Intervención rusa en Siria

Siria: No todo es lo que parece

La decisión rusa de pasar a intervenir militarmente en la guerra siria y hacerlo de forma inesperadamente rápida y eficaz introduce un nuevo e imprevisto factor en la sangrienta y laberí­ntica partida de ajedrez que se desarrolla en el corazón de Oriente Medio.

Tras la sorpresa inicial, la OTAN anunció inmediatamente que reforzaría sus capacidades en Turquía mientras el New York Times afirmaba que “el conflicto sirio se acerca a una guerra total indirecta entre Rusia y EEUU”.

Sin embargo, en un conflicto como el sirio donde se entrecruzan tantos y tan vitales intereses geopolíticos es necesario separar las palabras de los hechos y saber ver la realidad que subyace tras las apariencias. ¿Qué busca realmente Moscú con su intervención? ¿Qué respuesta se puede esperar de la superpotencia yanqui a su iniciativa? ¿Cuál es el curso más probable de los acontecimientos y cómo pueden influir en el resto del tablero mundial?

Con su intervención, Moscú ha puesto sobre el tapete dos elementos más que notables, demostrando su relativamente alta capacidad de influencia en Oriente Medio.

Políticamente porque ha sido capaz de levantar en un tiempo sorprendentemente corto un sólido frente de alianzas articulado en torno al eje Moscú-Damasco-Bagdad-Teherán-Hezbolláh, eje al que las fuerzas kurdas en la región han empezado inmediatamente a emitir señales de buscar un acercamiento.

La efectividad de sus ataques aéreos ha permitido en apenas un mes al ejército sirio de Bashar el Assad –con la ayuda de las milicias libanesas de Hezbolláh y los cuadros militares de la guardia revolucionaria iraní– recuperar enclaves vitales y zonas de alto valor estratégico en el noroeste del país, arrebatadas indistintamente al Estado Islámico y a las fuerzas apoyadas por EEUU y sus aliados. “Con la intervención en Siria, Putin busca iniciar un proceso de distensión con Washington que legalice su ocupación del este de Ucrania”

Militarmente porque el lanzamiento de 26 misiles, disparados con éxito desde la flota del Mar Caspio contra objetivos del Estado Islámico situados a 1.500 kilómetros de distancia ha causado una auténtica conmoción en el Departamento de Defensa norteamericano, al revelar el fin del monopolio estadounidense sobre la alta tecnología militar necesaria para manejar con esa precisión misiles de crucero de largo alcance.

Días después, la aviación iraquí, dirigida y coordinada por el alto estado mayor ruso y sus servicios de inteligencia, lanzaba un ataque demoledor –del que el Pentágono se enteraba por la CNN– que se saldaba con la muerte de ocho de los máximos dirigentes de la cúpula del Estado Islámico. En un corto espacio de tiempo los ataques rusos han conseguido más avances que los bombardeos de la coalición liderada por EEUU a lo largo de más de un año.

Que Putin llegara a tener éxito militarmente en Siria sería un duro golpe para EEUU, que erosionaría aún más su posición como superpotencia y que daría posiblemente a Moscú la capacidad de moldear los acontecimientos en Oriente Medio en los próximos años, o al menos de influir significativamente en ellos. ¿Pero es esto lo que realmente busca el Kremlin?

La respuesta de Washington a la entrada directa de Rusia en el tablero de juego sirio fue inicialmente calculada, contenida y ambigua. Por un lado, como no podía ser de otra manera, condenando la intervención rusa. Pero al mismo tiempo ordenaba cancelar el costoso e ineficaz plan de adiestramiento de fuerzas rebeldes, retiró su único portaaviones en la zona, dio indicaciones precisas a algunos de sus principales aliados en la OTAN (Alemania, España, en menor medida Inglaterra) para que dejaran abiertas las puertas a un posible entendimiento con el gobierno de el Assad en una posible transición política en Siria y abrió todos los canales de diálogo político y militar con Moscú para evitar choques indeseados.

Una actitud que indicaba, como se está comprobando posteriormente, cómo Washington había detectado, más allá de sus audaces apariencias, las intenciones reales y ocultas de Moscú.

