Perú y el narcotráfico

Reinventando a Sendero

Se puede afirmar, sin temor a equivocarnos, que el gobierno de Alan Garcí­a como antes el de Fujimori, distorsionan la verdad a fin de encubrir la marcha de esa industria. No hay peor ciego que el que no quiere ver. A nadie más que al gobierno de Alan Garcí­a y a los sectores del japonés sentenciado, Alberto Fujimori, les conviene resucitar a Sendero Luminoso .

Las recientes muertes de militares en la ceja de selva bastión de narcotraficantes y militares corrutos hacen que el gobierno de Alan Garcí­a Pérez, se saquen de la chistera, los remanentes de Sendero Luminoso y la guerra antisubversiva contra los fantasmas guerrilleros como si los narcotraficantes no estuvieran armados hasta los dientes en defensa del multimillonario negocio de la cocaí­na en el paí­s y dispuestos a defender a punta de balazos unas utilidades mucho más grandes que las dejadas por la gran minerí­a, el sector de las principales primario-exportaciones del paí­s. Primero veamos las cifras y luego saquemos conclusiones.Eiste en el paí­s una producción de 116,800 toneladas de hoja de coca de las cuales apenas 9,000 son utilizadas en el consumo tradicional e industrial, el resto se va a la fabricación de la cocaí­na ante las propias narices del gobierno o con el beneplácito de policí­a y militares.Y lo sorprendente de estas verificaciones está en que el paí­s ha logrado darle un gran valor agregado a la producción, justo lo que no ha podido hacer con la industria ni con la minerí­a; aquí­ sí­ la tecnologí­a ha logrado progresos enormes, pues Perú pasado de ser un paí­s productor de PBC (pasta básica de cocaí­na) a uno productor y exportador de cocaí­na de la fina.Este gigantesco paso industrial, ha llevado a la producción de 260 toneladas de cocaí­na refinada exportable lo cual significa un valor de dieciocho mil doscientos millones de dólares en los mercados de consumo, escasamente cien millones de dólares menos que el total de las exportaciones mineras del año 2008 (equivalente a casi el 50% del total de las exportaciones peruanas.) Por supuesto, la gran diferencia estriba en que la minerí­a es una actividad de exportaciones legales y la de la cocaí­na ilegal hasta cierto punto, porque tan enorme flujo de billetes pertenece a lo grotesco real imaginario de un especie de legalidad gubernamental de la «vista gorda.» Alrededor de tan cuantiosa producción, 260 mil kilos de cocaí­na, un poco más de cuarto de millón del polvillo sagrado de las narices frí­as; y de lo que en dinero efectivo significa 18, 200 millones de dólares, el problema en el paí­s no es de subversión polí­tica guerrillera sino de bandas armadas de sicarios dispuestos a defender la producción y el negocio. Se puede afirmar, sin temor a equivocarnos, que el gobierno de Alan Garcí­a como antes el de Fujimori, distorsionan la verdad a fin de encubrir la marcha de esa industria. No hay peor ciego que el que no quiere ver. A nadie más que al gobierno de Alan Garcí­a y a los sectores del japonés sentenciado, Alberto Fujimori, les conviene resucitar a Sendero Luminoso y a su «ejército guerrillero popular» bajo la palabrilla de remanentes o rezagos de lo que fue el partido comunista de Abimael Guzmán, condenado a cadena perpetua en la base naval del Callao. ¿A quién encubre el gobierno de Alan Garcí­a cuando se habla de guerra a la «subversión terrorista» y no a los barones de la droga? Los pobres soldados con su capitán al mando, catorce efectivos en total, han muerto de la manera más inverosí­mil creyendo defender la patria del comunismo internacional.Los remanentes o rezagos de Sendero Luminoso, según el gobierno enganchados a los sicarios de la droga, por principio no pueden ser subversivos sino mercenarios al servicio de la industria de la cocaí­na; por consiguiente la lucha debe darse contra la organización criminal de los narcotraficantes, sin buscar pretextos de carácter polí­tico.El