Los pactos de EEUU con Irán y Cuba

¿Un giro hacia la cordura de la superpotencia?

En apenas unas semanas el mundo ha visto cómo caí­an dos muros, si no de la dimensión del de Berlí­n sí­ al menos de la suficiente importancia como para tener importantes repercusiones en el tablero mundial. Al principio de acuerdo alcanzado en Ginebra por el G5+1 con Teherán sobre el programa nuclear iraní­ le sucedí­a, quince dí­as después, el histórico encuentro entre Obama y Raúl Castro en la Cumbre de la Américas de Panamá. EEUU pone así­ fin a 34 años de aislamiento de Irán y 56 años de cerco sobre Cuba. Paí­ses que, hay que recordar, hace sólo 7 años estaban catalogados en la agenda imperial yanqui como miembros del “eje del mal”, es decir, enemigos irreconciliables a batir por cualquier medio. Ahora, sin embargo, en un giro de 180º han pasado a ser paí­ses con los que dialogar, negociar y reconocer sus intereses abriéndoles un hueco de participación en los distintos sistemas de alianzas del hegemonismo.

¿Qué ha ocurrido? ¿Obama “ha pulsado la tecla de reinicio”, como dicen algunos, porque es consciente del “desplome” de la superpotencia? ¿O se trata, como afirman otros, que llegado al final de su mandato, Obama está buscando dejar un “legado histórico” para la posterioridad?

Cómo suele ocurrir con muchos de los principales acontecimientos internacionales, contestar a estas preguntas exige dirigir la mirada a miles de kilómetros de distancia de donde se han producido los hechos. No es en Iberoamérica ni en el creciente fértil, sino en el Lejano Oriente donde está el origen de este giro brusco. “Los hechos demuestran que los pueblos avanzan y es el imperio quien retrocede”

La nueva “Ruta de la Seda” china, un desafío a la hegemonía norteamericana

A comienzos de marzo, el antiguo secretario del Tesoro con Clinton y asesor económico de Obama, Lawrence Summers, escribía un artículo en el Washington Post afirmando que “el mes pasado puede ser recordado como el momento en que Estados Unidos perdió su papel como garante del sistema económico global”.

La señal de alerta de Summers venía dada por la desbandada literal protagonizada por el grueso de las burguesías monopolistas occidentales (Inglaterra, Alemania, Francia, Italia, Suiza,… incluso la siempre sumisa España), acudiendo como moscas a panal de miel para participar como socios fundadores en el nuevo Banco Asiático de Inversión en Infraestructuras (BAII) patrocinado por Pekín, desoyendo las presiones y saltándose el veto impuesto por Washington.

El nuevo BAII, dotado con un fondo inicial de 100.000 millones de dólares, es la piedra angular, fundacional, de un proyecto con el cual China busca no sólo levantar una alternativa a la supremacía financiera yanqui y la hegemonía monetaria del dólar.

Es al mismo tiempo una brillante respuesta geopolítica al desplazamiento de EEUU para ocupar el papel de “pivote asiático”, con el que Washington pretende contener el ascenso chino encerrándolo dentro de las fronteras asiáticas.

De acuerdo a los términos de su nuevo enfoque estratégico, Estados Unidos se encuentra inmerso en un ciclo de intensificación de su poder político-militar en la región de Asia-Pacífico, espacio donde espera alcanzar su mayor despliegue a partir del año 2020. Para entonces, según las palabras del ex secretario de Defensa Leon Panetta cuando presentó la nueva doctrina de seguridad nacional, “el acceso abierto a los derechos globales en los espacios oceánicos” (Índico y el Pacífico) se verá resguardado por un despliegue militar que comprometerá el 60% de la flota oceánica yanqui, submarinos clase Virginia, aviones de combate F-22 y F-35, aviones de patrulla P-8, comunicaciones, misiles de crucero, guerra electrónica y armas de precisión. En resumen, a la condición de “protectorados” de Corea del Sur y Japón, Estados Unidos quiere sumar el papel de “re-equilibrador” de fuerzas política y militar frente al desafío a su hegemonía que implica el ascenso de China.

