Cuando parecía que la historia de Maricarmen iba tener un final feliz -la enorme presión popular había torcido el brazo de Urbagestión, que finalmente había aceptado un acuerdo para que la anciana retornara a su casa al salir del hospital- la noticia de su fallecimiento ha caído como un mazazo sobre millones de ciudadanos, causando estupor, pena, y sobre todo rabia e indignación. «No ha muerto, la han matado», es uno de los comentarios más repetidos en redes.
Desde estas páginas, mandamos un fraternal e inmenso abrazo a la familia y amigos de Maricarmen, así como al Sindicato de Inquilinas de Madrid y a los miles y miles y miles de personas que la acompañaron y la defendieron durante estos largos años de lucha contra su desahucio.



