En su intervención en la Conferencia de Seguridad de Múnich, el secretario de Estado de Trump, Marco Rubio, pareció querer suavizar el tono con una Europa a la que la política exterior de EEUU ha degradado y maltratado, reservándole no ya un papel subordinado, sino de puro vasallaje
«No, EEUU no busca el fin de la era transatlántica». «No, EEUU no busca imponer un acuerdo de ‘paz por territorios’ en la guerra de Ucrania». «No, EEUU, no apoya la anexión israelí de Cisjordania».
Todas estas son declaraciones del secretario de Estado norteamericano, Marco Rubio, pronunciadas antes, durante y después de la 62.ª Conferencia de Seguridad de Múnich, para tratar de aplacar los ánimos de los altos dignatarios de las potencias europeas. Y sí, llaman al sonrojo.
Convertido en apagafuegos de una política ultraagresiva y disruptiva -la de la Dictadura Hegemonista Mundial de Trump- el máximo representante de la diplomacia de EEUU trata de convencernos de que no creamos a lo que ven nuestros ojos, que no hagamos caso de los hechos incontrovertibles, sino que simplemente demos crédito a sus palabras. Usando una especie de neolenguaje orwelliano, Marco Rubio trata de convencernos de que «la guerra es la paz, y que la libertad es la esclavitud».
¿Se imaginan que un primer ministro o alto representante de la UE fuera a la Casa Blanca a decirle a Donald Trump que sus políticas migratorias son dignas del Ku Klux Klan, y que deje en paz a los vecinos de Minneapolis? ¿Se imaginan a algún líder europeo diciéndole en la cara al presidente norteamericano que sus políticas ambientales son obscenamente anticientíficas y que llevan al planeta al abismo del cambio climático, o que cómo es posible que haya puesto a un fanático negacionista antivacunas al frente de su sanidad?
Se lo pueden imaginar, pero ya saben que tal cosa no va a pasar. En las relaciones diplomáticas se llama «principio de no injerencia en los asuntos internos de cada país»
Sin embargo, sí pasa al revés. Tanto Trump, como su secretario de Estado, como documentos del gobierno norteamericano -la recientemente aprobada Estrategia de Seguridad Nacional (NSE por sus siglas en inglés)- llevan metiendo insultantemente sus narices en los asuntos europeos, estableciendo -en los hechos- que tratan a Europa como una colonia.
¿Se imaginan que un primer ministro o alto representante de la UE fuera a la Casa Blanca a decirle a Donald Trump que sus políticas migratorias son dignas del Ku Klux Klan, y que deje en paz a los vecinos de Minneapolis?
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Mira quién habla
«Europa está enfrentando un declive civilizacional por la alta migración, por las bajas tasas de natalidad, la pérdida de identidad y sobre-regulación económica», dice el texto de la NSE, que vaticina una «hecatombe civilizatoria en Europa» como consecuencia de la inmigración masiva, las bajas tasas de natalidad y la “pérdida de identidad nacional”. Además, el documento estratégico sostiene que EEUU deberá apoyar a los “partidos patrióticos” (eufemismo que quiere decir partidos neonazis y de ultraderecha) en todas las naciones de la UE.

En la 62.ª Conferencia de Seguridad de Múnich, en un tono aparentemente conciliatorio, el secretario de Estado de Trump volvió a repetir esta cantinela, que más que preocupación encierran órdenes de obligado cumplimiento.
El representante diplomático de un gobierno que está desatando cacerías de migrantes por todo EEUU, deteniendo a hombres, mujeres, ancianos y niños en sus casas, en escuelas y hospitales, y recuyéndolos en centros de detención bajo condiciones inhumanas, se permitió criticar las políticas migratorias europeas. «La migración masiva está transformando y desestabilizando sociedades en todo Occidente. Es una amenaza urgente para el tejido social de nuestras sociedades y la supervivencia de nuestra civilización”, dijo Marco Rubio en Múnich.
Las políticas climáticas fueron las siguientes en el disparadero. “Para apaciguar el culto al clima, nos hemos impuesto políticas energéticas que empobrecen a nuestra gente», dijo el secretario de Estado de un gobierno negacionista del cambio climático, que ha derribado cualquier restricción ambiental que suponga una merma en la ley del máximo beneficio para sus empresas.
