Terremoto político en México

Con más de 30 millones de votos y un porcentaje del 53,2%, la aplastante victoria de López Obrador en las elecciones presidenciales del pasado 1 de julio marca un hito en la historia reciente de México. El candidato de la izquierda no solo aplastó a sus rivales, con una diferencia de más de 25 puntos sobre el candidato de la derecha, y de más de treinta sobre el del PRI, sino que alcanzó un dominio casi total de las dos cámaras legislativas mexicanas. Puede decirse sin temor a error, que el 1 de julio, un terremoto político de máxima intensidad sacudió todo México.

La victoria de López Obrador y de su coalición, aunque ya pronosticada por todas las encuestas, no solo quedó ratificada por las urnas, sino que estas añadieron un plus de contundencia a un resultado que, amén de abrir la presidencia y la gobernación del país a un candidato y a una coalición de izquierdas, ha dejado bien patente la necesidad y la urgencia de un cambio de rumbo general en la política del país.

Lo que la sociedad provocó el 1 de julio no fue el clásico cambio de rostro presidencial, sino un verdadero terremoto político, cuyas consecuencias aún es prematuro evaluar, pero que ya han abierto nuevas brechas y grandes expectativas.«Lo que la sociedad provocó el 1 de julio no fue el clásico cambio presidencial, sino un verdadero terremoto político»

De buenas a primeras, el resultado electoral ha dejado prácticamente reducido a escombros el viejo sistema político mexicano. Los dos grandes partidos que se alternaban en el poder, y eran la expresión de las corrompidas élites que han llevado a México de crisis en crisis, han quedado seriamente tocados. El partido de la derecha, el PAN (el partido de los expresidentes Fox y Salinas), que intentó la audaz maniobra de unirse en un frente a parte de la izquierda (el PRD, el viejo partido de López de Obrador, que este abandonó para fundar Morena, el partido que le ha llevado al poder), ha salido seriamente escaldado de la jugada. Con el 22,3% de los votos, Ricardo Anaya ha quedado segundo, pero a más de 30 puntos de distancia de López Obrador, quien además le ha vencido no solo en los estados tradicionales de voto izquierdista, sino en todo el norte y centro del país, que fueron siempre el granero principal de votos de la derecha. Las críticas a Anaya no se han hecho esperar, y una larga noche de cuchillos largos se teme en el interior del partido, que comenzó la campaña como uno de los grandes favoritos.

Pero el gigantesco batacazo de la derecha es incluso benigno si se compara con la debacle del PRI, el partido que gobernó México durante 70 años, arruinó todas las conquistas de la revolución, perdió el poder en 2000 y logró recuperarlo en 2012 con Peña Nieto. El candidato del partido que domina como nadie el fraude electoral y el acarreo de votos, se quedó esta vez en el 16,4%, a casi 40 puntos de Obrador y acarreó el peor resultado electoral de su historia. El golpe es tan duro que cabe plantearse si el partido podrá en el futuro levantarse de la lona tras semejante «gancho de izquierda». El PRI no ha hecho, por otra parte, más que cosechar el inmenso rechazo que se había generado en el país tras el sexenio nefasto de Peña Nieto, cuya gestión desaprobaba el 80% de los mexicanos, y que ha quedado como un verdadero símbolo de un sistema caduco y perverso que había que liquidar. Todos los problemas se han agravado en México durante su presidencia: aumentó la corrupción, la violencia, la impunidad, la pobreza y ha carecido de toda intención y voluntad a la hora de afrontar el inmenso desafío que representa para México un presidente como Trump al frente del vecino del norte. Es impredecible saber qué puede ocurrirle al PRI después de esta debacle, si será capaz en el futuro de levantar cabeza y volver a ser un partido de gobierno. De hecho, aún conserva el poder en importantes Estados y municipios, pero no le será fácil recuperar la credibilidad y levantarse después del K.O. sufrido. Si López Obrador consigue un cambio profundo en México y lleva a cabo con éxito su programa, el PRI podría llegar a quedarse sin suelo bajo sus pies.«El resultado electoral ha dejado prácticamente reducido a escombros el viejo sistema político mexicano»

En todo caso, el terremoto electoral del 1 de octubre ha conseguido, de un solo golpe, colocar a los dos grandes partidos del Sistema en una situación de cierta marginalidad política. Han perdido la presidencia, han perdido la mayoría en las dos cámaras y han retrocedido de forma sustancial en el control territorial y municipal. El nuevo presidente no goza solo del poder presidencial (que en México es muy importante), sino que también ha eliminado la posibilidad de que los perdedores boicoteen su trabajo desde las cámaras legislativas (congreso y senado), donde a partir de ahora el partido y la coalición de Obrador gozarán de una cómoda mayoría.

