993) y El teatro de Sabbath (1995). Y en 2004 publicó la impactante La conjura contra América (2004): ejercicio de historia alternativa en el que el héroe de aviación Charles Lindbergh, de ideología ultraderechista, gana la presidencia, realiza un pacto con Hitler y derrota a Franklin D. Roosevelt.

En años posteriores, aún fue capaz de escribir otras cinco novelas breves, algunas de las cuales -como Indignación- , fueron consideradas por escritores como John Banville “su mejor novela”.

Amén de su inmensa obra narrativa, Roth fue un escritor muy consciente de la situación difícil y aun crítica en que se encuentra la literatura en el mundo de hoy. Para Roth “la literatura presenta un punto de vista alternativo al dominante, ofrece a los lectores una manera específica de entender el mundo”, y esa función esencial corre peligro ante la creciente disminución de auténticos lectores y la galopante desaparición de la literatura de los medios de comunicación.

Para Roth el escritor se percibe como alguien que intenta con todas sus fuerzas “expresar las cosas y extraerle sentido a acontecimientos de una forma distinta a como lo hacen los periódicos o la televisión. Ni mejor ni peor, la propia”. Pero hoy en día, en el que la literatura ha sido invadida por una legión de periodistas y de profesores de literatura, es muy difícil percibir en las obras ese punto de vista alternativo y distinto, que señalaba Roth.

Apocalíptico o no, Roth pensaba que “nos acercamos al fin de la cultura literaria escrita. Es parte de la evolución humana y es también una tragedia. Hay tantísima comprensión, belleza, arte, placer y artesanía en las conexiones que establecemos con Faulkner o Tolstoi al leerlos… No existen analogías posibles”. ¿Nostálgico o visionario?

Para Philip Roth la literatura nacía de la vida. Sin experiencia de la vida, simplemente acudiendo a talleres literarios, no se fragua un escritor.

En 2012, España le premió merecidamente con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras: en cambio , los sesudos (y ahora en la picota) miembros de la academia sueca, le negaron una y otra vez el Nobel que siempre mereció.

Ya con 85 años, y retirado de la escritura desde el año 2012 (con Némesis, su último libro); Roth respondió así en una entrevista en la que se le inquiría sobre cómo recordaba sus más de 50 años como escritor: “Euforia y gruñidos. Frustración y libertad. Inspiración e incertidumbre. Abundancia y vacío. Resplandor hacia adelante y confusión en el camino. El repertorio de dicotomías que cualquier talento soporta. Y una tremenda soledad, también. Y el silencio: cincuenta años en una habitación silenciosa como el fondo de una piscina, extendiendo, cuando todo iba bien, mi mínima provisión diaria de prosa utilizable”.

Sin duda, Roth seguirá siendo uno de los escritores norteamericanos más leídos de nuestro tiempo.

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