Un nuevo ciclo político

Los comicios del 26 de mayo no han sido únicamente un “superdomingo electoral”, donde confluían tres convocatorias o una “doble vuelta” de las generales, ni se estaba decidiendo solo la representación en el parlamento europeo o la distribución del poder territorial. Suponían el fin de un largo ciclo electoral donde, como sucedió en 2015 y 2016, iba a definirse una correlación de fuerzas política que determinaría los ritmos y formas en que podía seguir ejecutándose en nuestro país el proyecto de saqueo y degradación, que el hegemonismo y la oligarquía necesitan llevar más allá.

Visto de conjunto -en un cuadro general donde inevitablemente existen avances y retrocesos, luces y sombras- lo que ha sucedido es que, como plantean algunos analistas como J.A. Zarzalejos, “se ha abierto un ciclo de izquierdas”, marcado por el avance de una mayoría progresista que sigue jugando un papel  político clave.

Este “ciclo electoral” se abrió, no con las andaluzas del pasado diciembre, sino con el triunfo de la moción de censura que desalojó al PP de la Moncloa. Y ha tenido como cita determinante unas generales donde la movilización del voto progresista impidió la configuración de un “gobierno de los recortes” encabezado por el PP y en el que se incluyera Vox.

Lo que ha sucedido en las europeas, pero también en las autonómicas y municipales, debe leerse desde aquí.

El PSOE ha ganado las elecciones europeas, duplicando el número de votos de 2014, y con casi 12 puntos de distancia respecto al PP. Aumentando incluso -en 4 puntos, situándose por encima del 30%- el porcentaje de voto respecto a las generales de hace un mes. En las elecciones autonómicas, el PSOE ha sido la primera fuerza política en 10 de las 12 autonomías donde se celebraban elecciones, ganando en feudos históricos del PP como Castilla-León, La Rioja, Madrid o Murcia. Y en las municipales ha sido la fuerza más votada y con mayor número de concejales, superando en más de 1,5 millones de votos al PP.

Los resultados de las elecciones europeas, autonómicas y municipales van a influir en la forma en que acabe configurándose el nuevo gobierno. El retroceso de Podemos aleja la posibilidad de un gobierno de coalición, y refuerza la alternativa de un gobierno monocolor del PSOE, una adaptación del “modelo portugués”, la preferida por la dirección del PSOE.

La confirmación del retroceso electoral del PP -a pesar de haber conservado o ganado importantes enclaves como Madrid-, y el descenso de Vox -respecto a la ya contenida irrupción en las generales- confirma el rechazo social y evidencia los límites del proyecto que representa la dirección encabezada por Pablo Casado.

El PP ha evitado una sangría todavía mayor. Incrementando en 3,5 puntos su peso en el voto global respecto a las generales, ampliando así la ventaja respecto a Ciudadanos. Ganando la cualitativa batalla en el ayuntamiento y la comunidad de Madrid, tras haber conquistado el gobierno autonómico en Andalucía. O pudiendo incluso, a través de pactos, alcanzar la alcaldía en 12 capitales de provincia o en el gobierno autonómico de Aragón.

La fortaleza de los aparatos autonómicos y municipales o de su implantación territorial han beneficiado al PP. Así como el relativo cambio de discurso respecto a las generales, intentando limar las aristas más agresivas.

Pero los hechos evidencian que, a pesar de estos factores, el retroceso electoral del PP ha vuelto a manifestarse en estos comicios.

Si en 2015 el PP fue la fuerza más votada en 10 comunidades autónomas, ahora no lo ha sido en ninguna. El PP ha perdido 709.000 votos en las autonómicas, y 958.000 en las municipales. Ha retrocedido en todos los territorios, incluso en feudos históricos como Castilla-León o Galicia.

