Abrir un debate sobre la alternativa frente a los recortes y el bipartidismo

Una nueva transición… ¿hacia dónde?

Nadie puede dudar que asistimos a un momento de cambio. Entre mucha gente progresista y revolucionaria se ha abierto el debate sobre cual es la alternativa que necesitamos para defender los intereses de la mayorí­a frente a los recortes y el dominio bipartidista. ¿Cuál es el contenido de las transformaciones que necesitamos? ¿A quién debemos enfrentarnos? ¿Por qué objetivos debemos luchar? ¿Qué es lo que tiene que cambiar en España? De la respuestas que demos a estas preguntas dependerá que la marea contra los recortes consiga de verdad sus objetivos.

Ante estas preguntas decisivas se abren varias respuestas. Una de ellas la acaba de plantear Pablo Iglesias, secretario general de Podemos, una de las fuerzas que es una parte importante del movimiento de lucha contra los recortes y el dominio del bipartidismo. En un artículo titulado significativamente “Una nueva transición”, afirma que las próximas elecciones generales son un momento excepcional que puede marcar “el inicio de un régimen político distinto”, donde “los protagonistas fundamentales de los cambios no sean las élites políticas y económicas, sino los ciudadanos”.” Si no podemos cuestionar las cadenas militares y económicas -la OTAN y el euro- que nos hacen dependientes de Washington y Berlín, ni tampoco los pilares del Estado oligárquico… ¿Entonces a que “nueva transición” podemos aspirar?”

Yo fui uno de los que celebraron los resultados de Podemos en las europeas, andaluzas o en las autonómicas y municipales. Pero entre revolucionarios, la unidad se fortalece sobre todo con la crítica, abordando franca y lealmente las diferencias.

Tiene razón Pablo Iglesias cuando afirma que “vivimos un momento excepcional”. El modelo político ya no podrá seguir asentado sobre dos fuerzas, PP y PSOE, que monopolicen el 80% de los votos. Y a partir del 15 de mayo de 2011 estalló una rebelión que no ha cesado de crecer, hasta trasladarse al terreno político en las europeas del año pasado y sobre todo en las pasadas autonómicas y municipales.

Efectivamente, todo esto sucede, pero quiero también plantear las diferencias con el relato que nos propone Pablo Iglesias en su artículo, y que considero decisivas para poder establecer la alternativa que el 90% necesitamos para defender nuestros intereses.

Hacer desaparecer al actor principalAcierta de pleno el secretario general de Podemos cuando comienza su artículo recordando “la genial Queimada de Guillo Pontecorvo”.

En Queimada, Gillo Pontecorvo, un director comunista, nos desvela la intervención imperialista, también detrás de algunos “cambios y transiciones”. Estableciendo que ningún cambio real puede suceder sin acabar en primer lugar con el dominio imperialista.

Leamos desde aquí nuestras propias “transiciones”. En el artículo de Pablo Iglesias se reproduce una posición muy extendida entre determinados sectores de la izquierda, al valorar que “nuestra exitosa Transición” fue “un proceso de metamorfosis pilotado por las élites del franquismo y de la oposición democrática que hizo que España pasara de ser una dictadura a transformarse en una democracia liberal homologable”. Recordando como la “correlación de debilidades” entre estas dos fuerzas forjó el pacto de la transición.

Claro que estos -las élites del franquismo y la oposición democrática- fueron actores de la obra de la transición. Pero si se pone solo el foco en los actores secundarios, y desaparece el actor principal, en realidad lo que se está contando es otra obra.

No se puede contar la transición, ni el curso el nuevo régimen democrático, sin colocar en primer plano a EEUU.Numerosos investigadores e historiadores han aportado una catarata de pruebas en libros, e incluso en películas o series de televisión, que desvelan aspectos claves de la intervención norteamericana en la transición.

La lucha popular provocó la quiebra del franquismo. Pero Washington intervino dirigiendo el proceso del cambio de régimen para que su dominio y capacidad de intervención saliera reforzada en la nueva democracia.

Existen algo más que dudas razonables acerca de que detrás de ETA, la mano ejecutora del atentado contra Carrero Blanco, el delfín de Franco que se negó tajantemente a aceptar la apertura del régimen que Washington demandaba para dar estabilidad a su dominio, estaba la CIA.

Y muchos de los hilos en la operación de “acoso y derribo” que obligó a dimitir a Adolfo Suárez, el presidente que se negó a aceptar la integración inmediata en la OTAN que EEUU exigía en los momentos álgidos de la Guerra Fría, vuelven a conducir hacia la intervención norteamericana sobre la política española.