Pero el 1 de julio no solo ha dado un golpe demoledor encima del tablero político, cambiando radicalmente la correlación de fuerzas y abriendo paso a un posible cambio en las reglas de juego político. Todo el país se ha visto convulsionado por la contundencia del resultado. Hasta el empresariado mexicano, el sector más reacio a aceptar una presidencia de Obrador, al que lleva años acusando de «chavista» y de querer llevar al país por «la vía venezolana», ha cambiado en 24 horas su discurso y no solo felicitó al nuevo presidente sino que se manifestó deseoso de iniciar una colaboración fructífera con la nueva administración. ¿Palabras de pura conveniencia? No del todo. Sectores importantes del empresariado mexicano hace meses que vienen negociando y abriendo un diálogo nuevo con el que todas las encuestas vaticinaban como el inevitable ganador. Incluso el «hombre fuerte» de México, el empresario Carlos Slim, viene haciendo una labor de puente entre Obrador y la patronal mexicana, una patronal muy dura y poco proclive a las concesiones.

En el horizonte de todos está la renegociación del Tratado de Libre Comercio con EEUU exigida por Trump y donde México, el pueblo mexicano, empresarios y trabajadores, se juegan mucho. Cabe recordar que a día de hoy EEUU absorbe nada menos que el 80% del comercio exterior de México, una situación de riesgo y dependencia que sin duda México debe cambiar (diversificando sus mercados, como hacen otros países de Latinoamérica, como Chile o Brasil), pero que, como es obvio, no se puede cambiar de un día para otro con una varita mágica.«Hoy en día, y en diferentes grados, más del 45% de la población de México vive por debajo del umbral de la pobreza»

De hecho, la negociación del TLC con EEUU es un asunto prioritario, incluso por encima de la cuestión migratoria, una cuestión mitigada en cierta forma por el hecho de que en los dos últimos años el balance migratorio entre México y EEUU ha cambiado mucho: ya son incluso más los mexicanos que vuelven de EEUU que los que quieren ingresar ilegalmente en él. Aunque esto no significa que el problema fronterizo haya llegado a su fin, ya que en la actualidad son decenas de miles los inmigrantes procedentes de Centroamérica que quieren entrar en EEUU por la frontera mexicana.

Conducir a buen puerto las negociaciones del TLC con EEUU en unos momentos en que Trump trata de poner de rodillas a todo el planeta con su «guerra comercial declarada», no va a ser un trabajo sencillo. Obrador va a necesitar agrupar detrás de sí todo lo susceptible de ser unido para defender los intereses de México y no salir «trasquilado».

Pero indisolublemente ligado a este reto, Obrador tendrá que abordar otro problema no menor y que tampoco puede esperar; revertir el crecimiento de la pobreza en México, pobreza que en el sexenio de Peña Nieto ha llevado a que aquellos que ya no pueden vivir ni siquiera de su salario han pasado del 32 al 39% de los trabajadores. Hoy en día, y en diferentes grados, más del 45% de la población de México vive por debajo del umbral de la pobreza. Una situación absolutamente intolerable en un país que tiene ingentes recursos y que, de hecho, está a punto de superar (si no lo ha superado ya) a España en la dimensión de su PIB, el segundo de los países de Iberoamérica después de Brasil. México está partido al 50% entre un país moderno, próspero y dinámico y otro pobre, atrasado y abandonado. Ese abismo social, que no deja de crecer, es sin duda uno de los motores que ha impulsado el actual cambio político. Si López Obrador quiere mantener el respaldo de la mayoría social que lo ha aupado a la Presidencia, tendrá que abordar desde ya este problema, que es sin duda el más grave y urgente que atañe al pueblo. Y el que, de forma indirecta, alimenta y agrava también muchos otros problemas, como el de la violencia, violencia que no se circunscribe solo a la cuestión del narco, sino que abarca muchos otros aspectos, desde las extorsiones y secuestros con fines económicos a «las mordidas» y la corrupción. Un plan urgente para reducir la pobreza y aumentar los salarios es un tema prioritario. De lo contrario, la caldera mexicana puede acabar explotando.