La respuesta china a esta amenaza ha sido levantar, en un tiempo sorprendentemente breve, el proyecto de la nueva Ruta de la Seda, cuyo eslabón clave en el terreno financiero lo constituye el BAII. Un ambiciosísimo proyecto que prevé unir e integrar a todo el continente euroasiático por vía terrestre y marítima desde Hong Kong hasta Lisboa, pasando por Asia Central y del sur, el Cáucaso, Rusia, Oriente Medio, África Oriental y Europa Central y Occidental. En él, se prevé invertir en la próxima década no menos de 8 billones de dólares en una vasta red de infraestructuras de todo tipo (puertos, aeropuertos, vías férreas, autopistas, nudos de comunicación, oleoductos, gaseoductos, redes de telecomunicaciones,…) que se desplegarían por todo el continente euroasiático, de oriente a occidente. Mientras Rusia, la UE y EEUU operan en Eurasia principalmente con instrumentos políticos que crean fricciones, choques y conflictos; China levanta un proyecto que ofrece beneficios para todos, dinero real -y no capital ficticio- y una exquisita neutralidad política en los asuntos internos de cada país que participe en él.

El proyecto de la Ruta de la seda, conocido también como “cinturón y ruta”, es una brillante y compleja jugada geopolítica que abre a China un corredor con el que no sólo escapar a los intentos de contención de EEUU, sino que de hacerlo con éxito, pondrá en una situación de jaque permanente a la hegemonía norteamericana.

Lo que hace China obliga a EEUU

Es esta respuesta de China la que está obligando al hegemonismo a acelerar los planes de desplazamiento de sus fuerzas hacia Asia-Pacífico. Necesita de forma cada vez más imperiosa y urgente concentrar todos sus esfuerzos en esta zona. Pero para hacerlo, previamente debe cerrar determinadas heridas abiertas en otras regiones del planeta que exigen mantener su atención y distraer sus fuerzas, impidiéndole concentrarlas en el “frente oriental”.

Esta es la razón última que explica los en apariencia sorprendentes movimientos de Obama en las últimas semanas. Neutralizar el conflicto con Irán como paso previo a intentar integrarlo en algún tipo de alianza flexible a varias bandas que permita “pacificar” en todo lo que pueda la explosiva situación de Oriente Medio. Normalizar las relaciones con Cuba y pasar a adoptar una nueva estrategia en Iberoamérica que rehuya el choque frontal y opte por erosionar internamente mediante sus mecanismos de intervención y subversión a los principales países del frente antihegemonista, como está haciendo ya con Venezuela, Brasil o Argentina.

Una política, sin embargo, que se enfrenta a poderosas contradicciones tanto internas como externas. Contradicciones internas en el seno de la burguesía monopolista yanqui, cuyos sectores más agresivos y relacionados con el complejo militar-industrial ya han puesto el grito en el cielo ante las “inadmisibles concesiones” de Obama a Irán y Cuba. Y cuyos primeros candidatos para la elección presidencial del próximo año han empezado a levantar banderas (“Haremos del siglo XXI otro siglo americano”) que parecen resultado más de una ingesta excesiva de sustancias psicotrópicas que de un reflexivo análisis.

En cierto modo, la situación de EEUU empieza a recordar -salvando todas las distancias- a la que se produjo en la Unión Soviética durante la década de los 80. De un lado, un sector de la clase dominante consciente de su declive y con un proyecto claro y relativamente viable de cómo ralentizarlo y mantener una posición preponderante aunque sea a costa de negociaciones y renuncias ante otros actores internacionales. De otro, un sector con un proyecto imposible, pero con la suficiente fuerza para obstruir y paralizar a la fracción contraria.

Contradicciones externas porque, como se ha puesto de manifiesto en la Cumbre de las Américas -donde Obama tuvo que “huir” del plenario nada más acabar la intervención de Raúl Castro ante la avalancha de denuncias y exigencias de que derogue inmediatamente el decreto contra Venezuela-, cada “concesión” del hegemonismo es tomada como lo que realmente es, una victoria de los países y pueblos, que cada vez más conscientes de la fuerza que les da la unidad para la defensa de su soberanía, no se conforman y buscan ir mucho más allá.

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