50 aniversario de la llegada a la Luna

Flying to the Moon

Un reto demasiado peligroso y tan costoso, que una vez cerrado el programa Apolo nadie lo ha vuelto a intentar. ¿Cuál fue entonces el propósito de aquella empresa que se anunció como un “pequeño paso para el hombre pero un gran salto para la Humanidad”? 

Los cohetes que fabricaron EEUU y URSS (Unión Soviética) para amenazarse con arrojar cabezas nucleares uno sobre otro, ofrecían la posibilidad de salir de la atmósfera terrestre: Se abría la Carrera Espacial. 

Hasta avanzados los 60, la URSS iba por delante: fueron los primeros en poner en órbita un satélite (sputnik),  y en enviar animales en una cápsula espacial. El gran hito de un primer cosmonauta (Y. Gagarin) surcando el espacio lo consiguieron en el ‘61. Poco después lo haría la primera mujer (V. Tereshkova). También lograron el primer paseo espacial.

En 1961, el presidente Kennedy planteó un gran reto movilizador para recuperar terreno: «We choose to go the Moon». Este «nosotros elegimos ir a la Luna», fijaba el objetivo. Nacía el Proyecto Apolo, que tras una década y 17 misiones consiguió posar 12 astronautas en nuestro satélite; pero a costa de devorar 115.000 millones de dólares (en su equivalencia actual)… ¿Y todo para traer 350 kilos de rocas lunares, y acumular datos y estudios que las modernas sondas pueden hacer por la centésima parte de ese coste?  

No. Había mucho más en juego para justificar el esfuerzo. 

Un general (D. Yates) entrevistado en 1959, quien dirigía un área implicado en proyectos espaciales, definió así su tarea: «Estamos ampliando las fronteras del conocimiento. En todo campo científico hay que aventurarse hacia lo deconocido; no siempre se puede predecir lo que se va a obtener. Pero estoy segurísimo que con el trabajo que hacemos ahora y en el futuro, se desarrollará algo valioso para la humanidad; y EEUU obtendrá beneficio en lo militar y económico».

Una auténtica odisea 

El general Yates acaba su entrevista afirmando que «Al final, conseguiremos sobrepasar el límite de todo con lo que hemos soñado». Esta parte subjetiva era un motor imprescindible, pues la misión de enviar un hombre a la Luna era una aventura de alto riesgo. 

Los primeros cohetes portando satélites explotaron. En el 62, Glenn orbitó la tierra gracias a cálculos sobre la trayectoria del vuelo todavía hechos a mano. En 1964, la sonda Ranger 7 se estrellaba contra la superficie lunar incapaces aún de controlar su aterrizaje, y sin embargo se consideró un éxito haberla llevado hasta allí. El director del proyecto decía entonces: «Estamos aprendiendo. Con la Ranger 6 erramos el punto de llegada en 29 kilómetos, con la Ranger 7 sólo nos hemos desviado 10 kilómetros». Una valoración que hoy parecería una imprecisión como para descartar la misión.

Cuando la nave Apolo 8, a mediados de 1969, con tres astronautas a bordo fue puesta en órbita lunar y rodeó su cara oculta por vez primera, la central de la NASA estuvo 30 minutos sin conocer si todo iba bien o los tres pilotos estaban rumbo a perderse en la Galaxia. Incluso las comunicaciones de radio también se interrumpían cada vez que se pasaba el control a una de las tres estaciones de seguimiento (Australia, California y España). Para esta fecha aún no era posible alunizar, así que el viaje fue de ida y vuelta sin parada. Y aún estábamos en la primera ocasión que un ordenador hacía todos los cálculos. Para establecer la posición, la velocidad y la dirección del Apolo 8, los astronautas contaban con un telescopio y un sextante (como los marinos del siglo XVII) que se apoyaba en los ángulos de agunas estrellas y el horizonte de la Tierra o de la Luna.

El astronauta Borman, abandonando la atmósfera a 38.000 km/hora, se vio obligado a improvisar una maniobra manual para separarse de uno de los módulos de combustible que se desprenden en cada fase: «… está muy cerca. Escupe por todas partes (restos de combustibe), parece un aspersor de agua gigantesco», avisaba por radio a Houston.