López Obrador hereda además, encima de la mesa, una situación de violencia prácticamente inaudita. Desde que Calderón declarara en 2006 la guerra al narcotráfico, la cifra de muertes violentas es aterradora. Pues bien, en los dos últimos años de Peña Nieto, la cuestión se ha desbocado. 2017 y 2018 podrían pasar a la historia como los años con más muertes violentas de la historia de México. Así de brutal es el asunto. Y ligado al problema de la violencia, está el de la impunidad. Infinidad de crímenes jamás son resueltos, sobre todo si están por medio políticos o policías, como ocurrió en el caso de los 43 estudiantes «desaparecidos» en Guerrero durante el mandato de Peña Nieto. La falta de voluntad política para enfrentar estos casos y la corrupción de la justicia, han creado una impronta de impunidad que nadie se atreve a desafiar. Ocurre lo mismo con los «feminicidios», decenas y decenas de mujeres muertas, y ningún condenado en años y años.

Poner coto a esta situación implica hacer un cambio muy profundo en los aparatos del Estado (los políticos, la policía, la justicia…) empapados durante décadas en la corrupción descarada y garantes ellos mismos de su propia impunidad.

Cuando López Obrador pone como divisa de su programa y de su administración la honradez, está demandando prácticamente una revolución. Una «revolución» que implica algo más que cambios de nombres, que requerirá prácticamente un cambio de régimen. Algo para lo que López Obrador dispone del inmenso apoyo que ha recibido en las urnas. Si al final Obrador recibió el 1 de julio más votos incluso de los que le pronosticaban las encuestas más favorables, obedece a esa voluntad expresa de cambio y de ruptura que le ha otorgado la sociedad. El 53% de votos del 1 de julio es un mensaje claro: este terremoto político tiene que derribar todo aquello que ha impedido que México progrese y resuelva sus graves problemas. Y supone un respaldo contundente para que Obrador pueda enfrentarse a quien haga falta: a Trump o a quien sea.

El mensaje de cambio tiene que alcanzar también a la política exterior de México y a la relación de México con la comunidad iberoamericana. La victoria de Obrador va ahora mismo a contracorriente del movimiento involucionista que, bajo instigación de EEUU, vive toda Iberoamérica, un movimiento de «involución» que se manifiesta con la presidencia de Macri en Argentina, el Gobierno de Temer en Brasil, los esfuerzos para procesar a los expresidentes Lula y Correa, la reciente victoria uribista en Colombia y el asfixiante cerco a Venezuela. Una estrategia de cerco y aniquilación que trata de borrar de toda Iberoamérica cualquier huella del movimiento bolivariano y antihegemonista que dominó el subcontinente en las dos últimas décadas. La victoria de Obrador es una importante réplica a esa estrategia y quizá el comienzo de una nueva etapa.«Cuando López Obrador pone como divisa de su programa y de su administración la honradez, está demandando prácticamente una revolución «

La política exterior mexicana de los últimos años se ha caracterizado por mirar casi de forma exclusiva hacia el norte, hacia los EEUU. Ha llegado el momento de cambiar radicalmente esta situación. Y esa es, en principio, la idea de López Obrador, quien ya de partida ha planteado el interés de su Gobierno por sumar a Centroamérica a los futuros tratados comerciales con EEUU, abriendo el camino a una mayor y más intensa colaboración e integración con los países de Centroamérica y el Caribe. También entra dentro de su proyecto reforzar los lazos con el resto de la comunidad hispana, algo que los nuevos mandatarios ligados a Washington, los Macri y los Temer, están dejando de hacer. Proyectos como Mercosur están siendo dejados de lado. México, la segunda potencia económica de Iberoamérica tras Brasil, podría ser ahora el motor que impulsase una nueva fase de autonomía y soberanía basada en la integración.

El terremoto del 1 de julio va a remover los cimientos de América. La contundencia del resultado electoral y los planes de cambio que lleva en la mochila López Obrador son motivos suficientes para confiar en que las cosas van a ir en otra dirección. México, además, está cansado ya de expectativas frustradas, ilusiones rotas, promesas incumplidas y sueños traicionados. La hora del cambio ha llegado.

Un comentario sobre “Terremoto político en México”

  • SÓLO SERÁ CONTRA EL ESTADO dice:

    El sistema político es en México y en los demás Estados un hecho mucho más amplio y arraigado que la mera modificación de la correlación de fuerzas entre partidos. Además pensemos en el uso del poder político durante un siglo en México con vistas a moldear el Estado con arreglo al maridaje entre conservadurismo y garante imperialista del orden de clase. Y es más aún: tal operación de partido generó una nomenklatura de partido en el Estado y por tanto una simbiosis (y hasta una síntesis) entre los dos aparatos, de modo que Obrador deberá ir adelgazando el Estado si quiere librarse del mismo. La contradicción es que tal necesidad es antagónica al dogma estatista de la izquierda burguesa y más aún de la socialdemocracia.

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