Participación democrática y rebelión social

«Los jóvenes de la Plaza del Sol discuten si permanecerán más tiempo en ella. Ellos querrí­an permanecer para siempre ahí­ (como enuncia el postulado), pero realistamente deberán volver a sus tareas cotidianas, y no podrán evitar a la representación frecuentemente corrupta y sin posible control por parte de la organización de la participación. ¡Volverá a gobernar representativamente! Aquel: ¡Que se vayan todos!, enuncia el postulado, la idea regulativa, pero no es factible. Factibilidad y gobernabilidad no están contra los ideales, los postulados, pero le marcan sus lí­mites.»

Es decir, es imosible permanecer siempre en la plaza. ¿Hace esto imposible una participación diaria, cotidiana, organizada, eficaz del pueblo? ¿Cómo puede alcanzarse la práctica permanente de una participación auténtica? ¿Es para ello necesario negar la representación (que se va corrompiendo en todos los países actualmente) e intentar una participación directa imposible? El aparente dilema se disuelve comprendiendo que es necesario organizar la participación desde la base. Es decir, desde abajo hacia arriba, desde la base hasta el municipio, estado provincial o Estado federal, se van organizando, de manera muy diversa, las dos instancias de la democracia: la participación y la representación. El liberalismo burgués sólo institucionalizó la unilateral democracia representativa, hoy en crisis. No hay sin embargo que eliminar la representación. Hay que darle contenido y controlarla con la organización de la participación en todos los niveles. Esto último nunca se ha practicado. Es la revolución política del siglo XXI. (LA JORNADA) DIARIO DEL PUEBLO.- Hay jóvenes que anhelan regresar a los años 80, o incluso a los 50. “Extrañan” la supuesta igualdad, la sencillez y el colectivismo social de aquellos días. Desean una vida con un mayor significado y un propósito más amplio. Los valores chinos de la era revolucionaria atraen a los que se sienten hoy perdidos en una era caótica, en la cual reinan valores contradictorios. Tres décadas de conmoción económica han restado valor a algunas viejas concepciones, y hacen a la sociedad más pragmática y racional. Pero mientras tanto, China necesita hacer más para aprovechar lo positivo de la cultura roja. A tal tenor debe beber de nuevo en la fuente de las ideas que preconizan la igualdad, la solidaridad y mejorar la integración social del patriotismo y el colectivismo México. La Jornada Participación democrática y rebelión social Enrique Dussel La Plaza del Sol de Madrid se llena de jóvenes y ciudadanos indignados; así como llenaban por mayores motivos la Plaza Tahrir (de la Liberación) en El Cairo, y el 21 de diciembre de 2001 la Plaza de Mayo en Buenos para derrotar al gobierno de F. de la Rúa y su estado de excepción. Hemos ya indicado en otra colaboración de La Jornada que estos movimientos nos recuerdan un hecho fundamental en la vida política de los pueblos: el estado de rebelión: la Comuna de participación directa en primera persona plural: nosotros. Recuerda al Estado que no es principalmente un gobierno representativo, sino una comunidad participativa. Marx propuso esa experiencia límite de la Comuna como un postulado político (aquello que es pensable lógicamente o por un cierto tiempo, pero imposible en el largo plazo). Hoy, sin embargo, es políticamente posible. Los jóvenes de la Plaza del Sol discuten si permanecerán más tiempo en ella. Ellos querrían permanecer para siempre ahí (como enuncia el postulado), pero realistamente deberán volver a sus tareas cotidianas, y no podrán evitar a la representación frecuentemente corrupta y sin posible control por parte de la organización de la participación. ¡Volverá a gobernar representativamente! Aquel: ¡Que se vayan todos!, enuncia el postulado, la idea regulativa, pero no es factible. Factibilidad y gobernabilidad no están contra los ideales, los postulados, pero le marcan sus límites. Es decir, es imposible permanecer siempre en la plaza. ¿Hace esto imposible una participación diaria, cotidiana, organizada, eficaz del pueblo? ¿Cómo puede alcanzarse la práctica permanente de una participación auténtica? ¿Es para ello necesario negar la representación (que se va corrompiendo en todos los países actualmente) e intentar una participación directa imposible? El aparente dilema se disuelve comprendiendo que es necesario organizar la participación desde la base (como en los ejemplares caracoles zapatistas o en la legislación venezolana promulgada el 21 de diciembre de 2010 sobre Leyes del Poder Popular) en las asambleas de la comunidad o las Comunas, con la representación respectiva (el concejo comunal, por ejemplo en Venezuela). Pero después, hay que ascender a un segundo nivel organizativo de la participación en la Comuna, representada en el consejo ejecutivo; para sólo en un tercer nivel llegar participativamente a la Asamblea conjunta de las Comunas (en el nivel municipal), con la representación en el parlamento comunal o municipal. Es decir, desde abajo hacia arriba, desde la base hasta el municipio, estado provincial o Estado federal, se