Negociaciones imperialistas entre Washington y Moscú para repartirse Ucrania

Ucrania: entre el martillo de Putin y el yunque de Trump

Asistimos a una impúdica negociación en la que la superpotencia norteamericana y la Rusia imperialista están repartiéndose las áreas de influencia y los territorios de Ucrania

Los EEUU de Trump y la Rusia imperialista de Putin siguen negociando a puerta cerrada -sin contar con el gobierno de Kiev ni con las autoridades europeas- el futuro de Ucrania, su futura partición territorial y el reparto de sus recursos naturales y áreas de influencia. Todo mientras la guerra -que ya dura más de mil días- sigue desplegándose en el campo de batalla, con Rusia logrando significativos avances en el Donbás al mismo tiempo que no deja de bombardear, con miles de misiles y drones, las ciudades y centros energéticos ucranianos.

«Las negociaciones transcurren de forma constructiva», ha informado la Casa Blanca acerca de la discreta cumbre sobre «el fin del conflicto en Ucrania» que comenzó el 20 de diciembre en Miami entre el emisario del Kremlin, Kiril Dmítriev, y los representantes estadounidenses, Steve Witkoff y el propio yerno de Trump, Jared Kushner.

En la última ronda de negociaciones, y entre otras cosas Trump le «ofrecía» a Putin… quedarse la totalidad de los territorios de Crimea, y del Donbás (Lugansk y Donetsk), algo que es justo lo que el Kremlin exige desde el primer momento. A cambio, Rusia abandonaría los territorios de Jersón y Zaporiyia, pero no retornándolos a Ucrania, sino dejándolos como una zona neutral y desmilitarizada.

Nuevas bailarinas rusas. Marco De Angelis (Italia)

Además, Trump ofrecía una «amnistía total» de los crímenes de guerra cometidos por Rusia, y se aseguraba el lugar preferente en el negocio de la reconstrucción de Ucrania tras la guerra, a cambio de que Kiev otorgara a las grandes empresas de Wall Street la gestión de las centrales energéticas y de la extracción de minerales y recursos naturales del país.

Una impúdica negociación en la que la superpotencia norteamericana y la Rusia imperialista están repartiéndose las áreas de influencia y los territorios, las riquezas energéticas y minerales -hidrocarburos, tierras raras- de Ucrania, sin que el país y el pueblo invadido puedan decidir su destino.

.

Mil cuatrocientos días de invasión.

Cuando la brutal invasión rusa de Ucrania se encamina hacia su cuarto año -pasan ya más de 1.400 días- las cifras de muerte y destrucción son aterradoras. Según la ONU, desde el 24 de febrero de 2022, más de 14.500 civiles ucranianos han muerto, casi 39.000 han resultado heridos -aunque se sabe que esas cifras son a la baja, debido a la dificultad para un recuento exhaustivo de todos los casos debido al conflicto- y 10 millones de personas han huido de sus hogares, de los cuales el 90% son mujeres y niños.

En cuanto a las bajas militares, las cifras son mucho más inseguras, ya que ambos bandos las guardan como un secreto de Estado, tienden a tirar a la baja sus propios números y a magnificar los del enemigo. Investigaciones como las de la BBC o el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS) de EEUU hablan de entre 250.000 y 370.000 soldados muertos -junto a 700.000 heridos- en el bando ruso.

Las bajas ucranianas son menores -más de 400.000 militares entre muertos y heridos- pero el desgaste es mucho más significativo, debido a que Rusia tiene una reserva demográfica muchísimo mayor y puede recurrir de nuevo a levas obligatorias.

La situación en el campo de batalla es cada vez más desfavorable para los defensores. El pasado mes de diciembre Rusia conquistó la localidad de Síversk, un importante y estratégico nudo de comunicaciones en la región de Donestk que hasta ahora había sido clave para frenar su avance por el Donbás.

Todo ello en un contexto en el que EEUU ha reducido muy significativamente su apoyo militar a Ucrania, dejando en manos -y en los bolsillos- de la UE el coste de mantener el esfuerzo defensivo de Kiev. Tras descartar -por la negativa de Hungría (con un ultraderechista Viktor Orbán siempre velando por Putin), pero también por parte de Bélgica, por temor a represalias del Kremlin- usar los activos soberanos rusos congelados en la UE, unos 210.000 millones de euros, para financiar la urgente compra de material militar para Ucrania, Bruselas decidió emitir deuda conjunta mediante eurobonos (la misma palanca que en la pandemia) para recaudar hasta 90.000 millones de euros para Kiev en dos años.