En pleno viaje a 400.000 kilómetros de la Tierra descubrieron que el compuesto gaseoso usado para sellar las ventanas se solidificaba en el vacío del espacio y se depositaba entre las capas de vidrio empañando la visión.Y para regresar a la Tierra, aprovechando la gravedad lunar, los pilotos debían hacer una delicada maniobra de ajustar su altura durante su última órbita, al pasar por la cara oculta, es decir sin poder conectarse con el centro de control. El objetivo estaba apurando etapas con unos medios aún limitados para la misión.

Con razón un niño escribió en esa fechas a la NASA: «Deseo ir al espacio, y quiero hacerlo mientras sea lo suficientemente joven para no tener miedo al peligro».

Apolo 11. La huella

Tras diez misiones Apolo que fueron abriendo camino, la llegada de una sonda rusa a la superficie lunar aceleraba la necesidad de posar astronautas norteamericanos para ganar la carrera. Eran mediados de 1969, apenas unos meses después de los problemas superados por el Apolo 8. 

Los tres pilotos de la misión iban a pasar algo más de ocho días en el módulo de mando de la nave Apolo, que les ofrecía de espacio lo mismo que un automóvil medio actual. Y algo más pequeño aún era el tamaño del módulo lunar que descendería a la Luna. 

Sus trajes espaciales se habían previsto para protegerles; pero se exponían a la radiación y a resistir los micrometeoritos que iban a impactar contra ellos a una velocidad treinta veces al de una bala de rifle. No muchos meses antes de la partida se consguió que los trajes fuesen autónomos, sin tener que estar unidos por tubo a la nave para tener oxígeno. 

Para valorar las limitaciones tecnológicas del momento recordemos que una de las tareas de Amstrong fue recoger muestras de rocas lunares pues no existia la capacidad actual de que naves no tripuladas hiciesen ese trabajo por control remoto; y otra colocar un espejo que permitiera reflejar un láser enviado desde la tierra para perfeccionar las mediciones de distancia. 

A su vuelta, un geólogo de la NASA  reconoció que «…el estudio de las rocas revelaron que ninguno de nosotros había estado en lo cierto sobre nuestras ideas de la Luna».

Y aún con todo la misión se puso en marcha.

Los cálculos tenían un margen de error que les llevó lejos del lugar elegido para alunizar y la maniobra se tuvo que finalizar manualmente, consiguiendo posarse en el límite, cuando sólo les quedaban 5 segundos de vuelo antes de agotar el combustible.

Esta vez EEUU amortizó la propaganda desde el primer minuto. El alunizaje se retrasmitió por televisión. Las fotos de la huella sobre el polvo lunar, o las imágenes de los saltos de los astronautas fueron icónicas. Era la primera vez que la humanidad presenciaba en directo uno de sus grandes descubrimientos. En palabras de un artículo de la época: «la aventura más ampliamente compartida de toda la historia».

Disputa abierta

El control del espacio abría un salto en la capacidad militar sobre el planeta: la vigilancia, las comunicaciones, la guía de misiles, el posicionamiento para navegar a ciegas… La carrera espacial se convirtió en una parte esencial de la Guerra Fría entre los EEUU y la Unión Soviética por dirigir el Mundo. La URSS había abandonado el socialismo y comenzaba a disputar cada palmo de terreno a la potencia vencedora de la Segunda Guerra Mundial. En lo militar, la capacidad nuclear se basaba en poder lanzar misiles balísticos intercontinentales, que ambos países habían heredado de los conocimientos técnicos desarrollados por Herman Oberth y el equipo de von Braun en la Alemani nazi (su cohete Saturno V propulsó los viajes Apolo).

En la efervescente década iniciada (ver cuadro) las potencias no podían perder la batalla del espacio.

La inmensa inversión necesaria para sostener el pulso por el dominio del mundo pasaba también por un costoso programa espacial. Y el objetivo de llegar a la Luna cumplía el papel de unir a toda la población estadounidense en torno al enorme esfuerzo común que suponía detraer los miles de millones necesarios en otros campos. Esfuerzo del que las grandes potencias obtendrían inumerables avances tecnológicos que (en mucha mayor medida EEUU) fueron capaces de transferir a sus monopolios industriales, proporcionándoles patentes y avances para que liderasen ramas enteras de la producción.

Finalmente también era una forma de «poder blando», de obtener una capacidad de seducción para el conjunto del planeta que facilitase el alineamiento de todas las naciones con una u otra superpotencia. 

