60º aniversario de la revolución cubana

¿Una revolución sin protagonistas?

La voluntad de conquistar y mantener a toda costa la independencia política es la más valiosa enseñanza que la revolución cubana

Todos los reportajes que han conmemorado el 60º aniversario de esta efeméride insisten en que ya no queda nada de lo que fue. Afirman que el mundo no es el mismo, entonces inmerso en plena Guerra Fría, y que no es posible, ni siquiera deseable, desengancharse por completo de EE.UU. en un mundo ya globalizado. ¿Tienen razón o bajo esos argumentos se oculta lo que, a pesar de los cambios, sigue siendo la cuestión clave, en 1959 y en 2018?

¿Residuo de la Guerra Fría o avanzadilla del mundo actual?

En los primeros días de este nuevo año, uno de los editoriales del periódico El País, titulado “Cuba, 60 años después”, concentraba la visión que hoy se difunde sobre la revolución cubana, afirmando que “la llegada al poder de Fidel Castro” solo se pudo producir “en el punto álgido del enfrentamiento ideológico entre Estados Unidos y la Unión Soviética”. Esta es una posición ampliamente extendida, y no solo entre “la derecha”. A pocos días de la muerte de Fidel Castro, alguien como Juan Carlos Monedero se lamentaba de que hoy “ya nadie escribirá [en apoyo a la revolución cubana] como hicieron Galeano o García Márquez con Fidel. Es una época que se está marchando.” Y añadía que, tras la implosión soviética, que actuaba como contrapeso frente a EE.UU., revoluciones como la cubana son ya imposibles.

En esta visión dominante hay una falsedad y un protagonista convenientemente borrado. En primer lugar, no es verdad que la revolución cubana fuera “un producto de la Guerra Fría”, del enfrentamiento entre dos superpotencias como EE.UU. y la URSS. En noviembre de 1956 nadie esperaba una revolución en Cuba. Hacía cuatro años que Fulgencio Batista había sido entronizado como dictador, mediante un golpe de Estado organizado por la CIA. Era una más de las intervenciones estadounidenses en una isla que, desde 1898, Washington gobernaba poco menos que como un protectorado. Por otra parte, en Moscú, los nuevos dirigentes del Kremlin, encabezados por Kruschev, abogaban por “la coexistencia pacífica” con EE.UU., una fórmula que subvertía bellas palabras con el objetivo de garantizarse un periodo de estabilidad que les permitiera dedicar todos sus esfuerzos a un acelerado programa de rearme. Es en esas condiciones cuando, el 25 de noviembre de 1956, un destacamento de 82 revolucionarios, comandados por Fidel y Raúl Castro, Camilo Cienfuegos y Ernesto “Che” Guevara, partieron desde México a bordo del Granma para desembarcar en Cuba. Su objetivo era derrocar al corrupto y dictatorial gobierno de Fulgencio Batista. No fue un “producto de la Guerra Fría”, sino una rebelión que caminaba a contrapelo, tanto de los intereses de Washington como de los de Moscú. No estuvo mediatizada por la disputa entre potencias extranjeras, sino que tenía vida propia, hundiendo sus raíces en la declarada voluntad de independencia del pueblo cubano.

Y aquí es donde nos encontramos con un “olvido” que vuelve a ofrecernos una versión falsificada de la historia. Al concentrar, para atacarlos o para idolatrarlos, toda la atención en “los barbudos” (los guerrilleros que tras desembarcar en Cuba se refugiaron en la Sierra Maestra), se oculta al protagonista principal de esta historia: el pueblo cubano. No es verdad que la iniciativa de un pequeño grupo de guerrilleros sacudiera desde Sierra Maestra las conciencias, cambiando la historia de Cuba. Quienes viajaron en el Granma estaban organizados. Formaban parte del Movimiento 26 de Marzo, que agrupaba a diferentes corrientes y partidos (Movimiento Nacional Revolucionario, Partido Ortodoxo, Acción Nacional Revolucionaria, etc.), unidos en el combate a la dictadura y a la escandalosa intervención estadounidense. Dicho movimiento se había extendido, especialmente entre la juventud revolucionaria, al calor de las movilizaciones populares contra un gobierno de Batista cada vez más corrupto y represivo, sostenido por el apoyo de Washington. Cuando los guerrilleros del Movimiento 26 de Marzo se refugiaron en Sierra Maestra, Batista envió allí a las mejores tropas del ejército. La lógica dictaba que debían haber sido exterminados con facilidad. Sin embargo, los revolucionarios derrotaron una y otra vez al ejército, no solo resistiendo, sino que fueron capaces de pasar a la ofensiva, tomando la ciudad de Santa Clara. Cuando los revolucionarios tomaron la segunda ciudad del país, Santiago de Cuba, el gobierno de Batista se desmoronó, el dictador huyó a Santo Domingo y la revolución triunfó.