Todos esos regalos o concesiones a Putin los hace Trump con un objetivo principal: atraer a la Rusia imperialista a su sistema de alianzas… para separarla de China y de los BRICS.

.

.

Putin, Ucrania y el proyecto imperialista ruso

No habrá ninguna otra operación militar [de Rusia contra otro país] si nos tratan con respeto, si observan nuestros intereses nacionales». Es una de las muchas cosas que dijo Putin en una rueda de prensa que duró cuatro horas y 38 minutos.

Rusia reclama para su explotación exclusiva un área de influencia equivalente al antiguo glacis soviético, del que Ucrania es la clave de bóveda.

En esa cita hay concentrado toda una ambición imperialista que va mucho más allá de la invasión de Ucrania. La traducción del ruso al lenguaje geopolítico quiere decir: «Rusia reclama para su explotación exclusiva un área de influencia equivalente al antiguo glacis soviético, del que Ucrania es la clave de bóveda. Todo eso -desde Bielorrusia al Cáucaso, junto a las repúblicas del Asia Central y buena parte del Ártico- es nuestro. Que nadie lo toque y volveremos a llevarnos bien».

La Rusia imperialista de Putin reclama su «derecho» a tener su patio trasero, su área de dominio y control exclusivo, de la misma manera que la superpotencia norteamericana exige su derecho -expresado hace más de un siglo por la ‘Doctrina Monroe’- de apropiarse de América Latina como su coto privado.

Una base de dominio, de territorio donde ejercer su explotación y control, equivalente más o menos al antiguo glacis soviético, que sirva de base a Rusia para convertirse en uno de los grandes poderes que dominen el nuevo orden multipolar que se está gestando. Y donde el dominio de Ucrania -o al menos del su parte oriental, junto al Mar de Azov y la península de Crimea- le otorgue proyección sobre Europa, el Mar Negro y el Mediterráneo, y desde ahí a Oriente Medio (Siria), el Magreb (Libia) e incluso hasta el Caribe (Venezuela, Cuba, Nicaragua…).

Putin y el Kremlin concentran así el proyecto de la clase dominante rusa, una burguesía monopolista heredera directa de la burguesía burocrática socialfascista y socialimperialista de la URSS, de la que conservan muchos de sus principales rasgos. Su procedencia de clase, junto a su incapacidad para competir en muchos sectores ya no sólo con EEUU o la UE, sino con China y las dinámicas economías asiáticas, les lleva a practicar, como en los tiempos de la URSS, un asfixiante control de la vida económica o política de Rusia.

La clase dominante rusa, una burguesía monopolista heredera directa de la burguesía burocrática socialfascista y socialimperialista de la URSS, de la que conservan muchos de sus principales rasgos.

Esos rasgos burocráticos, esa falta de competitividad y de dinamismo en lo económico, lleva a que la clase dominante rusa necesite «reservarse» un enorme “mercado cautivo”, donde ellos y sólo ellos puedan controlar la extracción de materia primas, el tráfico de mercancías o la oferta de servicios.

Un mercado cautivo que implica necesariamente el control autoritario de la información y la opinión pública, mutilar las libertades ciudadanas y los derechos civiles, y la promoción del más rancio ultranacionalismo y del culto servil a la autoridad. Para encuadrar a su propia población -y a la de los países que ansían dominar- en ese proyecto imperialista no les basta con el «poder blando», con la capacidad de seducir o de atraer mediante la cultura o la promesa de un mayor bienestar. Necesitan hacerlo mediante el pegamento de la amenaza de la agresión militar: «si no os sometéis, os invadiremos como a Ucrania y os aplicaremos la Doctrina Grozni».

Este es el proyecto del ajedrecista sangriento del Kremlin. Y está dispuesto a usar su poder militar para conseguirlo.

Y -a diferencia de cuando comenzó la invasión de Ucrania, en 2022- ahora tiene en la Casa Blanca a un presidente norteamericano dispuesto a darle numerosas concesiones: desde entregarle a Ucrania despiezada y maniatada, a rehabilitarlo política y diplomáticamente en la arena internacional, o usar las injerencias rusas sobre la UE como un conveniente elemento de miedo, encuadramiento de los vasallos de la OTAN, o de desestabilización y fractura del proyecto europeo.

Todos esos regalos o concesiones a Putin los hace Trump con un objetivo principal: atraer a la Rusia imperialista a su sistema de alianzas… para separarla de China y de los BRICS.

Deja una respuesta