Washington gana las elecciones en Brasil

El ultraderechista Jair Bolsonaro ha ganado las elecciones con un 55% de los votos, en unos comicios marcados por un clima extremadamente polarizado y tenso, producto de un largo proceso golpista que la oligarquía y el hegemonismo norteamericano han perpetrado para recuperar el control de Brasil e impedir a toda costa que el PT volviera a tener el gobierno.

Nadie lo hubiera adivinado hace solo unos meses, pero Bolsonaro, un ex-militar de extrema derecha, ultrareaccionario, racista, misógino y homófobo, además de admirador de la dictadura brasileña y partidario de la tortura y la brutalidad policial, es el nuevo presidente de Brasil. En la segunda vuelta se ha alzado con el 55% de los votos, mientras que su oponente, el petista Fernando Haddad ha obtenido el 44%.

Antes que nada es necesario hacer números. Bolsonaro ha ganado, pero Brasil no se ha vuelto de ultraderecha. De un censo de 147 millones de votantes, el ganador ha obtenido 57,8 millones de votos, el 39,2%, mientras que Haddad ha sacado 47 millones (32%) y el voto blanco, nulo o la abstención 42,5 millones. Aunque ha ganado Bolsonaro, no lo ha hecho con el voto de la mayoría.

Estas no han sido unas elecciones más en Brasil. Ni siquiera pueden compararse con las anteriores, en las que Dilma Rousseff se impuso en un clima de bronca creciente. Estas son las elecciones en las que los sectores más reaccionarios y vendepatrias de la oligarquía brasileña y los halcones de Washington -dirigidos por la administración Trump- han puesto encima de la mesa todo su poder para conseguir este resultado.

Han activado toda su formidable batería de medios de comunicación, todos sus instrumentos de intervención política, todo su control de los jueces, fiscales y policía judicial brasileña (muchos de ellos formados y entrenados por el FBI) para crear un gigantesco clima de opinión “anti-corrupción” contra el PT.

Porque ese era el verdadero objetivo: impedir, al precio que fuera y con el candidato que fuese, que el Partido de los Trabajadores retomara las riendas del Palacio de Planalto.

El impeachment golpista que desalojó a Dilma Rousseff en 2016 tuvo como directora de orquesta a la embajadora de EEUU en Brasil: Liliana Ayalde. La misma experta en golpes blandos que ocupó la embajada de Paraguay en vísperas del derrocamiento “institucional” de Fernando Lugo en 2012. Los cables interceptados por Wikileaks en aquella época revelan que Michel Temer -entonces vicepresidente de Dilma y pieza clave de la conjura interna- mantuvo una constante comunicación con la Embajada de EEUU en Brasil para intercambiar información clasificada como “sensible” y “solo para uso oficial”.

Derribada Rousseff y colocado en Planalto Michel Temer -un personaje tan impopular como entregado a destruir los logros sociales de los gobiernos del PT y a entregar las riquezas del país a las grandes familias oligárquicas y al capital extranjero- el siguiente paso fue asegurarse de que Lula y su enorme prestigio no pudieran recuperar el gobierno en las urnas

Una farsa judicial dirigida por el magistrado Sergio Moro -calificada por numerosos juristas brasileños e internacionales como un ejemplo puro de lo que se conoce como ‘lawfare’: la mala utilización y el abuso de las leyes con fines políticos- consiguió meter en la cárcel al expresidente, y después inhabilitarlo como candidato a pesar de tener un enorme tirón electoral.

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