La razón de esta “sorprendente” victoria, a solo 100 kilómetros de las fronteras de la superpotencia, está en el apoyo, la organización y la movilización popular. En Sierra Maestra, los revolucionarios se ganaron a una población abandonada a su suerte durante siglos. En las ciudades se organizaron movilizaciones y campañas de ayuda a quienes combatían en la sierra. Que “los barbudos” fueran recibidos con júbilo en cada ciudad que tomaban no era un hecho insólito: los estaban esperando. Si la revolución cubana hubiera sido obra únicamente de un pequeño grupo no hubiera triunfado, y mucho menos estaría celebrando 60 años en el poder.

Pero, además, podemos decir que, lejos de ser un “rescoldo del pasado”, la revolución cubana fue en realidad una avanzadilla del mundo actual. Suele presentarse el triunfo de la revolución en Cuba, en 1959, poco menos que como un rayo en el cielo sereno del dominio estadounidense tras la segunda guerra mundial. La realidad es otra muy diferente. De 1945 a 1965, hubo dos décadas de victoriosas luchas de los pueblos, que sacudieron los cimientos de todo el orden imperialista. Desde la revolución china en 1949 a un sinfín de países que en Asia y África conquistaron su independencia, liquidaron el colonialismo y dieron origen a un Tercer Mundo cuya fuerza, en medio de ataques y convulsiones, no ha parado de crecer.

Es ese movimiento general, que recorre todo el planeta, el que alimentó e impulsó la revolución en Cuba. Todo esto no forma parte del pasado, sino del rabioso presente. En esas luchas, en esas victorias de los pueblos, se estaba configurando el mundo actual. Uno en el que, a pesar de toda la fuerza de los grandes imperios, encabezados por EE.UU., los pueblos siguen avanzando y conquistando terreno. Eso es precisamente lo que quieren que olvidemos.

Grillos estadounidenses y constituciones soviéticas

En septiembre de 2017, el gobierno de Donald Trump retiró de la embajada estadounidense en Cuba a todo el personal no esencial. El motivo fue la acusación a las autoridades cubanas de haber perpetrado un “ataque sónico”, que habría causado graves daños a 20 diplomáticos. Se presentó como prueba principal una grabación con estridentes ruidos, atribuidos a la acción de sofisticadas armas que emitían sonidos o microondas. La Universidad de California en Berkeley ha desvelado por fin el origen de la peligrosa arma utilizada por Cuba contra EE.UU.: se trataba del canto de grillos antillanos, de la especie anurogryllus celerinictus.

Esa es la parte cómica de los ataques perpetrados por Washington contra Cuba, fabricando escandalosas fake news, pero existe también una cara trágica: la de un terrorismo, instigado desde la CIA y el FBI, que ha provocado cerca de 3.000 cubanos muertos como consecuencia de atentados y actos de sabotaje. Solo en los primeros años de la revolución, y según documentos desclasificados por el propio gobierno estadounidense, la superpotencia perpetró 110 atentados con dinamita, detonó 200 bombas, provocó 950 incendios y 6 descarrilamientos, y ejecutó más de 50 bombardeos con napalm y fósforo blanco sobre poblaciones cubanas de la costa, lo que culminó en el fallido intento de invasión en Bahía Cochinos.

Junto a los “grillos estadounidense”, estos días hemos conocido los restos de otra injerencia exterior en Cuba. Ha sido a raíz del proceso de reforma de la Constitución, cuya propuesta debe ser refrendada en referéndum el próximo mes de febrero. Dicha Constitución está vigente desde 1976 y es, sino una copia, sí un remedo de la constitución soviética en pleno Caribe. Cuando los dirigentes cubanos se entregaron a Moscú, traicionaron la revolución. Cuba dejó de ser un país independiente para pasar a actuar, en Angola o en Hispanoamérica, en función de los intereses de expansión soviéticos. No era un destino inevitable. La revolución había triunfado sin recurrir al venenoso apoyo de ninguna potencia extranjera; por eso La Habana nunca fue un mero títere de Moscú, sino que mantuvo un margen de autonomía.

Frente a las posiciones que sitúan la caída de la URSS como el más serio contratiempo al que tuvo que hacer frente Cuba, en realidad fue una bendición. El país recuperó su independencia perdida, aquella por la que se levantó en 1959, y pudo jugar un papel como referencia antiimperialista para el movimiento de lucha contra la dominación estadounidense que ha recorrido en las últimas dos décadas todo el mundo hispano. Muy por encima de cualquier otra consideración, la voluntad de conquistar y mantener a toda costa la independencia política es, de lejos, el mayor logro y la más valiosa enseñanza que la revolución cubana ofrece a todos los pueblos del mundo.

Un comentario sobre “¿Una revolución sin protagonistas?”

  • Lo mejor del artículo es que desmonta completamente el «foquismo» de Debray,o los libros de guerrilla urbana de los que hacía gala ETA o el grapo o grupos como las FARC.Sin el apoyo de todo el pueblo cubano organizado la guerrilla no dura ni un asalto.Toda una lección a aprender.Gracias De verdad

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