Literatura

William Ospina, premio Rómulo Gallegos

El premio de novela Rómulo Gallegos es junto al Juan Rulfo (otorgado en Méjico, y ahora denominado Premio de la Feria Internacional del Libro, a causa de una estúpida querella) uno de los dos grandes premios literarios que se otorgan en Hispanoamérica. Creado en Venezuela en 1964, inicialmente era quinquenal, y sus primeros ganadores fueron Mario Vargas Llosa, Gabriel Garcí­a Márquez y Carlos Fuentes. Más tarde se hizo bianual e incluyó a escritores de lengua española de ambos lados del Atlántico. Tres escritores españoles lo han ganado hasta hoy: Javier Marí­as, Enrique Vila-Matas e Isaac Rosa. Este año el prestigiosos galardón ha ido a las manos del poeta, ensayista y escritor colombiano William Ospina, por la segunda entrega de su apasionante relato sobre la conquista: “El paí­s de la canela”.

No conozco mejor forma de introducir a William Osina que estas dos citas que siguen. En 2005, cuando publicó su primera novela, "Ursúa" (de la que "El país de la canela" es una especie de continuación, o mejor dicho, la segunda parte de una obra concebida como una trilogía), García Márquez dijo de él que era "el libro más importante del año". Tampoco su compatriota Fernando Vallejo se quedó atrás en el elogio: "No sé de nadie -dijo- que esté escribiendo hoy en día en español una prosa tan rica, tan inspirada y tan espléndida como la de William Ospina. Se ha convertido en uno de los mejores escritores de Colombia y del idioma"."Ursúa" fue, en efecto, la primera novela de este poeta, crítico, traductor y ensayista colombiano, una novela que proponía un relato "distinto" de la conquista, menos épico, sin hagiografía, más realista y humano. Contra lo que han dicho algunos, Ospina no buscaba en "Ursúa" un ajuste de cuentas con la historia, ni un juego de revanchas desde la otra orilla. Pero sí un "ajuste de cuentos" (de los relatos asumidos) y de los "lenguajes" (entre el lenguaje casi urbano de los conquistadores mesetarios, frente al lenguaje exhuberante del nuevo mundo).En "Ursúa" -un relato que combinaba una documentación exhaustiva de la historia con un lenguaje poético- Ospina se valía de un narrador mestizo que prestaba su voz y su perspectiva singular a las hazañas y crueldades de "su amo", y que reconstruía de una forma fragmentaria los recuerdos y las historias que Ursúa le va relatando: desde su nacimiento en Navarra, su embarque con 17 años para América en busca de oro y aventuras, la fundación de Pamplona (en un territorio que todavía no es Colombia), las incontables guerras que desencadenó contra los indios y esclavos y su embarque en la expedición del río Marañón, en busca de El Dorado. El narrador será testigo de su muerte a manos de sus propios hombres: aunque, en cierta forma, admira a Ursúa, detesta la crueldad de sus guerras.En "El país de la canela", un veterano de la travesía de Orellana por el río Amazonas en 1542, da cuenta de esta nueva aventura. Siguiendo las órdenes de Gonzalo Pizarro, el capitán Orellana y cincuenta de sus hombres construyeron en la selva el bergantín "San Pedro" y bajaron en busca de alimentos por ríos tributarios del Amazonas, al cual bautizaron así en esta expedición y a cuya desembocadura en el Atlántico llegaron ocho meses después de haberlo navegado en toda su extensión. En ese tiempo Orellana y sus hombres vivieron una verdadera "odisea": construyeron un segundo barco, el "Victoria", vieron "monos diminutos de caras leonadas", encontraron "s acuáticos de hocico puntiagudo", navegaron ríos verdes y rojos, lucharon contra varias tribus, fueron acogidos por otras y oyeron la historia de la reina Karanaí y su reino de mujeres que no se casan, matan a los bebés que nacen varones, reciben tributos de los pueblos vecinos y son las más feroces guerreras de la selva.Bordeando la costa brasileña, la expedición regresó finalmentea la isla Margarita para enterarse de que su capitán -el autor de aquella proeza- era considerado un traidor, y sus hombres unos aventureros, puros deshechos. El sueño de encontrar "El país de la canela" -tal y como lo relata Ospina- no fue menos delirante que el de encontrar El Dorado.Como en "Ursúa", el narrador -aunque prisionero de lo fascinante de la aventura- no deja de reflexionar sobre la inutilidad de la empresa conquistadora y sobre el alto precio en vidas indígenas que se está cobrando, pero también sobre lo enigmático de la existencia de las tribus amazónicas y sobre lo inescrutable que resulta la selva.Ahora que Hispanoamérica comienza las celebraciones de sus 200 años de independencia, la lectura de estas dos impresionantes novelas de Ospina pueden ayudarnos a recuperar el origen de una historia común, vista a través de unos ojos nuevos, los ojos de la América mestiza. ¡Enhorabuena, Ospina!

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