analista Jaime Antezana señala que el Estado enfrenta una «guerra de la coca» en diversas partes del paí­s, siendo la principal, por el volumen de producción, en el VRAE donde emboscaron, por segunda vez a una patrulla militar, con el saldo ahora de catorce muertos y varios heridos. En esta dirección, los enfrentamientos militares no tienen sentido mientras el gobierno se haga de la «vista gorda» con el problema principal que nada tiene que ver con una supuesta subversión polí­tica armada y sí­ mucho con las inexistentes pesquisas policiales sobre los vendedores de quimicos y los fabricantes de la cocaí­na.A las zonas de producción ingresan incalculables cantidades de productos quí­micos necesarios para la industria sofisticada de la coca; además, salen toneladas de polvo blanco de las mismas zonas, trabajo de los mayoristas; y las autoridades bien gracias, ni civiles ni militares se dan cuenta. ¿Para qué van a malograr el negocio si el problema se soluciona echando la culpa a los «remanentes» de Sendero Luminoso, cuando celosos oficiales de bajo rango con sus soldados se van morir en manos de los sicarios?De que existe terrorismo en esas zonas, nadie lo duda, pero ese terrorismo no es subversivo sino de protección a la próspera industria de la coca. Se viene imponiendo en el paí­s con anuencia del gobierno aprista de Alan Garcí­a, la misma fórmula de Fujimori de protección al narcotráfico bajo el pretexto de combatir la subversión, modelo mexicano en desarrollo, sólo comparable a las victorias pí­rricas del gobierno colombiano de Álvaro Uribe, hombre vinculado familiarmente al narcotráfico.La estrategia de Alan Garcí­a de combatir la subversión del inexistente Sendero Luminoso en el VRAE y de ninguna manera a las organizaciones criminales de los narcos y la próspera industria de la cocaí­na, debe ser puesta en el candelero puesto que el gobierno ni siquiera sigue las recomendaciones de Estados Unidos a pesar de haber permitido el ingreso de tropas de ese paí­s en la zona (Pichari.)Los procedimientos mexicanos-colombianos vinculan a la polí­tica con la industria de la cocaí­na y en el Perú de hoy es una imitación que se inicia desde la época de Alberto Fujimori. No puede olvidarse que Vladimiro Montesinos fue un famoso abogado de narcotraficantes, convertido por el japonés en el segundo hombre más importante del paí­s, luego que le consiguiera un millón de dólares del cartel de Medellí­n, Pablo Escobar, para financiar la segunda vuelta electoral en contra de Mario Vargas Llosa.La metodologí­a de la actividad narco-polí­tica perdura y es por ello que Perú se ha convertido en exportador de cocaí­na refinada, de otra manera las autoridades civiles y militares lo hubieran impedido. Desde Fujimori a la fecha, el narcotráfico importante del paí­s goza de impunidad para actuar, financiar candidatos, premiar a las autoridades y a los jueces, promover presidentes y congresistas, de allí­ que los representantes menores como alcaldes, prefectos y gobernadores, no se atrevan a denunciar a nadie. Conocidos son los casos de lí­deres apristas comprometidos con el narcotráfico y ni qué se diga de los fujimoristas, quienes dieron oficialmente la protección del gobierno al ilí­cito negocio de las drogas hasta convertirnos en exportadores de cocaí­na (recordemos que se descubrieron naves de la armada y hasta el avión presidencial transportando la droga.) El gobierno, sabe de memoria que el terrorismo actual es en defensa de la industria de la cocaí­na; sabe de la existencia de las grandes pozas de maceración, de los quí­micos que ingresan a las zonas productivas, de los aeropuertos clandestinos, de los campamentos; y lo más grave de la penetración de los intereses económicos relacionados a esta industria en el propio gobierno. Saben mucho, digamos, como para hacerse los tontos reinventando el peligro senderista en el paí­s.

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