Trump y el asedio de Washington

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No es de mucha utilidad especular sobre lo que sucederá en los próximos cuatro años. Simplemente multiplique las primeras cuatro semanas de Trump en el poder por la cifra que quiera y pregúntese durante cuánto tiempo el sistema de Estados Unidos podrá soportar la tensión.

En su primer mes como presidente, Trump ha declarado la guerra a las agencias de inteligencia y a los medios de comunicación. Parece que el poder judicial es su siguiente enemigo. En el Washington de Trump no hay término medio. O las fuerzas que están en contra del presidente lo derribarán o él destruirá el sistema. Yo creo que sucederá lo primero, pero no apostaría mi vida en ello.

El gabinete de Trump no es tranquilizador, a pesar que muchos de sus miembros son personas experimentadas. James Mattis, el secretario de Defensa, Rex Tillerson, el secretario de Estado, y Steven Mnuchin, el nominado para el secretario del Tesoro, son profesionales. Podemos no estar de acuerdo con sus prioridades, pero no tenemos ninguna base para cuestionar su control sobre la realidad.

Incluso la asesora Kellyanne Conway y el secretario de prensa Sean Spicer, ambos polémicos, probablemente encajarían bien si trabajaran para un presidente diferente. Trump podría poblar su administración con los funcionarios públicos más diligentes de Estados Unidos y eso no cambiaría lo más importante. Todavía se les requeriría ejecutar las órdenes de un hombre que divide el mundo en amigos y enemigos y nada en medio.

Robert Harward, el antiguo vicealmirante de la Marina que rechazó el puesto de asesor en seguridad nacional de Trump, es un presagio de lo que sucederá en el futuro. En cualquier circunstancia normal, alguien con los antecedentes de Harward habría aceptado sin dudarlo un puesto tan alto. Pero Harward no podía soportar la perspectiva: habría significado servir a un presidente que piensa que sabe más que sus generales sobre la guerra, más que sus espías acerca de la inteligencia y más que sus diplomáticos sobre el mundo. Los únicos con quienes Trump está de acuerdo son los que están de acuerdo con él. No se sabe cuánto tiempo tardarán las personas designadas por Trump a llegar a la misma conclusión. Hay una línea fina que separa el que uno cumpla su deber y el que sea humillado.

Las agencias de inteligencia estadounidenses ya parecen haber cruzado esa línea. Por lo menos nueve fuentes de inteligencia filtraron detalles al Washington Post sobre la llamada telefónica entre Michael Flynn y el embajador ruso. En parte lo hicieron sin duda como venganza por el desprecio con el que trató Flynn a los agentes de inteligencia, quienes acuñaron el término “hechos Flynn” cuando era jefe de la Agencia de Inteligencia de Defensa (DIA). Pero otro motivo fue la alarma profunda por un presidente que es muy displicente con los organismos de seguridad nacional del país.

Trump ha comparado la Agencia Central de Inteligencia (CIA) con la Alemania nazi y la ha acusado de trabajar para Hillary Clinton. En cambio, no tiene más que elogios para James Comey, el jefe de la Oficina Federal de Investigación (FBI), cuya intervención de última hora ayudó a inclinar las elecciones a favor de Trump.

El mensaje está claro: o uno es como Comey o será tratado como un enemigo. Es difícil imaginar que haya muchos funcionarios públicos que consideren a Comey un modelo a seguir. Algunos de ellos arriesgan sus vidas ganando salarios relativamente bajos para servir a su país. Trump no es su país.

Luego están los medios de comunicación mentirosos, la “Lügenpresse”, como los llaman los partidarios de Trump en referencia a la insinuación nazi. El jueves Trump sometió a los medios de comunicación a una diatriba de 80 minutos disfrazada de conferencia de prensa en la que los acusó de ser deshonestos, de que difundían “noticias muy falsas” y de que conspiraban para socavar su presidencia.

Su siguiente paso lógico será acusar a los medios de traición. En un tweet que luego eliminó, Trump dijo que los medios de comunicación eran un “enemigo del pueblo estadounidense”. Esto no puede terminar bien. Las amenazas de muerte anónimas contra muchos periodistas de Washington son ahora algo normal. Temo que con el tiempo esta situación dé lugar a violencia. Lo mismo se aplica a la judicatura. Los jueces que rechazaron la “prohibición a la entrada de los musulmanes” de Trump a principios de este mes también están recibiendo amenazas de muerte.

¿Dónde terminará esto? Los optimistas se aferran a la esperanza de que Trump cambie de rumbo. Si sucediera esto, limpiaría la Casa Blanca de instigadores como sus asesores cercanos Stephen Bannon y Stephen Miller y los sustituiría por personas experimentadas.

Es posible que dicha purga ocurra en algún momento. Incluso puede ser probable. Pocos asesores pueden sobrevivir mucho tiempo a la intensa presión de un demagogo. A menos que Trump se reemplace a sí mismo, el asedio seguirá.

Tampoco podemos contar con que sufra un trasplante de personalidad. Trump podría destinar el 95% de su tiempo a seguir el consejo de expertos y el 5% a obrar en contra de él. Y ese 5% sería el que seguiría dominando su agenda. Pero Trump no es un personaje reformable. Cuanto más asediado se siente, más arremete. Ahora dice que va a realizar una investigación sobre fugas de información y una purga de personas desleales relacionada con ellas.

Es difícil predecir cuánto tiempo se necesitará para resolver la batalla entre Trump y el llamado Estado profundo. También es difícil decir cuánto tiempo el Congreso republicano podrá soportar la presión. Como he dicho, multiplique las últimas cuatro semanas por tres, seis o nueve. El terreno neutral desaparecerá. Llegará un momento en que la situación se reducirá a una elección entre Trump y la constitución estadounidense.

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