En cierto modo, la intervención rusa puede convertirse en una especie de “salvavidas” de último recurso para unos EEUU que ni pueden intervenir directamente en Siria ni, por lo visto hasta ahora, pueden confiar en sus aliados en la zona (tampoco en los de la OTAN) para revertir la situación de una manera favorable a sus intereses.

Si la intervención rusa consigue, en todo o en parte, sus objetivos de hacer retroceder al Estado Islámico, estabilizar al régimen sirio y crear una situación de equilibrio estratégico en la correlación de fuerzas se habría creado un nuevo escenario en el que la negociación política se abriría paso para tomar el relevo a la confrontación militar como medio principal de abrir vías para la resolución del conflicto.

Una situación que -pese a las reiteradas negativas ,hasta el momento, de Obama a negociar con el régimen sirio- no sería contradictoria con los actuales objetivos norteamericanos para la región. Objetivos que pasan en primer lugar por estabilizar la zona, aunque sea a costa de un reequilibrio de fuerzas que reconozca los intereses estratégicos de Irán (en Irak, Líbano, Siria, tal vez Yemen,…) y de Rusia (en Siria, Chipre, el Cáucaso,..) Preservar su preeminencia a través del fortalecimiento de su sistema de alianzas con Israel, Arabia, Saudita, los Emiratos del Golfo Pérsico, Egipto y, en lo que pueda, Turquía, dejando en sus manos (con el refuerzo, en todo caso, de sus socios y peones militares europeos, entre ellos nuestro país) la tarea de intervenir, pacificar y estabilizar los choques que un equilibrio tan inestable necesariamente generaría. “Urge que la ONU tome la iniciativa y convoque inmediatamente una Conferencia de Paz sobre Siria en la que participen todos los actores regionales”

Una nueva situación en la que, en definitiva, EEUU no se vea obligado a distraer y malgastar sus menguantes capacidades y energías en un conflicto tan interminable como irresoluble para poder pasar a concentrarse en lo que es su verdadero objetivo estratégico: el desplazamiento del grueso de sus fuerzas a la región de Asia-Pacífico para la contención de China.

Todo esto, naturalmente, tiene un precio que Moscú no dejará de cobrarse. Al intervenir de forma tan contundente y decisiva, Putin busca desviar el foco de atención de las potencias occidentales desde Ucrania hacia Siria. Y, en esa medida, crear nuevas oportunidades para reabrir el diálogo e iniciar un proceso de distensión con Washington que culmine con la aceptación del nuevo estatus quo creado por la intervención rusa en Crimea y el este de Ucrania.

Un macabro juego de póquer en el que Rusia ofrecería a EEUU la estabilización de Siria (incluido el entregar a Washington la cabeza de Bashar el Assad en el medio plazo, si llega a ser un comodín de intercambio necesario) a cambio de la estabilidad en Ucrania y el fin de las sanciones occidentales contra la maltrecha economía rusa. Como colofón, Moscú haría su “grand rentrée” en el tablero de juego de las grandes potencias mundiales como “socio responsable” y de la mano de EEUU.

En medio de este juego de intereses imperialistas entrecruzados, el pueblo sirio seguirá condenado a padecer la destrucción, el sufrimiento y el éxodo de millones de personas. Todo esto si en medio de esta peligrosa escalada bélica a alguna de las grandes potencias no se le va excesivamente la mano –algo que aunque no parece el curso más probables de los acontecimientos, no se puede descartar en absoluto, como ha advertido el New York Times– y provoca un incendio de dimensiones todavía mayores en la región.

Urge que la ONU tome la iniciativa y convoque inmediatamente una Conferencia de Paz sobre Siria en la que participen todos los actores locales y regionales: el régimen de el Assad y la oposición siria (con la excepción de los terroristas del ISIS y de al Qaeda) junto a los gobiernos de Irán, Irak, Arabia Saudí, Turquía y los representantes del pueblo kurdo a fin de llegar a un acuerdo pacífico y justo de resolución del conflicto.

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