Putin gana las elecciones presidenciales con el 76% de los votos

Era una victoria tan anunciada como aplastante. Vladimir Putin ha ganado las elecciones presidenciales con un 76% de los votos, lo que le permitirá seguir rigiendo los destinos de Rusia hasta 2024, cumpliendo un cuarto de siglo al frente de una potencia heredera de la URSS que se ha convertido en un agresivo jugador activo en el tablero mundial.

Del timón de Vladimir Putin -un antiguo coronel de la KGB- llegado al Kremlin en 1999, Moscú salió del agujero negro en el que se había convertido tras el colapso de la URSS. Putin y su guardia pretoriana -una cohorte de especialistas de los servicios de inteligencia soviéticos- tomaron con mano de hierro la dirección de Rusia, acabaron violentamente con las disputas de la oligarquía rusa, cogieron resueltamente la dirección de los principales monopolios del país, entre ellos los del clave sector energético y aplastaron a sangre y fuego las rebeliones en el Caúcaso (Chechenia o Georgia).

Una vez consolidada en el interior, la línea Putin empezó a maniobrar contra los esfuerzos norteamericanos por degradar a Rusia y reducirla a una potencia asiática de segundo orden. Moscú disparó hasta el 700% sus exportaciones de petróleo y gas, acumulando una ingente cantidad de riqueza en las arcas del Estado, lo que le permitió relanzar la economía rusa, reconstruyendo el sistema sanitario, de pensiones, la red de infraestructuras, la expansión de los grandes oligopolios (gas, petróleo, aluminio,…) así como acometer una amplia modernización del Ejército que volvió a poner en forma su músculo militar.

Este renacimiento económico y la relativa mejora de las condiciones de vida de una parte de las masas rusas, es la base material que ha permitido a Vladimir Putin mantener durante dos décadas triunfos electorales y un apoyo mayoritario de la población. Una plácida estabilidad interna que se proyecta ahora hasta 2024, y que da a Putin una amplia capacidad de maniobra en el plano interno y externo.

Pero debajo del áureo brillo de las cúpulas del Kremlin y del resplandor del nuevo e indiscutido Zar de todas las Rusias, hay entrañas de plomo y plutonio. El hedor putrefacto de una superpotencia que bajo la hoz y el martillo condenó a su pueblo a un régimen policiaco y terrorista de tipo fascista, y que -junto con EEUU- ensombreció el mundo con un horizonte de guerra, subversión e intervención, sigue llenando los palacios de Moscú. Aunque ya no puede volver a su estatus hegemonista, la autocracia de Putin, el régimen a través del cual domina la clase dominante rusa -continuadora directa de la burguesía burocrática fascista soviética- es fiel heredera de sus usos, modos y costumbres. En el exterior y en el interior.

Bajo las formalidades de democracia electoral, el régimen de Putin sigue anegando al pueblo ruso con la difusión de los más degradantes y reaccionarios valores, fomentando el culto servil a la autoridad, el miedo y el ultranacionalismo como pensamiento único. El Kremlin utiliza machaconamente el mensaje de «Occidente está contra nosotros» y el de «hacer Rusia grande de nuevo» -en el sentido soviético de la palabra- para encuadrar ideológicamente a toda la sociedad rusa en torno a sus proyectos imperialistas.

Putin ha forjado un sistema autocrático en el que autoridades políticas, judiciales y policiales actúan con impunidad contra cualquier oposición -política, mediática o social- que se atreva a oponerse al Poder, ya sea en la figura del presidente, o la de un alcalde, mandatario regional, diputado o ministro. «Denunciar a la autoridad es ser un antipatriota». Quien lo hace es señalado y marcado, condenado a un kafkiano ostracismo, cuando no a una persecución legal o física, especialmente si quien se enfrenta al Estado omnipotente es miembro de una minoría étnica o sexual. La lista negra de periodistas o de opositores críticos con Putin encarcelados o asesinados lo atestigua.

También en el exterior, las formas en las que se conduce el Kremlin despiden un aroma a cianuro plutónico, envenenando -como en los viejos tiempos de la Guerra Fría- a los Judas del espionaje, delante de las narices del gobierno británico, sin pudor a provocar un conflicto diplomático. O aplicando la doctrina de los hechos consumados en Crimea o Siria. O intoxicando el planeta con propaganda falsa y radioactiva de inequívoco sello KGB. O anunciando nuevas armas de destrucción masiva y sacando músculo militar con impúdico exhibicionismo. Cuesta desprenderse de las viejas costumbres socialimperialistas.

El ascenso de la Rusia de Putin forma parte del orden mundial multipolar que se apresura a sustituir el orden mundial norteamericano, y su avance golpea el poder del hegemonismo USA, contribuyendo de conjunto su debilitamiento. Pero son herederos de una superpotencia particularmente agresiva, y las alianzas de Moscú están marcadas exclusivamente por sus propios intereses geoestratégicos y económicos. Los pueblos del mundo haremos bien no perdiéndola jamás de vista. Ni por un instante.

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