van organizando, de manera muy diversa, las dos instancias de la democracia: la participación y la representación. El liberalismo burgués sólo institucionalizó la unilateral democracia representativa, hoy en crisis. No hay sin embargo que eliminar la representación. Hay que darle contenido y controlarla con la organización de la participación en todos los niveles. Esto último nunca se ha practicado (ni siquiera ideado, en cuanto articulado con la representación). Es la revolución política del siglo XXI. Es decir, las masas que pueblan las plazas inconformes y rebeldes no han imaginado todavía cómo permanecer en la participación factible, organizada, institucionalizada, cotidiana, eficaz. No es ciertamente gracias a una asamblea directa permanente. No serán ya los partidos políticos, necesarios en la representación, los que organicen la participación. Ahora son los movimientos antisistémicos, las instituciones de la sociedad civil (como sindicatos, grupos de vecinos, tercera edad, niños de la calle, pueblos originarios, feministas, etcétera), que con las redes electrónicas (los nuevos medios de producción de las decisiones políticas se transforman en instrumentos revolucionarios en manos del pueblo mismo), los que convocan multitudes a las plazas del mundo. Pero esta revolución de participación no sólo necesita organización, institucionalización (constitucional y legal, como en Venezuela2), además de estratégica y táctica cotidiana, sino también necesita una teoría para dar contenido político al movimiento, y la aparición de cierto liderazgo orgánico (como enseñaba A. Gramsci), sin las cuales condiciones se cae inevitablemente en un espontaneísmo ahora sí populista (y es el peligro inminente de todas esas muchedumbres indignadas justamente). Queremos indicar entonces que la humanidad, las grandes masas de los países periféricos y centrales, comienzan a tomar conciencia de que la democracia representativa (no la democracia sin más) y los organismos internacionales (en especial del capital financiero) no son dignos de confianza por el alto grado de corrupción de sus burocracias (como lo manifiesta el FMI) y por su opción capitalista. Ante ellos, se levanta un pueblo en estado de rebelión (que deja al estado de derecho y al estado de excepción en el aire, al menos en Egipto o en el ejemplo argentino), y que convoca a la imaginación para organizar una nueva estructura participativa del Estado que exija, con planificación mínima pero estratégica, el cumplimiento de las necesidades del pueblo a las instituciones representativas, y que las controle eficazmente. Es la organización participativa del pueblo la que debe vigilar y castigar (no disolver) a la representación. A la representación le corresponde aquello de “mandar obedeciendo”; no a la participación, que “manda mandando”. LA JORNADA. 25-5-2011 China. Diario de Pueblo Arte revolucionario: ¿simple nostalgia o necesidad real? Chen Chenchen En el mercado de antigüedades de Panjiayuan en Beijing hay esculturas lustrosas del presidente Mao Zedong, viejas estampillas y periódicos amarillentos que representan la etapa revolucionaria de China. Muchos de los visitantes que se detienen a preguntar por los precios son personas de edad. Disfrutran adquiriendo esos recuerdos, tanto como añoran los años de la efervescencia revolucionaria. En los álbumes de fotos disponibles en los clubes de bodas, se pueden ver hoy instantáneas de parejas de jóvenes vestidos como Guardias Rojos de la época de la Revolución Cultural (1966-76). Los elementos imprescindibles son un uniforme bien planchado, una estrella roja en la gorra y un distintivo con la efigie de Mao. Tales imágenes de bodas, al igual que las camisetas y las tazas con lemas maoistas, están de moda entre la juventud china. El patriotismo es otro tema importante en la denominada cultura roja. Muchas de las viejas canciones alaban la belleza del país, o nos recuerdan los peligros posibles del imperialismo extranjero, que China debió enfrentar cuando era débil. Algunas de estas canciones, como “Mi patria,” siguen siendo populares y se entonaron nuevamente durante crisis tales como el terremoto de 2009 en Wenchuan. Hay jóvenes que anhelan regresar a los años 80, o incluso a los 50. “Extrañan” la supuesta igualdad, la sencillez y el colectivismo social de aquellos días. Desean una vida con un mayor significado y un propósito más amplio. Los valores chinos tradicionales, o los de la era revolucionaria, atraen a los que se sienten hoy perdidos en una era caótica, en la cual reinan valores contradictorios. Tres décadas de conmoción económica han restado valor a algunas viejas concepciones, y hacen a la sociedad más pragmática y racional. Pero mientras tanto, se mantiene vigente la esencia de las ideas sociales de la cultura china tradicional. China necesita hacer más para aprovechar lo positivo de la cultura roja. A tal tenor debe beber de nuevo en la fuente de las ideas que preconizan la igualdad, la solidaridad y mejorar la integración social del patriotismo y el colectivismo. DIARIO DEL PUEBLO. 23-5-2011

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