Usando una especie de neolenguaje orwelliano, Marco Rubio trata de convencernos de que «la guerra es la paz, y que la libertad es la esclavitud».
En un tono más fariseo y conciliante que el que usó justo un año antes en la misma Conferencia de Seguridad de Múnich el vicepresidente de Trump, JD Vance -que abroncó a sus socios europeos, acusándolos de practicar la censura y perseguir la libertad de expresión, todo ello en medio de unas elecciones generales en Alemania, donde la candidatura del partido neonazi Alternativa por Alemania (AfD) había recibido el apoyo explícito de Elon Musk, todavía miembro del gobierno Trump- Marco Rubio dijo a los líderes europeos que «nos preocupamos profundamente por vuestro futuro y el nuestro”.
«Si a veces discrepamos», dijo Rubio, «es porque nos preocupa profundamente una Europa con la que estamos conectados, no solo económica ni militarmente (…) El destino de Europa nunca será irrelevante para nuestra propia seguridad nacional»
“No necesitamos abandonar el sistema de cooperación internacional que creamos, ni desmantelar las instituciones globales del viejo orden que construimos juntos. Pero estas deben reformarse. Deben reconstruirse», aseguró el jefe de la diplomacia estadounidense. «EEUU no tenemos ningún interés en ser guardianes educados y ordenados del declive controlado de Occidente. No buscamos separarnos, sino revitalizar una vieja amistad».
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El contraste con los hechos de EEUU
Las palabras y los hechos
Las melifluas palabras de Marco Rubio se producen apenas unas semanas después de que los EEUU de Trump declarasen que estaban dispuestos a apoderarse de Groenlandia -territorio autónomo de Dinamarca- «por las buenas o por las malas». Algo que finalmente pudo reconducirse, pero que expresaba no sólo una intención real de anteponer los intereses geopolíticos de EEUU a cualquier otra consideración, sino a tratar de manera humillante y degradante a las naciones europeas, con un nivel de vasallaje y de maltrato al que ni siquiera Trump llegó en su primer mandato.

Hechos o palabras ¿a quién vamos a creer?
Las suaves palabras del secretario de Estado se producen después de muchas ofensivas arancelarias, después de muchas broncas cumbres de la OTAN donde Trump y sus jefes del Pentágono han abroncado a los europeos, primero exigiendo que elevasen al 2% de sus PIB sus gastos militares, y luego subiendo esa misma exigencia al 5%. O después de que el presidente norteamericano haya cargado muchas veces contra los «Estados del Bienestar» europeos, exigiendo que todo ese gasto social sea liquidado.
Las diplomáticas palabras de Marco Rubio se producen cuando EEUU y el trumpismo llevan años apoyando política (y financieramente) a los partidos y gobiernos más ultras del continente, mostrando públicamente su respaldo a primeros ministros como Giorgia Meloni o Viktor Orbán, a líderes como Le Pen o Nigel Farage, o a partidos como Vox o AfD
Donald Trump se ha encargado muchas veces de dejar claro qué trato debe dar la superpotencia norteamericana a Europa. Vasallos antes que aliados, piezas del ajedrez político-militar de la partida que EEUU juega para tratar de mantener su declinante hegemonía. Un área que exprimir, un mercado donde Wall Street y sus capitales puedan penetrar aún más intensamente, un territorio donde incrementar la explotación.
Un conjunto de países donde, desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, Washington tiene patente de corso para intervenir -de manera abierta o encubierta- para torcer el rumbo de los gobiernos y las opiniones públicas, buscando un total encuadramiento de los europeos en sus mandatos geopolíticos.
Marco Rubio nos asegura que EEUU no quiere el fin de la relación transatlántica entre la superpotencia y el Viejo Continente.
Y es verdad, Washington no quiere romperla.
Lo que quiere es convertirla en unos grilletes aún más pesados y opresivos de lo que ya lo son. En una relación de pura sumisión y vasallaje a los planes e imperativos de la Dictadura Hegemonista Mundial de Trump.

