Qué está pasando en España

El nuevo modelo político en España no termina de configurarse. El viejo modelo del bipartidismo -a través del cual el hegemonismo y la oligarquía habían gestionado eficazmente sus intereses durante décadas- hace tiempo que se agrietó, pero el modelo llamado a sustituírlo sigue sin estar listo ni definido. No cuaja porque está sometido a la contínua agitación de un convulso, cambiante y ruidoso panorama político.

Cualquier ciudadano lo puede ver. En los últimos años, el sólido gobierno de mayorías absolutas del PP va cayendo en las encuestas, zarandeado por cientos de casos de corrupción. El caso MasterGate de Cifuentes puede zarandear al partiido gobernante en una de las últimas grandes baronías territoriales que le quedan: ni más ni menos que Madrid. De repente, el procés independentista y su montaña rusa acaba con Puigdemont en Alemania, con la potencia dominante de Europa como árbitro, juez y parte. Incluso la Corona -una de las instituciones que había sabido sortear la crisis y adquirir una nueva respetabilidad- está en el centro de una polémica que adquiere tonos cada vez más duros.

Encontrar la clave de este laberinto político de múltiples contradicciones entrelazadas exige hallar el hilo de Ariadna: la contradicción principal a la cual están sometidas todas las demás. En nuestro país existen dos fuerzas en choque perpetuo. Y la pugna entre ambas explica la inestabilidad política que sufrimos.

De un lado el proyecto de las grandes centros de poder mundial -Washington y Berlín- y de la oligarquía financiera del Ibex35, impuesto a golpe de dictados y recortes del FMI o la Comisión Europea. Un proyecto que hoy gestiona y dirige el gobierno de Rajoy.“El nuevo modelo político no termina de cuajar porque el potente viento popular, no encaja ni se encuadra en los estrechos límites de los proyectos de las clases dominantes. “

Por otro lado, una inmensa mayoría social que rechaza una y otra vez tanto los recortes como los intentos de fragmentación, y que ejerce, a pesar de todos los intentos por acallarla, una poderosa y creciente influencia.

Todo lo que ocurre en nuestro país nos obliga a remitirnos a esta pugna, que se centra hoy en la cuestión de un modelo político en configuración.

Los centros de poder mundial tiene fijados ya las líneas rojas, los límites y los peajes para las fuerzas que quieran formar parte de él. Todas las fuerzas -desde el PP y el PSOE a Ciudadanos o Podemos- deben aceptar el aumento de la participación española en la maquinaria militar norteamericana; el incremento de la penetración del capital extranjero sobre las riquezas nacionales; respetar los intereses de la gran banca; y asumir la continuidad del marco impuesto desde Bruselas y que limita la soberanía española.

Y así lo están haciendo. No se puede decir que la oligarquía financiera española y sus representantes políticos no estén cumpliendo sumisamente las directrices y líneas maestras de este nuevo modelo político en gestación. Aceptar la OTAN y el euro como ineludibles, el encuadramiento de nuestro país en el diseño bélico del Pentágono; tragan sin dramas con la compra de sectores estratégicos de la economía -la banca, las eléctricas- por grandes grupos extranjeros; facilitar -o miran hacia otro lado- ante el enriquecimiento de bancos y monopolios del Ibex35 a costa de la precariedad de la mayoría.

Y sin embargo, esas grandes potencias mundiales maltratan sin cesar a nuestro país, buscando con ahínco una mayor degradación de España. Si están haciendo sus deberes. ¿Por qué, entonces, reciben este trato?

Porque esos centros de poder mundial tienen proyectos de saqueo y de intervención mucho, mucho más profundos para España, a la que necesitan débil y degradada para imponérselos. Y por que al llevarlos adelante se encuentran permanentemente con un incómodo actor: la resistencia de las clases populares.

A Washington y Berlín les gustaría un estable y lacayuno gobierno del PP para llevar adelante sus planes sin sobresaltos. Pero ese partido recibe el fuego constante de la lucha popular, ha perdido la mayoría absoluta luego de tener que repetir las elecciones, y se encuentra gobernando en una incómoda situación, donde permamentemente -hace un año en Murcia, ahora en Madrid- surge la posibilidad de que un gobierno de progreso le quite la llave del poder.

Al FMI y a la Comisión europea les gustaría un plácido panorama que les permitiera seguir degradando las pensiones (con el miserable 0,25%) para su paulatina sustitución por un sistema parcialmente privado. Pero un creciente movimiento popular ha inundado las calles y les hace retroceder, obliga a Rajoy a hacer concesiones y replantearse “un refinamiento de las reformas”, porque “de lo contrario, se corre el riesgo de que se reviertan”.

El nuevo modelo político no termina de cuajar porque el otro gran jugador activo, el potente viento popular, no encaja ni se encuadra en los estrechos límites de los proyectos de las clases dominantes. Una potente mayoría social cuyas aspiraciones de progreso, bienestar, democracia, paz y libertad son antagónicas a las de las plutocracias financieras de la Castellana, de Bruselas o de Wall Street.

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