«Prioridad nacional» es el nuevo trágala que la ultraderecha de Vox quiere imponer al Partido Popular como condición para formar gobiernos autonómicos. Pero no tiene nada de nuevo y sí mucho de rancio, de retestinado, de aceite de muchas frituras. Es el reflote del eslógan «los españoles primero», tan usado por bandas ultras y neonazis, pero que a su vez es un nada original ‘copia y pega’ de la consigna trumpista «América First». O quizá proceda del polvoriento fondo de armario de los Le Pen.
Sea como sea, lo que se pretende es imponer la «prioridad» de los españoles viejos, los de pura cepa, los de los dieciséis apellidos castizos, sobre «los de fuera», los que tienen acentos o colores raros: los «negros», los «moros», los «sudacas» o «los eslavos». Que «los españoles» tengan prioridad en la cola de la sanidad, de la educación, de los servicios públicos, frente a unos extranjeros a los que se les dan «todas las ayudas» o que -de darles derechos, como quiere hacer el gobierno «woke» con medio millón de trabajadores ahora sin papeles- «colapsarán las salas de espera de los centros de salud».
Es la misma y podrida xenofobia de siempre, el mismo y tóxico racismo y clasismo de toda la vida. Nada nuevo, menos la mano de pintura.
Una exigencia de más que dudoso encaje legal y muy indigesta políticamente -pues afecta a uno de cada cinco habitantes de nuestro país a los que Abascal quiere convertir en ciudadanos de segunda clase- a la que los populares miran con palpable incomodidad: Moreno Bonilla no quiere saber nada, y hasta la ultrareaccionaria Ayuso, la presidenta de una comunidad donde viven más de un millón de personas migrantes o descendientes de migrantes, la ha rechazado.
Lo primero que debemos denunciar es que es una doble mentira. Un evidente ejercicio de demagogia ultraderechista, hecho a base de bulos que no resisten ni medio minuto al lado de los hechos.
Se nos dice que los trabajadores migrantes «van a colapsar los servicios públicos» con la regularización de medio millón de trabajadores sin papeles. Pero gracias a la afortunada e irrenunciable universalidad de la sanidad o de la educación pública, esos inmigrantes, con papeles o sin papeles, ya son atendidos desde hace años o décadas en nuestros centros de salud o en nuestros hospitales, y todos los niños que viven en nuestro país, se llame su madre Carmen o Soukaina, son escolarizados como todos los demás en los colegios públicos.
Qué estupidez. No van a colapsar nada porque ya viven entre nosotros, ya son nuestros vecinos, nuestros conciudadanos, y puede que nuestros amigos, parejas o quizá usted mismo. Sólo se trata de pasar a A lo que ahora está en B. Una regularización que -todos los expertos coinciden- como todas las anteriores (la de Aznar o Zapatero) siempre ha tenido un efecto muy beneficioso sobre las arcas públicas, metiendo de golpe cientos de miles de nuevos cotizantes.
Sin embargo, esta manzana envenenada, esta ponzoña ideológica de la extrema derecha, ya contamina las mentes y las conciencias de millones de españoles, y ni mucho menos son todos votantes de la extrema derecha.
El veneno de la «prioridad nacional» cala entre muchos ciudadanos, y no sólo es por la batería de medios que han comprado -en todo o en parte- el discurso trumpista y se dedican a reproducirlo. Avanza porque existe un sustrato material sobre el que puede propagarse.
Desde la crisis de 2010, con toda la salvaje batería de recortes y desfinanciación de las políticas sociales dictadas por la Troika y ejecutados por los gobiernos de PP y PSOE, la calidad asistencial de los servicios públicos se ha degradado, en muchos casos gravemente. Masificación en hospitales y centros de salud, subida de ratios en colegios públicos, falta de personal o de refuerzos para atender a la población, especialmente en barrios obreros y masificados… donde convive población nativa y migrante. Unos recortes que -aunque se hayan mitigado en alguna medida en los últimos años- se han hecho crónicos, donde de lejos han recuperado los niveles de inversión previos a 2010.
Esta es la hojarasca, la yesca seca de malestar, de precariedad, de desigualdad y de pobreza sobre la que puede extenderse la llama insidiosa de «los españoles primero» de los pirómanos de la ultraderecha trumpista.
Por eso, no basta con dar una batalla ideológica y cultural intransigente y frontal contra la inquina xenófoba de los ultras, gritando «española o extranjera, una misma clase obrera» cada vez que alguien trate de meter la idea de «prioridad nacional».
Es preciso actuar sobre el combustible sobre el que puede actuar el incendio. Con políticas redistributivas de la riqueza que -actuando sobre los indecentes beneficios de banca, monopolios, capital extranjero y grandes fortunas- puedan recaudar grandes masas de ingresos para las arcas públicas, generando abundancia para financiar los servicios públicos y políticas sociales, suficientes y dignos, para toda la población, para los 50 millones de habitantes de nuestro país.
Sólo así, actuando en estos dos planos, podremos combatir la ponzoña de «los españoles primero» con la de «la gente primero», enterrando la demagógica consigna de «prioridad nacional» tres metros por debajo de la inclusiva y revolucionaria «prioridad popular»