La síntesis de los últimos 40 años de nuestra historia es que el hegemonismo norteamericano está secuestrando cada vez más la independencia y la soberanía nacional de España.

Después de Suárez se impuso como ley máxima de la política española que los distintos proyectos políticos que gobiernen no deberán salir ya de los estrechos límites que marca ser un peón del hegemonismo. Felipe González, Aznar, Zapatero y Rajoy serán los hombres encargados de ejecutarlo.

Este grado de intervención y control imperial -y no el “modelo económico neoliberal”- es el que ha permitido que en España se nos condene, junto al resto de PIGS, a sufrir un saqueo sin límites impuesto a golpe de mandatos del FMI o de la UE.

No se puede luchar contra los recortes ocultando al principal responsable de su ejecución, al hegemonismo norteamericano y su virrey alemán.

¿A quién nos enfrentamos?Para conseguir “un régimen político distinto”, Pablo Iglesias nos llama a “utilizar las instituciones públicas” para “disciplinar a nuestras oligarquías corruptas, improductivas y defraudadoras simplemente haciendo cumplir la ley”.Claro que la corrupción o la evasión fiscal son métodos de “robo” habituales en la actuación de muchos sectores de la oligarquía española. Evidentemente hay que poner coto a estos abusos, que ejecutan saltándose las leyes que nos obligan a cumplir a los demás.

Pero los principales bancos y monopolios españoles -Santander o BBVA, Telefónica o Repsol…- no encajarían entre esas “oligarquías corruptas, improductivas y defraudadoras” que es necesario “disciplinar”.Su explotación es perfectamente “legal”, porque las leyes actuales cumplen en primer lugar el papel de proteger su dominio y saqueo sobre el conjunto de la población.

Los límites que es necesario cuestionarPero donde se abren, a mi juicio, las diferencias más importantes con la alternativa que propone Pablo Iglesias en su artículo no es en lo que debe cambiar, sino en lo que se desliza que no debe, o que no se puede, cambiar.

En primer lugar cuando sitúa que “la incorporación a la OTAN terminó de consolidar nuestra transición”. O al afirmar que “las Fuerzas Armadas son más modernas en buena medida gracias a que se abrieron al mundo”.

¿Es que debemos considerar como un elemento positivo la dependencia militar hacia EEUU, porque contribuyó a democratizar y modernizar un ejercito anquilosado en el franquismo?

De la misma manera, en el artículo se afirma también que “en los próximos meses va a dirimirse en España, siempre con un ojo mirando a Europa, la forma en la que se resolverá la nueva Transición en marcha”. Coincidimos en enfrentarse a “la Europa antisocial” que ahora está atacando a Grecia. Pero diferimos en considerar que “aunque somos críticos respecto a lo que implica (…) entendemos que el euro es ineludible”.

También es significativo que en el artículo se salve de “la crisis orgánica” en España a las Fuerzas Armadas, que ya se han modernizado, o a la Monarquía, que ya ha emprendido la reforma tras la abdicación de Juan Carlos I a favor de Felipe VI.

Son justamente dos de los pilares principales del Estado que garantiza el dominio de la oligarquía y el imperialismo. Las Fuerzas Armadas porque, sigue siendo necesario recordarlo, en última instancia “el poder nace de la punta del fusil”. Y la monarquía porque es la institución que, lejos de las superficiales interpretaciones sobre un “rey florero” constituye la clave de bóveda de todo el entramado del Estado oligárquico.

Si no podemos cuestionar las cadenas militares y económicas -la OTAN y el euro- que nos hacen dependientes de Washington y Berlín, ni tampoco los pilares del Estado oligárquico que permiten a la clase dominante española imponer sus intereses sobre el conjunto de la población… ¿Entonces a que “nueva transición” podemos aspirar?

Claro que dentro de esos límites se pueden “cambiar muchas cosas”. Pero sabemos, como sintetizó magistralmente Lampedussa en El Gatopardo, que una de las principales máximas del poder en los momentos de transición es que “todo debe cambiar para que todo permanezca igual”.

Mucho más allá que los resultados electorales, incluso en las próximas generales, es en la linea que lo dirija donde nos jugamos si el viento popular y patriótico conquista de verdad sus objetivos o, como ocurrió en la transición, el hegemonismo y la oligarquía pueden reconducirlo al molino de sus intereses.

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