El retroceso de Vox es otra de las noticias significativas de estas elecciones. Ha perdido 1,3 millones de votos respecto a las generales, la mitad de los que obtuvo hace un mes. No solo es achacable a la diferente naturaleza de las dos citas electorales. Si cogemos el peso en el voto emitido, el retroceso de Vox vuelve a ser considerable, pasando del 10,26 al 6,2. Aunque pueda ser clave para formar gobierno en tres comunidades y 17 capitales, la irrupción de Vox en ayuntamientos y parlamentos autonómicos ha estado también por debajo de las previsiones. 

La línea que representa la actual dirección de Podemos ha sufrido un severo golpe en estas elecciones,

En cada una de las elecciones (europeas, autonómicas y municipales) y en todos los territorios, Podemos ha obtenido un sonoro fracaso el 26 de mayo.

En las elecciones europeas, a pesar de que han votado casi siete millones de personas más, Podemos ha perdido 556.000 votos. Es el resultado de sumar los que obtuvieron en 2014 Podemos e IU, que entonces se presentaban por separado y ahora lo han hecho de forma conjunta.

En las 12 autonomías donde se han celebrado elecciones, Podemos ha perdido 860.00 votos y 68 diputados autonómicos. Quedando fuera del parlamento en Castilla La Mancha, la única comunidad donde se había alcanzado un gobierno de coalición con el PSOE, con un vicepresidente de Podemos. En Castilla-Leon, los diez diputados de Podemos han quedado reducidos a uno. Y es especialmente significativo que en Madrid la candidatura de Errejón, abiertamente enfrentada a la dirección de Pablo Iglesias, haya obtenido más del doble de votos y casi tres veces más diputados que la de Podemos.

El retroceso en los llamados “ayuntamientos del cambio”, punta de lanza del poder territorial de Podemos, es un termómetro. No solo no se han beneficiado de ostentar el poder, sino que, de conjunto, han perdido casi 70.000 votos. De las seis alcaldías conquistadas en 2014 (tres en Galicia, A Coruña, Santiago y Ferrol, además de Zaragoza, Cádiz, Valencia, Barcelona y Madrid) solo se conservan dos, a la espera de lo que suceda en Barcelona. Quienes han resistido, ganando incluso votos, son los alcaldes más alejados de la dirección de Podemos, Joan Ribo en Valencia, de Compromís, y Kichi en Cádiz.

Los resultados de las europeas y municipales en Cataluña vuelven a confirmar la imposibilidad del independentismo para ganar un apoyo electoral mayoritario. Pero, al mismo tiempo, el primer puesto de la lista de Puigdemont en las europeas o la posibilidad de que el ayuntamiento de Barcelona caiga en manos de ERC, son elementos que contribuyen a mantener abierta en Cataluña la herida contra la unidad.

La victoria de la lista de Puigdemont en las europeas o el primer puesto de ERC en las municipales de Barcelona, que puede acabar otorgándole la alcaldía, ha activado otra vez el discurso de un “triunfo independentista”.

En las europeas, a pesar de haber obtenido casi 600.000 votos más en relación a 2014, y un incremento de 4 puntos de su peso respecto al voto global, los partidos independentistas vuelven a representar un 31,81% del censo, una cifra muy lejana de poder considerarse una mayoría.

Pero el auténtico peso del independentismo refleja en los resultados de las municipales, donde se decidía poder territorial efectivo. Contando las cifras de toda Cataluña, el indepedentismo ha retrocedido, pasando de representar el 45% del voto total al 42,34%. Una cifra que, si la comparamos respecto al censo se reduce al 27,27%.

Si en las europeas ha ganado la “lista de Puigdemont”, en las municipales ERC ha obtenido casi 300.000 votos más que JuntsxCatalunya, que ha perdido 130.000 votos respecto a los comicios de 2015. Este retroceso en el poder municipal, que ocupa un lugar clave en la política catalana, debilita la influencia de la línea más agresiva representada por Puigdemont.

Los datos de las municipales en la provincia de Barcelona, donde se concentra buena parte de la clase obrera y el pueblo trabajador, son expresión de los límites del independentismo en Cataluña. Las listas independentistas han retrocedido, pasando de suponer el 40,38% de los votos a solo un 36,47%, poco más de uno de cada tres.

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