Baste recordar que nada más regresar de su salida al espacio, Gagarin fue enviado a una gira mundial, donde era recibido por miles de personas en las calles de Londres como de Brasilia…. de uno a otro rincón del Planeta el cosmonauta ruso era un héroe. EEUU no revirtió ese éxito propagandístico hasta que Amstrong pisó la superficie lunar.

Otra guerra marcó el final

Justamente en otra batalla decisiva durante la Guerra Fría, la crisis abierta por la derrota norteamericana en Vietnam, obligó a  EEUU a clausurar el proyecto Apolo en 1972. 

El relevo ya lo retomaron una década más tarde los transbordadores espaciales y  las estaciones de investigación en órbita. Eran el reflejo de otra etapa en la disputa Washington-Moscú: el proyecto de Guerra de las Galaxias durante el mandato del presidente Reagan.  

Seguramente el próximo hombre pisando la Luna que veamos sea como punto álgido del actual programa espacial chino, otro símbolo de los cambios en el Mundo.

Un década en ebullición

China está en plena Revolución Cultural, que se proyectó a todo el movimiento comunista y  revolucioanrio del planeta. Decenas de países colonizados (Argelia, Jamaica, Guinea, Botsuana, Barbados, Burindi, Samoa, …) se independizan de su vieja potencia imperialista (Inglaterra, Francia, Bélgica…).

EEUU comienza a promover golpes de estado en Iberoamérica, África y Asia, y la URSS hace lo propio. Ambos se infiltran y apoyan diversos grupos guerrilleros. Dos potencias hegemonistas disputándose cada nación remueven el mundo.

En 1961 fracasa en la Bahía de Cochinos el intento de invasión de Cuba por EEUU con mercenarios. Se comienza a construir el Muro de Berlín. En 1962 estalla «la crisis de los misiles» por la instalación de lanzaderas rusas en Cuba. El mundo contuvo el aliento. En el ’63 es asesinado Kennedy y un años más tarde EEUU entra en  guerra en Vietnam. 

Los luchadores por la independencia nacional respecto de ambas potencias son encarcelados (Mandela) o asesinados (Che Guevara, Lumumba)… y con ellos líderes pacifistas y por los derechos de minorías (Luther King, Malcom X).

Mientras el movimiento de contestación a la Guerra de Vietnam se extiende por el planeta, Mayo del ’68 estalla en París y en Praga, reprimidos a uno y otro lado del Telón de Acero.

Al límite

Los pioneros de la exploración espacial, como en casi todos los grandes descubrimientos, consiguen sus gestas atreviéndose más allá de la certeza de un éxito que no está asegurado al comienzo de su aventura.

Yuri Gagarin sobrevivió a un fallo en la reentrada en la atmósfera del que se salvó en el útimo segundo, y después por un error del sistema de frenado, expulsado de su nave cayó en una zona rural a cientos de kilómetros de donde estaba previsto el aterrizaje. Una campesina y su nieta  fueron quienes encontraron a Gagarin con su traje espacial y su gran casco:

  • «¿Vienes del espacio?», preguntó la anciana.
  • «Ciertamente, sí. Pero no se alarme, soy soviético»

Un comentario sobre “Flying to the Moon”

  • Magnífico resumen de la gran gesta. Yo soy de los que opina que la hazaña hispánica cerrando el planeta y uniendo a todos sus habitantes hace 500 años y esta inmersión en lo extraterrestre son dos hitos históricos difíciles de igualar. A pesar de ello tengo desde hace algún tiempo la triste sospecha de que en los tiempos que corren, con los fakes, las postverdades y los grupos de borrachos pegando voces en una taberna (frase atribuida a Umberto Eco para definir lo que son las redes sociales) cada vez hay más ciudadanos/as que se abonan a la duda sobre la verdad de lo que ahora se celebra en su cincuentenario, es decir, se apuntan a la versión «todo fué un montaje de Stanley Kubrick». En fin, siempre será así, la ciencia necesita recursos de todo tipo en cantidades ingentes para irse abriendo paso entre las mentalidades del personal, pero basta que un par de imbéciles cuelguen un aborto mediático en alguna red para que millones de terrícolas les crean a pies juntillas sin necesidad de ninguna comprobación sensata. En fin, ¡alea iacta est!

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